En el limbo de tu ausencia

por Jorge Alberto Avendaño

Para hacer encabronar a Chonene bastaba con llevarse el carro a dar la vuelta y regresarlo sin gasolina, o comerse la machaca a puños, sin calentar tortillas o sin hacer una salsa para acompañar. Así siempre, cuando el cielo estaba muy azul o el aire muy seco. Pero lo que más hacía que la sangre se le pusiera a nivel del calor de Navolato en verano era que alguno de sus hijos, o quien fuera, tuviera la cochina costumbre de no bañarse, así decía él. Alguna vez me persiguió en una carrera de doscientos metros planos, con un cinto de baqueta en la mano, no me había bañado oficialmente en dos semanas. Apenas me había mojado el cuerpo en la corriente del río Culiacán una que otra vez, cuando íbamos a pescar, una Semana Santa en el pueblo de mi madre, en San Pedro.

          En el cuello se me dibujaban collares de tierra muerta entre los pliegues de mi piel de niño regordete y hediondo. Chonene me alcanzó con el tronido de su cinto, justo en el medio de la espalda. Mis piernas se doblaron ante un dolor que me recorrió los nervios, lo vi parado junto a mí, alto y a contraluz del sol. Nadie entre mis primos y mis tíos escapó nunca a la fuerza vengadora de la naturaleza que era mi abuelo, hombre terco y renegón.

          Con el paso de los años su presencia se fue desvaneciendo de mi vida, por la distancia, por la falta de fuerzas para sentarme a escuchar lo sorda que se había vuelto su voz. Era mejor estar así, alejado, haciendo huesos duros en un Culiacán que de todos modos era más chingón y más mejor que el pueblo, que la milpa, la siembra y la taspanada de la caña que cada año me sacaba más ronchas en la carne.

          Volví a pensar en él, en su presencia tostada por el sol, en sus extravagancias al vestir y su humor de pocos amigos. Su voz me sonó clara, su risa hizo un amplio eco entre mis ojos. Lo busqué por entre mis libros, entre aquella edición gastada y rota de Pedro Páramo, para mí Chonene siempre había sido Rulfo, pero sin ser Rulfo. Sus historias estaban ahí todo el tiempo; cuando manejaba por la carretera, cuando parábamos de trabajar para comernos los guisos que nos mandaba mi nana. Él no era un rencor vivo, era más bien como una voz dormida sobre un catre, entre varas de caña de azúcar y moscos. Abajo de las estrellas.  

          –¿No viste la foto de mi tata Chonene? La de la graduación de mi hermano, según yo la tenía a la mano. No la encuentro.

          Era una foto de esas de las que le tomaban a uno antes de que todo mundo trajera celular con cámara, en ella estábamos varios de los de la casa de allá de con mi mamá. Acabábamos de salir de la entrega de papeles de mi hermano, el médico. Hasta eso que nos veíamos contentos, sonrientes, ni parecía que al pasar tres horas de que nos tomaron esa foto nos hubieran querido matar a todos por culpa de mi tata.

          –No, ¿para qué la quieres?

          Una nostalgia por el viejo terreno, por los momentos de despreocupación, me había entrado al pecho. En mi mente se había formado la idea de que, si veía la foto y si me tomaba una Tecate bien helada, la sensación de alejamiento y añoranza se me quitaría. Pero no fue así, nunca ha sido así, no desde aquel día.

          –Se me antojó, no sé, volver a platicar con él, volver a oír su renegadera, cantar la de Tristes recuerdos.

          Entre mi esposa y yo empezamos a desparramar la casa en busca de las caras y los cuerpos de mi familia, impresos en un papel que tenía mucho sin ver. Registramos adentro de los cajones de la cómoda y los adornos de navidad. Duramos en eso toda la tarde, hasta que me acordé que el año pasado, en otro ataque de añoranza, la había dejado en medio de las páginas de un libro con letras de canciones de caballos.

          Aquella mañana pasé por mi tata Chonene, mi nana Coyo y por mi prima la güera al pueblo. Me fui bien temprano. Aproveché el fresco aire para manejar con calma el Duster, con las ventanas abajo y sin prender el aire. En lo que iba puse los corridos prohibidos de los tigres, para ir agarrando ambiente de mañana ranchera, al modo de las mañanas en San Pedro. El olor a frijoles caldudos recién hechos, a queso fresco y a chile toreado me inundaron el olfato desde que agarré la carretera. Durante los veinte kilómetros que manejé entre el rancho y el lugar en el que moraba en aquellos días la imagen de un yo despreocupado, extendido bajo la sombra de un árbol de pingüica, me siguió.

