El camino de las flores a veces pasa por las nubes

por Édgar Adrián Mora

                     Para Margarita

La casa de mi abuela siempre olía a flores. Bueno, a flores y a la humedad de cosas que no se han movido durante mucho tiempo. Las flores eran casablancas. Así se llamaban. Durante más de cuarenta años un señor le entregaba a mi abuela los cuatro tallos que colocaba en un jarrón y que daban aroma a la sala de visitas durante una semana. A la semana siguiente, llegaban nuevas flores para renovar el mismo olor. Los únicos días cuando las flores no eran blancas sino anaranjadas eran en noviembre. Los dos primeros días del mes la majestuosidad de las casablancas era sustituida por la sencillez y sobriedad del cempazúchitl. Mi abuela era muy dada a los rituales y a las tradiciones. Hoy que abro la casa después de dos semanas en que ha permanecido cerrada no me recibe ese aroma que confundo en mi memoria con el del café hirviendo en la estufa y los chiles secos tostándose en el comal. Sólo el olor a humedad ha sobrevivido. No hay olor a flores porque ya no hay abuela que arregle concienzudamente el jarrón y cambie el agua cada tres días. La abuela ha muerto y con ella una parte de mí. La parte que atesora el olor dulzón de las casablancas.

En Navidad montaba la pastorela con todos los nietos que le seguían la corriente y acataban sus órdenes. Organizaba la posada con velas, bengalas y cantos. La fila para besar al Niño Dios era el preámbulo a la repartición de aguinaldos y el sacrificio de la piñata. Se cenaba pavo, se iba a la misa de doce y se acostaba al Niño. El Nacimiento se conservaba en el lugar de siempre. Era testigo de cómo la familia se reunía para cortar la rosca de Reyes. A los más pequeños nos explicaba por qué se hacía eso. “Herodes persiguió a los niños. Los mataba. Pero el Niño Jesús logró escapar porque un ángel le avisó a sus padres del peligro”. Siempre acepté la explicación. Nunca cuestioné de qué manera había escapado el Salvador y qué tenía que ver el pan en todo eso. Durante mucho tiempo creí que habían metido a Jesús dentro de un enorme pan y así lo habían sacado del pueblo proscrito por el rey Herodes. Quien sacaba al niño del pan debía alimentar al hambriento. Tal celebración se hacía el Día de la Candelaria. Se hacían tamales. Nuevamente la familia se reunía para cobrar la deuda al afortunado que había salvado al niñito escondido entre la harina, el azúcar escarchada, los higos y los dátiles. La abuela siempre estaba ahí. Abriendo la enorme vaporera en donde los pictes y los tamales de carne se cocían. A todos tamal y atole. Un atole de guayaba dulcísimo o un champurrado al que había que soplarle hasta que los labios no resintieran el dolor de la quemadura del líquido hirviente. Pienso en todo esto mientras saco las cajas del clóset que ella mantuvo mucho tiempo con llave. Sostengo entre mis manos la cerámica del humilde borrico que transportó sobre su lomo a la Sagrada Familia. Recuerdo con qué devoción la abuela limpiaba cada una de las piezas antes de depositarlas en esa caja rellena de viruta de pino que los protegían de accidentes y posibles rupturas. Luego, con un listón rojo, clausuraba la caja de cartón de mil batallas hasta el año siguiente. Cuando las series de luces multicolores, el árbol de Navidad, las serpentinas y la escarcha nos hiciera pensar que era posible desear y conseguir la paz en todo el mundo. Sólo con desearlo. Abuela me dejaba besar al Niño Dios antes de guardarlo. Con el tiempo, ese contacto con la loza fría e inanimada se fue convirtiendo en algo incómodo, hasta que un día mi lugar fue ocupado por un primo más pequeño y más dispuesto a escuchar las historias que salían de labios de ella. Yo crecí. Mi abuela envejeció. Mi abuela murió. Y yo estoy aquí, hasta ahora, sumido en un llanto incontrolable. El mismo que guardé en estas últimas dos semanas desde que me avisaron que la abuela había muerto. Son testigos los muebles de madera labrada, el espejo de cuerpo completo de la recámara, la cobija que tejió y bordó durante años. Y su retrato. Ese en donde su imagen parece querer escapar para brindarme un poco de consuelo; decirme que no pasa nada y que todo, como siempre, estará bien. Pero no me puede engañar más. Nada volverá a ser lo mismo.

