Zurdo mano cagada

por Román Guadarrama

Al bisabuelo lo queríamos porque él nos toleraba y punto, no voy a decir más. Su postura reservada unía a toda la familia: no daba consejos, no criticaba, no abría la boca para valorar absolutamente nada; se quedaba callado y sonriente. “En boca cerrada no entra mosca”, decía a veces y soltaba una carcajada. Ante cualquier problema, solo afirmaba: “Si puedes resolverlo, resuélvelo; si no, ¿para qué te preocupas?”. Sí, él tenía una risa que, a la menor provocación, relampagueaba. Todo, todo le producía éxtasis; él mismo conjeturaba que para vivir cien años –ya le faltaban pocos−, no debía uno preocuparse de nada, sino contemplar la vida tal como pasaba, sin pensar.

          A Severo Cortés Villa –así se llamaba el bisabuelo − no lo habíamos conocido realmente hasta esa tarde calurosa, lejana, en que fuera de sus cabales, se puso a defender una sola de sus ideas. No, no parecía ser él mismo; por momentos se salió de quicio y se le borró su sonrisa eterna. La contienda con mi padre fue la única oportunidad para conocer su pensamiento. Tienen razón los que dicen que solo se conocen a las personas cuando exponen sus ideas o cuando son capaces de defenderlas. Esa tarde bochornosa, árida, de agosto, el viejo demostró que estaba dispuesto a morir por su punto de vista.

          Don Severo nació en Durango y, de jovencito, se fue a vivir –junto con Procopio, su padre −, a un rancho ganadero de los Galán, en Múzquiz, Coahuila: Santa Elena. Allí, trabajando como administrador, trascurrió su vida, entre chivas y vacas, guajolotes y gallinas, burros y caballos; y, a veces, también, entre pumas y osos, venados y tigrillos; entre montañas de pinos y un aire transparente que le prolongó los días.

          Esa tarde de canícula fuimos a llevarle sus cigarros Delicados; esa era la mejor manera de ganárselo y, también, pasar un rato con él. En esa época, ya retirado del trabajo, vivía con su hija en Nueva Rosita. Mientras convivíamos con él, la tía María salió al patio y nos contó que, en su vejez, don Severo (así le decía a su padre), había adquirido un cochino vicio. Yo supuse que se había enamorado de nuevo; sabía que toda su vida, había sido mujeriego, y que, con fortaleza y paciencia, había sembrado hijos por los terregosos y tiznados pueblos de la región carbonífera. Muy vaciladora, la tía abrió un compás de espera y, luego, soltó la respuesta:

          −Don Severo ya se envició en el béisbol…

          El abuelo soltó una carcajada como si aquello fuera una verdadera gracia. Nosotros no dijimos nada; nos pareció que ese no era un vicio, sino un entretenimiento sano, mucho mejor que sus correrías de semental. La tía María nos contó que casi todas las tardes, su papá se ponía un pantalón caqui, una camisa vaquera, unas botas viboreras, un sombrero texano, un paliacate rojo y, solito, se iba caminando hasta el parque de béisbol. En realidad, todos soñábamos con llegar a la edad de él, con su lucidez y su fuerza. Entonces no nos quedó otra que felicitarlo porque adoptar un vicio a su edad era, en realidad, un auténtico deseo de vivir. Sin embargo, la tía dijo que, entre tanto fanatismo que tenía su padre por el juego de pelota, había un problema muy serio: había días en los que él no iba al parque y se quedaba en casa, sentado en la mecedora de fierro, riendo y fumando −como siempre− sus Delicados.

          −¿Por qué no les platicas, don Severo? –dijo ella, guasona, y se fue para la cocina en donde se movía como si fuera la reina.

          El bisabuelo dudó entre hablar o no; al final, soltó unas frases que se nos pegaron para siempre en la memoria y que, a pesar de los años, aún permanecen ardiendo como brasas debajo de las cenizas del tiempo.

          −Sí, claro, me gusta el béisbol, pero sólo voy cuando lanzan pícheres derechos y no cuando lanzan los zurdos.

          −¿Por qué, abuelo? –dijo mi padre, agobiado por las moscas y el calor sofocante.

          −¿Por qué chingados voy a pagar –dijo el anciano −, por ver un juego donde pichea un zurdo? ¿Se han dado cuenta que siempre que lanza un “zurdo mano cagada”, pierde? Y claro hay una razón para esto…

          −¿Cuál? −preguntamos todos como si nos hubiéramos puesto de acuerdo.