          Los reniegos de mi tata Chonene me alcanzaron antes de llegar a su casa, se escuchaban por encima del motor de ocho cilindros del carro. Estaba a punto de morir a causa del coraje de no encontrar el par izquierdo de unos calcetines colorados que le gustaba ponerse cuando había un asunto serio que no fuera velorio. ¿Qué chingado negocio tenía poniéndose calcetines rojos para ir a una graduación? No lo supe entonces y no lo sé ahora. Así era él, se le metía una idea en la cabeza y para sacarlo de ahí se ocupaban unas fuerzas como de algún santo o de algún diablo.

          Chonene pasó una hora buscando el calcetín colorado; mi nana, mi prima la güera y yo junto con él. No quedó rincón sin voltear, sombra sin pisar; hasta el refrigerador esculcamos aquella vez. El aire comenzó a mojarse con el olor de la tierra lejana humedecida. La experiencia de otros años nos decía que cuando el aire olía así, cuando se nublaba desde temprano, era el momento de prepararse y meter la ropa colgada en los tendederos, de salirse de la calle y meterse a la casa, o de plano de aguantar la lluvia fuerte y abundante, de esa que destruye cosechas en temporada de huracanes.

          La boca me supo a angustia, imaginé el Duster tirado, o bloqueado por algún arroyo, a mi hermano solo, recibiendo su diploma de médico cirujano y a nosotros mirando a la distancia de la carretera, esperanzados a que pasara algún conocido que llevara nuestro mismo rumbo y que se apiadara para darnos un raite.

          Mi congoja no importaba, al menos no le importaba a Chonene, él no iba a ir a ningún lado sin su calcetín, no le importaba la lluvia, ni la soledad, ni la hora. Nos miraba como si quisiera desatorar su cinto de las presillas de su pantalón negro, para matarnos a todos a cintarazos si nos animábamos a decirle que ya se dejara de pendejadas y se pusiera cualquier otro par. Eran sus huevos los que mandaban entonces. Por gracia de la vida, o por la de sus huevos, recordó: –¡Ya me acordé!, anoche lo enredé en una rama del guayabo, para la suerte.

          En efecto, el calcetín estaba ahí, lánguido, amarrado a una rama del guayabo del solar de la casa, haciendo sabrá la chingada qué, nada más retrasándonos y poniéndonos de pechito para que nos agarrara el aguacero que terminó por agarrarnos pero que no evitó que llegáramos apenas a la pura hora. Vimos a mi hermano pasar de blanco a jurar, se veía tan gallardo, tan alto: –Que blanca trae la ropa –dijo mi nana, orgullosa de la lavadora y el jabón que hacía poco habíamos comprado. La verdad los calcetines de mi tata se veían bien chingones, sobre todo cuando cruzaba la pierna y se le asomaban de entre la negrura de sus Levi’s nuevos. Eran tan vistosos que parecía que sonaban al chocar de las olas con las piedras del faro en Mazatlán.

          Es tan curioso ver las cosas así, desde la distancia del tiempo, desde el interior de mi casa en la capital, con las ganas de volverlo a ver rompiéndome los ojos. Después de la graduación nos fuimos a curar los corajes y el agobio al restaurante de unos chinos de Mexicali, amigos de mi tata desde sus tiempos de cargador en el ingenio azucarero de Navolato. Nunca entendí cómo un hombre tan sin chiste como él, chaparrito, prieto y seco, podía comer tanto arroz y luego beber tanta cerveza. Bebió con los chinos, bebió en el estacionamiento; bebió en la carretera de regreso a San Pedro. Antes de llegar al pueblo me pidió parar en un expendio, para mear y comprar más cerveza.

          En la orilla de la carretera el sol pegaba directo, la tarde se había puesto caliente y húmeda con la evaporación de los charcales de agua que dejó el aguacero. Del Duster nos bajamos mi tata y yo; mi hermano no había querido ir, se quedó en Culiacán, para ayudarle a mi mamá a preparar las cosas de la cena que iba a haber al rato.

