Poemas de José Ángel Leyva

por José Ángel Leyva

El poeta Jesé Ángel Leyva

De Los versos del guerrero (1998)

Guerra Florida
El mito
En la ventana un colibrí se enciende
chisporrotea
se apaga para siempre
Queda su aroma horizontal
de fuego nuevo
Se erige en mascarón de proa
en rosa náutica
en astrolabio y amuleto
En el vaivén del día
titila el pájaro de asombro
Espina en la palma del silencio
Se deshace en la boca la figura
antes de ser nombre
de tomar la forma del conjuro
El colibrí no existe
es un presentimiento
sordo aleteo
donde nadie es mañana
donde otra vez se nace

El canto
A recoger flores violentas salgo en paz
Dejo semillas en la hendidura del placer
indicios para el fuego
rastros de algún abecedario
para nombrar la novedad
Quién puede reconocerse en lo perdido
abrir las cajas negras
y mostrarse en el horror del triunfo
soltar el nudo ciego
y mirar
mirar a fondo
No hay nada debajo de nosotros
La soledad es otro engaño
No hay nadie distinto en el olvido
Dejo las huellas del deseo
un simple impulso de estar
sin renunciar a ser
en la otra parte

Acerca del Pérsico
El guerrero descansa la voz
sobre la fruta del silencio

Escupe un alma seca
pletórica de sed
Cae rota la oración
la frase coja
Espesa la tierra su saliva
que no sirve para hacer palabras
Después de la batalla se vive
la nostalgia del deseo
Este campo de honor es un desierto
donde plantan los fósiles su cuna
¿Cuál corona puede haber entre cactos y serpientes?
El guerrero acaba de salvar su dignidad
ya viste el uniforme de los siglos
Ha vuelto a combatir para saber más de la muerte
llevado por el miedo
El enemigo feroz aterroriza
aún después
ya sin aliento
El guerrero se mira
entre fierros retorcidos
Guarda el grito y la mueca del combate
Ha vencido a oscuras
ignora contra quién lucharon
sus fuerzas fantasmales

El guerrero descansa en paz
y no lo sabe

Sangre enemiga
El vencedor
después de combatir suspira
encuentra en la carroña
fracciones de segundo
tumultos
tribus
hordas extraviadas
ejércitos en ruinas
En la sangre enemiga hay bosques
de niebla sin arroyos
Un hálito rapaz
asalta al buitre y a la hiena
polvo de muertos con nombre todavía

De Catulo en el destierro (1993)
Cuando yace en la extensión que dominan
las tranquilas respiraciones de su amada
una exquisita libertad lo apresa
Después el porvenir se niega
Otros ocupan su futuro
metido en ese cuerpo
en esa boca que besó
Que besan ya otros besos

Los goznes de su imaginación no están resecos
Cierra los párpados
aprieta las mandíbulas hasta rechinar los dientes
Abre con ligereza una puerta silenciosa
por donde una mirada lúdica se asoma
pero no logra atravesar los encajes del umbral

Catulo espera fuera
Camina por cimas de hormigón y acero
seguido de su sombra
Percibe esa babeante oscuridad en sus contornos

su mirada turbia de bosquejo
Como mastín acecha impaciente su esqueleto
Asciende las torres más soberbias
La altura concentra una vieja confusión de idiomas
Su lengua natural tremola
como bandera de pirata
hecha girones
con calavera y tibias en desorden
fracturadas por el clamor guerrero
de cosas innombrables
Su ojo de marino atisba
los límites del ojo
la redondez de la nostalgia
Zurce ausencias blancas con azules hebras
como si fueran velas que lo acercan
al horizonte que sólo toca con el nombre
realidad presente
lejana
inalcanzable
línea final
filo sin hoja

Con humeante cansancio se prolonga
un sueño de Babeles
Dos pupilas no bastan para absorber su fatiga-
Las nubes encallan en este sepulcro de nieblas
En los fiordos de asfalto cantan sirenas
al paso de Carontes con luciérnagas sombrías
Se estremecen peces solitarios
Un instante zozobra
la indolencia duele
Icebergs de cemento recargan sus costados
inmunes al calor del cuerpo
sobre la masa derretida en las aceras
Contra las puertas se estruja el desamparo
Cada casa guarda un niño
y cada niño esconde claustrofobias
en el túnel de una almohada
guarda náuseas en las ostra de sus puños
Juega encerrado en cinescopios
con la quietud inanimada de otras almas

Todas las aceras son puertos

para anclar la muerte
en el reloj de un asesino
o para ver una mujer nocturna
erguida como faro bajo el sol
Todos los barrios se desprenden
de la misma plaza
caminan siempre al corazón
de las ciudades
hacia el lugar inamovible
de las ruinas
Todas las piedras son la misma
versión sedentaria
del nómada cansado

EL VÉRTIGO florece en la cumbre erosionada
del ocio y la utopía
Retoñan los primeros versos
como vómito en los labios
Pierde el cuerpo su equilibrio
Al fondo la cuadrícula del valle
es invento sin retorno
colchón que aguarda la caída del poeta

o el descenso de sus pies hechos astillas
Catulo deshoja pájaros de agüero
clarividencias cristalinas
gotas que humedecen el paisaje
Su mirada aletea agónico a lo lejos
Respira el soplo de un gigante
con pulmones carcomidos
desentraña la visión de los volcanes
ocultos por un telón de brumas
cuando el tizón meridiano descubre sus cabezas

Un impulso terrenal sacude
las vértebras del mástil
Desde abajo una fuerza superior atrae
la imagen del vigía
arrastra su débil voluntad
toca su tacto con sublime tentación mundana
La tierra pesa en el hueco de las venas
reclama la unión de las cenizas

CATULO recoge del suelo sus despojos
la perversa inquietud de las hormonas
los miembros desollados del deseo
envueltos en la palidez de algunas páginas
Escucha los gruñidos subterráneos de la muerte
el paso inminente del suicida
los chirridos de una puerta cancelada
el llanto de un cadáver memorioso
o su sombra inmortal entre los ciegos

CATULO es un ángel con alas atrofiadas
un vivo cargando un lado muerto
como todos los hombres traen su espalda
¿Será por no tener cuatro ojos
que no se vuelve atrás pisando el mismo paso?
¿Será por no voltear la frente
hacia el reverso
que el rumbo tiene cara equivocada?
Para mirar hacia el ayer
se pone la espalda hacia el mañana
Para el pasado el revés

queda de frente
cuando el futuro sin ojos ve
nuestras miradas

Entre las grutas de la urbe sueña
como murciélago sediento
beber la realidad del pico de las aves
pero termina por chupar su propia sangre