          El bisabuelo juntó las palabras con muchas dificultades y, luego, éstas se fueron dibujando en su lengua y en su amplia boca, casi desdentada. Al final, dijo:

          −Díganme, ¿cómo va a ser lo mismo pichar con la mano izquierda que con la derecha? A ver, cabrones, inténtelo. ¿Verdad que no, eh?

          Como siempre mi papá se puso didáctico y le explicó con manzanas que, así como había derechos, también estaban los zurdos. Y, esa mano, la siniestra, para los zurdos, era tan natural para ellos como para nosotros la diestra. Por primera vez vi a mi bisabuelo salirse de sus cabales:

          −No, claro que no; no es lo mismo –dijo −. Cuando yo fui a la escuela, a los zurdos les amarraban esa mano y, para corregirlos, los ponían a escribir con la mano derecha, como debe ser.

          −Sí –dijo mi papá con tono de catedrático −, pero eso fue a principios de siglo, cuando usted pasó por la primaria. Ahora eso ya cambió, y para bien. Ahora se reconoce a los zurdos y los dejan hacer todo con la mano izquierda:

          −Entonces –dijo el viejo −, ¿por qué carajos les llaman “zurdos manos cagadas”?

          −Bueno –dijo mi padre como si supiera todas las cosas del mundo −, las personas suponían que, como los zurdos se limpiaban la cola con la mano izquierda, seguramente les quedaba sucia. 

          −Yo, yo no creo –le dijo el abuelo, muy enfadado −. A ver, tú –y señaló a mi papá con su índice chueco–, qué tanto me averiguas, ¿por qué no te limpias la cola con la mano izquierda y luego nos la enseñas?

          −No puedo –respondió papá, pudoroso, con los ojos extraviados −, pues soy derecho.

          −Ahí está, cabroncito, ahí está, ya me diste la razón –remató el viejo como si hubiera ganado la contienda.

          −No, abuelo –dijo mi papá −. Como yo soy derecho tengo que limpiarme la cola con la mano derecha, pues si lo hago con la izquierda me queda asquerosa. 

          −Ahí está, ahí está −brincó el bisabuelo −. La única manera de limpiarse el culo o de pichar un juego de béisbol o de cualquier cosa en la vida, es hacerlo con la mano derecha; con la izquierda es mucho pedo.

          A don Severo le brillaron los ojos y volvió a sonreír; luego, se carcajeó; de seguro había pensado que había ganado la discusión.

          −El famoso pelotero Jesús Chuy Moreno –insistió mi papá, muy enfático −, era tal vez el mejor pelotero que ha dado la región carbonífera, y era zurdo, abuelo. Como usted sabe, pichó en la Liga del Norte, ganó trece juegos al hilo. Jugaba con los Mineros de Nueva Rosita y quedó para siempre en la historia del béisbol. Dígame, ¿cómo puede explicar eso, eh?

          −Bueno –dijo el bisabuelo muy envalentonado −, esa es la excepción y no la regla.

          Todos pelamos los ojos y nos quedamos mudos, no sabíamos que el viejo pudiera hilar una frase así, tan redonda; tal vez tuvo un instante de inspiración o…

          Papá quiso seguir dando ejemplos de zurdos triunfadores y, yo, en su oreja, en sordina, le pedí que se callara:

          −¿Por qué no lo dejas en paz? Si él cree eso, que lo crea. Qué más da, eh  −. En ese momento, yo pensaba que había que respetar su punto de vista. Sí, la sonrisa del bisabuelo se había nublado y nos miraba con encono, con ganas de echarnos a la calle. Entonces mi papá reculó y, en un desplante de ironía, dijo:

          −Sí, don Severo tiene razón. No es lo mismo un pícher zurdo que uno derecho. Sí, claro. Todos los zurdos son “manos cagadas”.

          Mi bisabuelo volvió a sonreír y toda la tarde no dejó de hacerlo. Sus carcajadas nos llenaban de alegría, de luz. Además, él pensaba que había ganado la discusión y se sentía de nuevo el centro de la familia. A sus casi cien años había derrotado a los congéneres y, por lo mismo, seguía siendo el más chingón de todos. 

          Así, cada tarde, don Severo se vestía de vaquero y se iba solo al parque de béisbol y, antes de entrar, preguntaba en la taquilla quién pichaba y con qué mano. Si era un derecho se quedaba a ver el juego y si no, se regresaba a su casa sin lamentos.

         El bisabuelo nos dejó como única herencia su postura machista, mujeriega, y una frase suelta que, como un estertor, se desprendió de sus labios antes de exhalar su último aliento, y que, después de tantas décadas, aún campanillea en los infinitos repliegues de la memoria: “No se le olvide nunca: el mundo es de los derechos”.

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