          Afuera del expendio estaban unas gentes cargando cerveza en una pick-up negra, me parecieron conocidos, hasta los saludamos con la punta de la barbilla, creo que Chonene los conocía, eran fulanos que como en todo rancho de Sinaloa estaban metidos de una u otra forma en el desmadre, en el refuego:  –¿A dónde fuiste tan elegante, Chonene? –le preguntó burlonamente el encargado del expendio a mi tata–. Pareces oaxaquita con esos calcetines.

          Chonene se hinchó de coraje, por el rabillo del ojo se le asomó una chispa de furia, oteó a los hombres que acompañaban al encargado, la risa escandalosa que salía de sus bocas hacía que mi tata sintiera como si la muerte le hablara al oído. En el pueblo era una especie de deporte hacerlo enojar, sacarle insultos creativos, verle subir las manos como si fuera a boxear. Él sabía de esto, sabía que a la gente le gustaba decirle cosas para ver qué cara ponía, o con qué salía: –¡Fui a chingar a tu madre, y a la de todos estos pendejos! ¡Los calcetines me los compré con lo que me dan las putas de sus viejas!

          El fulano del expendio se quedó con la boca abierta, los ojos se le agrandaron y miró hacia todos lados, esperaba apoyo de alguno de los hombres que estaban afuera del negocio. Yo me quedé tieso, vi a un bigotón ensombrerado llevarse la mano a la cintura; traía fajada una escuadra de cachas de oro. Pensé en mi Smith & Wesson .357 descansando plácidamente abajo de la cama en mi casa, a veinte kilómetros de ahí. La pistola que no subí al carro porque según yo ese día iba a estar calmada la cosa.

          El tiempo se detuvo, Chonene existió en ese momento como una irregularidad del tiempo, se movía bajo sus propias leyes universales, estiró el brazo y dejo unos billetes en la barra del negocio, tomó las cervezas del mostrador, me las pasó y me apuró a irnos a la chingada, antes de que nos metieran unos balazos a todos por andar él de hocicón.

          No nos fuimos, la lentitud de mi tata para escapar del asunto en el que nos había metido a todos pasaba nada más en mis ojos, en mi cabeza. Nos encañonaron, la recámara de la escuadra del bigotón alojó una bala deseosa de recorrer el ánima del cañón para penetrarnos la carne a todos: A mí, a mi tata Chonene, a mi nana Coyo y a mi prima la güera.

          –¡Pérensen hombres! ¡No sean desgraciados! –gritó mi nana desde el interior del Duster arrinconado en la orilla de la carretera, la güera rezaba en un tono sollozante, apenas se le distinguían las palabras por entre la carne de sus dedos de niña rubia bien cuidada. El sufrimiento de la mujer que tantas penas había pasado al lado de Chonene se estiró hasta tocarle la piel a nuestro verdugo: –Le voa dejar a éste, para que no diga usté que soy un desgraciado malalma; pero al Chonene no, ora si se lo va a cargar la chingada, por batalloso, por hocicón –dijo el empistolado, al tiempo que los que iban con él sacaban un rifle de entre los asientos de la camioneta.

          El viento se detuvo, Chonene alzó las manos y bajó la cabeza, me dirigió una mirada dura y seca:  –Llévate a la gente pa’ la casa –sentenció–. ¡No te quedes ahí como pendejo! ¡Ándale muévete! –siguió diciéndome, a la vez que dirigía sus pasos a la pick-up. Él y los otros no se esperaron a que me metiera al Duster, o a que mi nana saliera por el lado del copiloto, se alejaron con rumbo al mar, bajo el cielo rojo de los atardeceres en Navolato.

          En el rancho se armó mucho revuelo, la noticia de que habían levantado a Chonene llegó a la casa de mis abuelos más rápido que nosotros en el musculoso V8. Las mujeres se bajaron con la cara aperlada por el sudor y por las lágrimas de angustia. Corrí a con mis tíos y mis parientes que ya estaban organizando la búsqueda, que hablaban por teléfono, que se fajaban la pistola entre la ropa y la carne.

          Di todos los detalles que pude, de las caras de las gentes, de la camioneta. Hablamos con mi nana y mi prima para pedirles razón de lo que vieron, mi nana nos dijo que se acordaba que eran hijos de un pariente de un rancho de ahí cerca, de por ahí por El tigre. Lo queríamos rescatar. Sus palabras pendejeándome me taladraban la cabeza, la imagen de él flanqueado por dos hombres extraños me achicaba las venas de los brazos, me pesaban tanto que no podía ni prender el carro. Mi familia me abandonó en medio del solar de la casa, cobijado únicamente por las palabras de mi nana Coyo:  –¡Déjenlo pues!, ¿no ven lo asustado que ta’ el plebe?, ¿a poco no creen que mejor se hubiera querido ir él en vez del hombre?

