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OTRAS HORAS

por Rafael Fombellida

Periódico de poesía. UNAM.
Abril 2013

Ha sido publicado en España el nuevo libro del poeta mexicano Jorge Valdés Díaz-Vélez (Torreón, Coahuila, 1955). Desde que la poesía de Jorge Valdés es conocida en nuestro país, cada aparición suya se ha constituido en un acontecimiento de gran valor. Su capacidad poética, alta, honda, solvente y clara, lo ha elevado a un merecido nivel de reconocimiento en este país tan reacio a apreciar, en poesía, la autenticidad.

      A lo largo del siglo veinte no ha faltado noticia, en España, de la poesía mexicana. Noticia quizá no del todo puntual, pero sí exacta en cuanto a que siempre los nombres publicados aquí eran de poetas verdaderos e imprescindibles. A algunos, como Jaime Torres Bodet, su residencia temporal en España les puso enseguida al alcance de las editoriales de nuestro país. Pero en general, el grupo reunido en torno a la revista “Contemporáneos” tuvo una inserción tardía en nuestras editoriales. José Gorostiza, Xavier Villaurrutia, Carlos Pellicer o Salvador Novo, por citar a algunos, se insertaron en forma parcial y desigual en nuestro panorama, siendo todavía hoy el día en que se rescatan estos poetas cuya obra está permanentemente viva. En ocasiones, editoriales mexicanas afincadas en España han sido la vía de ingreso de estos poetas hacia nuestro público, como pueda ser en el caso de Fondo de Cultura Económica.

      Hasta el conocimiento de la obra poética y ensayística de Octavio Paz, no nos hemos puesto al día en España en cuanto a poesía de México. Carlos Barral, creador de aquella marca cultural que se llamó el “boom latinoamericano”, descubrió para nuestro lectores la obra de Paz y por esa vía entraron coetáneos suyos como Ali Chumacero o, algo más joven que ambos, Jaime Sabines. El trasvase intelectual entre México y España debido a las vicisitudes del exilio, puso al alcance de los lectores españoles a autores mexicanos, algunos de origen español, como Tomás Segovia, Joaquín Buxó Montesinos o, en catalán, Ramón Xirau. En esta transmisión poética en los años setenta y ochenta tuvieron capital importancia los monográficos que a la poesía de México y sus autores dedicó en Cantabria la revista Peña Labra.

      A día de hoy la entrada de poetas mexicanos en el mercado español está más viva que nunca, pues los autores se publican en pleno proceso de madurez y, en no pocos casos, alguna de sus primeras ediciones se publica en España, como pueda ocurrir con algún título de Arturo Dávila, Jorge Ortega o el propio Jorge Valdés Díaz-Vélez. El reciente premio Cervantes otorgado al poeta mexicano José Emilio Pacheco ha supuesto un espaldarazo que ha abierto el interés de los lectores españoles, un interés, si cabe, aún mayor, hacia la poesía mexicana. La editorial valenciana Pre-Textos ya venía editando, con anterioridad al Cervantes, la obra de Pacheco junto a la de otros poetas de ese país como Vicente Quirarte, mientras que Hiperión lo hacía con Jorge Valdés (“Los Alebrijes”) y otras editoriales presentaban la obra de Marco Antonio Campos o Rogelio Guedea.

      Si la poesía mexicana actual empieza a gozar de buena fortuna entre los lectores españoles no es debido a ningún inexplicable azar, sino a una acuciante demanda. De todos es sabido que en México se ha venido escribiendo, a lo largo del siglo veinte, una de las escrituras poéticas más poderosas de la lengua española. Es sabido que los poetas de México han dialogado, de tú a tú, con nuestros clásicos y con unas tradiciones que son suyas y nuestras. Dejando aparte el alimento autóctono, lo mismo de importante en sus vías creativas, San Juan de la Cruz, y Sor Juana Inés de la Cruz pertenecen tanto a la poesía de México como a la española. Pero hoy día, ¿ qué puede buscar el lector español en la poesía mexicana que quizá no encuentre en la propia? Lo digo pronto: claridad, orden, diálogo, transparencia. Mientas en España la poesía se escora hacia lo coyuntural, hundiéndose en el caos, dejándose arrastrar por la confusión ambiente, creando poemas que más bien parecieran vidrieras rotas, la poesía de México aporta serenidad, empaque, mesura, cosmopolitismo sin exhibición, reflexión, armonía y carácter imperecedero.

