El batallón de Guanajuato

por Jorge Alberto Avendaño

Te lo juro, la gente piensa que es mentira nomás porque salió en una película, pero es verdad, yo estuve ahí. Fue el gobierno, en aquel entonces todavía estaba el puto de Díaz Ordaz. Fue poquito después del desmadre del ’68 en la capital, acá en Guanajuato apenas sonó, si no es por el tiempo, y por las gentes que iban y venían como los arrieros de antes, contando historias de lo que escuchaban en el distrito, ni nos enteramos de ese asunto. Pero vieras que al modo, lo que se les ocurre allá, a los chilangos, siempre le chinga a uno acá, en el rancho.

            Nunca se me hubiera ocurrido a mí hacer eso, pero en gobierno están a otro nivel, allá se tiran un pedo y quieren que uno se trague la peste, que la pague y que aparte te guste y les agradezcas. Entre Díaz Ordaz y Echevarría se chingaron a mucha gente; pobres chilangos, eso sí. Aunque de todos modos son un chingo, pero estos putos se los quieren acabar. El gobierno nunca perdonó el desmadre de las olimpiadas, por eso se pusieron de acuerdo para formar un ejército de cabrones desalmados, de gente a la que las manos no se les detuvieran ni les temblaran la piernas al momento de tirar a matar. Ya desde por ahí del ’66 andaban con eso, nomás que la chavalada les ganó el jalón, andaban todos bien calientes, querían apagar la lumbre a pedos; verdad de Dios, ¿Tú si me crees, Junior?.

            Para esto, al ’68, yo tenía diez años, me la pasaba brincando entre las tumbas del panteón municipal, allá en Guanajuato, arriba del cerro. Mi abuelo decía que a él le tocó ver la sacada de las momias, hace mucho ya. Se perdieron varias, empezando por la de la bruja y la del francés. Pero uno está entrenado para no preguntar, desde la escuela, desde la casa, desde la tele, con el viejo puto ese del Zabludovsky. Un día soleado, puras mamadas, pinches putos.

            Va usted a decir que soy un viejo loco, y si, ya ando en el sexto piso, y si, me da por inventar cosas, pero yo estoy muy seguro de esto. Allá nací, en el puro callejón de los angelitos, apenas a unas cuadras del panteón, pude ver cuando hicieron la película de las momias, para denunciar los experimentos de Díaz Ordaz con cadáveres, ese puto los quería listos para la lucha. Las momias allá en mi pueblo y los halcones acá en la capital. Fue igualito que en el cine, los detuvieron tu papá y el Demon.

            –– Y el Mil Máscaras.

            –– Si Santo, también el Mil.

            Después de lo del primer aniversario de la matanza mandaron a unos infiltrados con la consigna de reventar a los estudiantes. Les faltaron huevos, como a los militares del 2 de Octubre, que ya ves que les dijeron que tiraran a matar y pues de plano se hicieron pendejos, muchos. Por blandos, no sé. Les tronó, los halcones estaban todavía muy verdes; por gracia de Dios se les enterneció el corazón y no hubo tanto muerto, o no se supo de tanto, pinches putos.

            En México es bien fácil hacer muertos, o desaparecer, todo se trata de dinero, de mugre y de ver a quién hundes en más mierda, nomás por chingar, por tener algo de qué platicar. Paz dijo que «el culto a la vida es también culto a la muerte». No sé qué habrá querido decir, pero suena chingón, y apantalla, sobre todo en tiempos de muertos, como ahorita, como siempre en pinche México. En gobierno se enteraron de la culonada de los halcones y no les gustó, por eso comisionaron a un científico ruso, un tal Bútlerov, a que le devolviera la vida a las momias, para que atacaran sin moral, sin remordimiento.

Mi padre siempre cuidó su identidad, hasta a mi me la llegó a ocultar, por muchos años. Tenía que mantener su secreto de luchador enmascarado, para cuidarse de los agentes extranjeros, de los espías internacionales y del mismo gobierno de México, todos buscaron en algún momento acabar con su vida, con su imagen. Las aventuras del Santo estaban en todos lados porque eran ciertas, viejo amigo, porque la gente no es tonta, porque sabían que no era casualidad que el Kid Vanegas y él anduvieran con los barbudos, que mi padre haya salido de Cuba un  día antes de la entrada de Fidel.

            –– Sí, que casualidad, ¿Verdad?

            Mi papá y el equipo de Joselito eran simpatizantes de las fuerzas de Fidel, cuando se fueron a filmar Santo contra el cerebro del mal, en Cuba, se llevaron un cargamento de armas escondido entre las luces y las cámaras. El Santo preparó el terreno, minó de a poco a las fuerzas de Batista para que el Granma llegara con buen pronóstico a la playa de Las Coloradas. Filmaron todo para cubrir el asunto.

            Algo similar sucedió con la del rey del crimen y con la del poder satánico, aunque esas la filmaron para mostrarle a la gente que todos podían ser como él, que podían portar la máscara plateada y luchar contra el mal. Mi padre nunca calló, quería mostrar lo que pasaba en México, su lucha más allá del cuadrilátero, sus ideales. Claro que también ganaba dinero, claro que había lujos, pero mucho iba a parar a su cruzada anticrimen, financiaba a otros compañeros para que también se unieran, eran buenos tiempos.

          –– ¡Éstas momias son indestructibles!.

El motor del MGA Roadster 1500 anunció que pasaba la curva de la entrada de Guanajuato, el Demon y el Mil perdían la batalla, en las calles se decía que el ruso había descubierto una fórmula para revivir a las momias, que el gobierno ya sabía, que por eso la policía no llegaba a apoyar. Lo que es ser pinche puto, apenas un par de judiciales que se habían revelado, y unos patrulleros portando unas pobres .38, que nada le hacían a las momias comandadas por la encarnación de Satán, se reportaron para ayudarnos.