          Tan solo una revirada de ojos, unas miradas igual de secas que las de mi abuelo fue lo que recibí por parte de mis tíos:  –Pinchi plebe culón cuerpodioquis –masculló uno de ellos en lo que bajaba los botes del carro. Los moscos que en la tarde llegaban desde la playa empezaban a alimentarse de nuestra carne, de tan distraídos que estábamos ni cuenta nos dimos de la picazón. La verdad me dio mucho miedo haber estado ahí, frente a la pistola y al rifle que nos apuntaba a causa de las groserías de Chonene. Si me aculoné.

          No hubiera querido nunca tomar su lugar, en la lentitud de lo que pasaba frente a mí pensé en las cosas que aún quería hacer, cosas que ni recuerdo. Cuando le dijeron a mi nana que a mí no me iban a llevar me sentí ligero, aliviado. En el fondo hasta estaba contento de que hubiera sido él y no yo. Muchas veces pensé que mi tata chingaba mucho, que nomás estaba robando aire y comida, que era mejor que se muriera a la chingada y que nos dejara en paz, que ya no nos diera de cintarazos cada que alguno de nosotros por accidente derramaba la leche sobre la mesa… o cada que el cielo estaba muy azul.

          El recuerdo inmediato de esos deseos de desgracia y muerte para con mi abuelo me quemaban la planta de los pies más que la tierra caliente de la siembra sobre la que Chonene me hizo pararme la vez que, por error, tumbé la caña jovencita y tierna de un surco en la parcela. Era lo que me tenía paralizado, el saberme la causa de esa desgracia tan grande que ahora nos apretaba la garganta en la casa. Entre mi prima y mi nana me llevaron abajo del árbol de pingüica, a que me sentara y me tomara algo. La güera me llevó un bote aún helado, para que calmara los nervios y para que la piel chupara de regreso todo el sudor que me bañaba el cuerpo en esos momentos.

          Pasó la noche y no tuvimos noticias de él, por más que lo buscaron, por más que amenazaron al del expendio con matarlo si no decía quienes eran los fulanos que se lo habían llevado: –No sé, nunca los había visto, el Chonene tuvo la culpa, se puso a mentarles la madre sin saber quiénes eran –balbuceó. Lo que más dolía era la esperanza de encontrarlo vivo, golpeado o lo que fuera, pero vivo.

          Fueron muchos meses, muchas veces de estar sentado viendo la tele y de repente escuchar que alguien, en un rancho, en una brecha o en el río, había encontrado un cuerpo. Fueron muchos los cuerpos que fuimos a ver, tantos que perdí la cuenta. Cada que íbamos nos temblaban las piernas al llegar al lugar, igual que las ocasiones que nos cintareaba mi tata por mal portados, por fumar a escondidas o por robarle su cerveza. Nunca era él, nunca eran unos huesos vestidos con unos Levi’s negros y unos calcetines colorados que relumbrantes sonaban al chocar de las olas con las piedras del faro en Mazatlán. Nunca lo ha sido, aún sigue perdido en el limbo de su ausencia, entre el humo curveante de los cigarros que se fumaba y los polvorientos recuerdos de su voz.

          –Te pareces a Juan Preciado, queriendo regresar de su soledad. Ya deja de ver esa foto y ponla en el altar. Ándale, déjalo ahí en lo alto, para que no esté renegando.

 

Jorge Alberto Avendaño nació en Culiacán, Sinaloa, una tarde de agosto en la que hacía mucho calor. Estudió la licenciatura en lengua y literatura hispánicas en la Universidad Autónoma de Sinaloa, y la licenciatura en Letras Inglesas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Actualmente vive en Ciudad de México, donde trabaja como profesor de literatura y traductor, a la par que escribe y cuenta historias.

      Fue ganador del 2º Certamen nacional de relato personal Mi historia inolvidable, convocado por UNAM en 2015, y del Premio nacional al estudiante universitario, otorgado por la Universidad Veracruzana, en la categoría de cuento «Sergio Pitol» 2017. Ha publicado en las revistas Timonel y Vuelo de jaguar.

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