      La poesía de Jorge Valdés es por tanto una poesía necesaria, tanto en México como en España y el espacio lingüístico del español. Él, que tan bien conoce la poesía de nuestro país, pues no en vano cifra en García Lorca su iniciación lectora, y que tan fructíferamente ha asumido las corrientes poéticas de ambos lados de esa invisible frontera, los “Contemporáneos” de México (Owen, Villaurrutia, Gorostiza) y la española “Generación del 50” (Gil de Biedma, Ángel González); Borges o Paz, pero también la corriente de la “nueva sentimentalidad” que emergió en la poesía de España de los años ochenta, practica una poética de temas eternos, de grandes temas universales, a la vez que explota todas las variantes de la métrica, pues para él la poesía “es el laboratorio del idioma”. El poema es decir o canción, comunicación reflexiva en la silva libre imparisílaba, y concentración efectiva en los cien metros lisos de un soneto denominado así, olímpicamente, por el poeta italiano Francesco D´Alessandro. La poesía de Jorge es flash sensitivo y visual en la tannka, y sentido y música en la isometría.

      Las variables métricas doman la desatada pasión del canto con una maestría que es un don, porque con ella se nace, y permiten ajustar el discurso y amaestrar su cauce potenciando las tonalidades musicales, rítmicas y cromáticas del poema, desde el registro meditativo a la más sintética de las abstracciones. Dominio del “tempo” del poema se llama a esta capacidad, y es una condición cualitativa que no todo creador posee.

      Es Jorge Valdés Díaz-Vélez diplomático por profesión, viajero por vocación, y hombre sensitivo por naturaleza. De ahí que su poesía nos haga comprender que la vida es un viaje, que sus escenarios son múltiples, y que tanto del periplo como de su paisaje el poeta debe dejar constancia, salvando para la intimidad los instantes destinados a perderse, de su pulso sensual, de su acción reflexiva, de su discurso moral y del surgimiento de intuiciones y símbolos. Jorge Valdés es un poeta capaz, sin miedo alguno al reto de la estrofa cerrada, maestro de la forma que no se escuda nunca en la referencia al caos para encubrir la impericia de quien no domina su escritura, profundo, meditativo y discursivo que puede también ser, cuando él lo desea, abstracto y sintético. Un poeta que no tiene sólo el poder de exprimir el polimorfismo significante, sino también el de extraer de la polivalencia del lenguaje significados inéditos y visiones genuinas. Un poeta para el cual la libertad es la sabiduría compositiva, desdeñada por tanto autor duro de oído. Un poeta de acento musical en el cual nunca son vanas las referencias a Satie, Bach o Saint-Saëns, pues como las piezas de Satie (Gymnopedies se titula la parte primera de “Otras horas”), el verso se decanta gota a gota, nota a nota, y las imágenes se desenvuelven en radiante armonía abrazando, envolviendo al lector. Un poeta de sentidos atentos, refinado, gustoso, amante del placer y donador de placer, del placer de una escritura intensa, terrenal y espiritual a un tiempo.

      De cara al lector, y a riesgo de resultar insistente, es justicia considerar la poesía de Jorge Valdés de poesía “transitable”. En un tiempo en que la criptografía, el collage y el puzzle parecen adueñarse eventualmente de los espacios poéticos españoles, el poeta de Coahuila exhibe una propuesta lírica que dialoga permanentemente con la tradición y con los clásicos de nuestra lengua, logrando un perfecto engarce entre sentido y forma, entre sonido y sustancia, que le ha llevado a ocupar un lugar preeminente en la ya de por sí alta poesía de su país natal, una de las más ricas del idioma. La competencia poética de Jorge Valdés se revela en la prodigalidad y originalidad de sus metáforas, en su grado de adecuación a un universo visual y verbal plenamente contemporáneo, y en su capacidad para renovar referentes simbólicos. Propone pues Valdés un discurso mediante el cual el lector conserva la opción de transitar a través de su experiencia escritora obviando el desengaño de la impermeabilidad, pero expuesto siempre a ser alcanzado por lo inesperado, lo infrecuente, la sorpresa plástica o la profundidad de sentido.

       Se adentra Jorge Valdés en los senderos de la experiencia totalizando un conjunto poético en el cual su maestría compositiva potencia la intensidad de un discurso articulado en base a poemas que operan a modo bien de conversación reflexiva y culta, con ávida exploración introspectiva y fluidez rítmica, bien a modo de sketches visuales o sensoriales en los cuales la condensación de la tannka abre y libera un núcleo fulgente de sensualidad e inédita emoción.

      Un viajero en el verso es Jorge Valdés Díaz-Vélez. Pero un viajero que siempre se realiza desde un lugar estable: aquel lugar en donde está la escritura.

 

 

Fotografía de encabezado por Primo Mendoza