            Estábamos aterrados, corríamos de un lado a otro, a mi papá lo desnucó una momia, le aplicó un candado al cuello que le quitó la vida. Apenas a unos metros de su cadáver, la momia del francés Leroy le aplicó una cavernaria a Doña Lupita, la de los tacos de frijol afuera de la primaria, la dejó invalida, la pobre mujer dedicó el resto de su vida a pedir limosna afuera de la catedral, la gente le sacaba la vuelta porque hablaba mucho del Diablo, de Satán, los que estuvimos ahí sabíamos que no estaba loca. Entre todos la ayudábamos. El cine de luchadores ahora es una curiosidad, nadie se pregunta cómo aprendieron marcianos y hombres lobo a suministrar huracarranas, se acepta que los monstruos sepan de combate cuerpo a cuerpo. Así se comunicaban los campeones con nosotros. Así les funcionaba, hasta que el gobierno nos aplastó, eliminando la voluntad y la voz del pueblo.

            Estábamos al borde de la locura, el experimento de la presidencia funcionaba, las fuerzas del bien de plano no podían contra los huesos momificados y la carne olorosa a pus que se nos iba encima. Luego lo sentimos, era una especie de brisa cálida, manaba del motor y de la sangre caliente del Santo. Su estampa llegó al centro por vía del túnel, clarito lo vi bajarse de un salto del convertible. Golpeó con furia a los soldados del régimen priista. Ubicó a la momia de Remigio Leroy despedazando la espina de Doña Lupita y le asestó un golpe que tronó hasta el panteón, la tercera costilla, junto con el esternón de la momia, se hicieron astillas a causa del manotazo que el Santo, el enmascarado de plata, le acomodó ante la mirada asombrada de la momia Satán.

            Rodeado, sin apoyo de nadie, ni del pelón que había llegado con él, el Santo tuvo que replegarse, montó en su carro y arrancó con rumbo al panteón, nunca supe cómo estaba enterado de la ubicación del Demon y del Mil.

            –– Traían unos localizadores en las mascaras.

            Pues se fue para allá, la momia Satán lo persiguió con la velocidad de un demonio, lo vi desaparecer entre los callejones, su fuerza destruía paredes y bardas. La momia sabía que el Santo tenía la misión de detenerlos, de romper el batallón especial del presidente Díaz Ordaz. Tras de ellos nos fuimos todos, fue muy raro como las momias se olvidaron de nosotros; estaban enfocadas en destruir a los campeones justicieros.

            Al llegar nosotros al panteón la batalla estaba en su punto más alto, el Demon peleaba con la fuerza de cien hombres, destrozaba brazos de momia con sus tirabuzones y sus mazapanazos, la enormidad de Mil Máscaras rivalizaba con la de la momia Satán, su máscara púrpura reflejaba una fiereza inusitada en el combate pulgada a pulgada, cuerpo a cuerpo.

            –– ¡Ve por las pistolas que están en el asiento de mi carro!.

Esas pistolas las mandaron hacer cuando se enteraron del proyecto del batallón de Guanajuato, a veces pienso que hubiera sido mejor que se enfocaran en la amenaza de los paramilitares en Texcoco o en Chihuahua, pero no hubo remedio. Muchas veces escuché a mi papá lamentarse de eso en su cuarto de control, donde tenía sus aparatos de espionaje y supervisión. Estaban hechas de una aleación especial que permitía generar una explosión de calor que reaccionaba únicamente al cuerpo y al suero que se usó para reanimar a las momias, por eso ya nunca se usaron. Fabricarlas costó mucho dinero y tiempo, él hubiera querido llegar desde el principio de toda la operación, pero las pistolas aún no estaban listas; nos quedamos en la ruina a causa de mandarlas hacer.

            –– Estamos en la mismas, Junior, nos tienes que ayudar, antes de que ahora si liberen la plaga que nos matará a todos, Santo.

En ese momento la mano del Señor Mutante, luchador enmascarado retirado, enfermo de demencia, perdió su fuerza mientras apretaba las finas ropas del hijo de su ídolo en el interior de un sanatorio de la Ciudad de México. El cáncer y la locura acabaron con su vida día a día, desde aquel lance que terminó en una lucha pérdida, en un galerón de Sinaloa. Antes de que exhalara su último resquicio de vida se le oyó decir la frase con la que terminaban algunas películas del Santo: «¿Quién es, papá?… Nadie lo sabe, nadie lo sabrá nunca, pero en ésta época, en que la maldad de los hombres busca su propia destrucción, él estará siempre al servicio del bien y la justicia.»

            El hijo de la leyenda le cerró los ojos con su mano calluda y áspera, se dio la media vuelta y salió del sanatorio con la firme intención de averiguar de qué se trataba la amenaza de la que hablaba el viejo. Se corrió la manga de su saco plateado y comenzó a manipular el comunicador integrado a su reloj.

            –– ¡Santo llamando a Blue Demon!, ¡Santo llamando a Blue Demon, contesta Demon!, tenemos trabajo que hacer.

Jorge Alberto Avendaño Gálvez nació en Culiacán, Sinaloa, una tarde de agosto en la que hacía mucho calor. Estudió lengua y literatura hispánicas en la Universidad Autónoma de Sinaloa. Actualmente vive en Ciudad de México, donde trabaja como profesor de literatura y traductor, a la par que estudia letras inglesas en la Universidad Nacional Autónoma de México.

            Fue ganador del 2º Certamen nacional de relato personal Mi historia inolvidable, convocado por UNAM en 2015, y del Premio nacional al estudiante universitario, otorgado por la Universidad Veracruzana, en la categoría de cuento «Sergio Pitol» 2017.

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