Laura insistió en acompañarme. Pero no se lo permití. Sabía que este encuentro con el pasado, con mi pasado, debía hacerlo a solas. Tenía que ajustar cuentas con aquel que fui y que, en algún momento, dejé de ser. Cuando comencé a pensar que las creencias de la abuela eran ridículas. Que no tenían mucho que ver con el mundo que vivimos actualmente. Fue después de la adolescencia. Cuando dejé de visitarla y de asistir a algunas de las reuniones familiares por estar con mis amigos, viendo televisión o, simplemente, no estando donde los demás se regocijaban por los chiles en nogada de la noche mexicana. Septiembre era un mes especial para la abuela. No por las fiestas patrias ni porque en esos días se celebraba la feria del pueblo. Lo era porque en ese mes se celebraba el cumpleaños de mi padre, su primogénito, y el mío propio, primogénito también. La abuela era práctica. Siempre sabía cuál sería su regalo: calcetines para todo el año. En un punto no entendía cuál era el objetivo de envolver el regalo en papel metálico y ponerle su moño si ya sabíamos ambos qué contenía el paquete. El otro regalo era la comida. A pesar de que mi madre siempre preparaba algo especial el día de los cumpleaños (mi padre y yo cumplimos años con un día de diferencia, por lo que la celebración era conjunta), mi abuela siempre llegaba con una cazuela que dejaba escapar el olor de mi platillo favorito: mole de guajolote en chile ancho. Celebrábamos la vida. Después ella tomaba lo que había sobrado del guisado, lo ponía en un recipiente y después lavaba su cazuela y se la llevaba en su canasta de mimbre. La canasta mágica en donde viajaban tortillas, tlacoyos, tamales, fruta, dulces y mil cosas más que hacían la felicidad de quien accediera a su contenido. Acá está la canasta. Dentro hay servilletas. Muchas servilletas bordadas con punto de cruz. Hechas mientras miraba su telenovela o platicaba con las vecinas las últimas novedades del vecindario. Un año, recuerdo, de esta canasta salió un regalo extra aparte de los calcetines. Un sobre. Dentro del sobre había dinero. Una pequeña fortuna para un adolescente de 17 años. Ese año fue el año que salí a estudiar la universidad en la capital del país. Recuerdo el abrazo de mi abuela, su mirada vidriosa, su sonrisa de labio tembloroso. “Que te vaya bien. Y que Dios y la Virgen te bendigan”, dijo. Y nos separamos por largas temporadas. Aunque cada vez que regresaba en los veranos o en los finales de año, la visitaba y le platicaba de manera superficial lo que hacía. Los últimos años el tema era su enfermedad y la insistencia en que se cuidara. Que debía vigilar su alimentación y cosas por el estilo. No le importó demasiado. Mujer de ideas fijas no renunció al azúcar, ni a la manteca de cerdo, ni a gozar de la vida y sus dones. Después salí a trabajar al extranjero y dejé de verla por periodos más extendidos. Sin embargo, su presencia era constante. Físicamente no estaba, pero ella toda me acompañó en esos años entre gente extraña que hablaba otro idioma y tenían costumbres distintas. Me ayudó a sobrevivir la soledad del que se reconoce ajeno.

En el extranjero me di cuenta de que había mexicanos en todos lados del mundo. Uno los encontraba en los restaurantes en donde acudían a comer o en los salones de baile en donde buscaban reconocerse como iguales. Me enteré de que había una comunidad mexicana muy fuerte en la ciudad donde vivía en ese entonces. Tenían una casa de la cultura mexicana y ahí se llevaban a cabo actividades que buscaban traer a México hasta aquellos lugares en donde la nieve era una realidad durante el invierno y no sólo efectos especiales de espumas y unicel. En esa casa se hablaba de lo que significaba ser mexicano. De los murales de Rivera y Siqueiros. Del arte indígena y la grandeza que había alcanzado antes de la llegada de los europeos. Los niños, cuyos padres tenían muchos años de vivir ahí, acudían a los cursos de español acompañados de sus compañeritos de escuela o de cuadra, quienes quedaban maravillados por las calaveras, las piñatas, las serpientes emplumadas, los dulces. El club gastronómico era de los más concurridos. Tamales, quesadillas, chiles, gorditas, mole. En ese país lo internacional era aquello que había sido lo cotidiano de mi infancia. Recordaba a mi abuela entonces y me daba cuenta de que habría sido muy feliz de saber que un grupo de aventureros que huían de la suerte que les había tocado en su país, se regocijaban al probar las delicias en las cuales ella era una experta consumada.

          Un día me atreví a cocinar algunas de las cosas que mi abuela hacía: chicharrón en salsa verde, tinga, tostadas de pata, calabaza en dulce. Fue un éxito. Durante algunos días fui una celebridad entre los asistentes a la degustación. La noche de esa degustación llamé por teléfono a la abuela para contarle lo que había ocurrido. Me contestó una de sus hijas, mi tía, y me dijo que la abuela estaba internada. Sería una de las primeras ocasiones en las cuales ingresaba a un hospital víctima de la hiperglucemia. Salió pocos días después; nunca le conté lo que sus recetas habían ocasionado a miles de kilómetros de donde ella estaba. La intención se diluyó y las cosas que hacía en aquel entonces absorbieron mi atención de manera total.

          Ese año no pude asistir a los festejos de fin de año a la casa paterna. No vi a la abuela ni a mis padres. En la casa de cultura se organizó una posada tradicional. Y entonces me di cuenta de cuánto extrañaba la tierra y las personas cercanas a mi corazón que estaban lejos pero con seguridad pensando un poco en mí. Sin darme cuenta, el llanto escurría por mi rostro sin que pudiera evitarlo. Me percaté de ello hasta que una chica se acercó a mí ofreciéndome un pañuelo. Entonces me recobré e intenté borrar las huellas de mi ataque de nostalgia. Ella no dijo nada. Me miró a los ojos y enseguida me abrazó. Mi respiración se sincronizó en aquel abrazo que me retornaba a tiempos felices. Después intenté esbozar una disculpa. No fue necesario. Ella sonrió, me guiñó un ojo y me dijo: todo está bien. Esa noche tomamos ponche de frutas y nos llenamos la ropa de migajas de buñuelo. Platicamos largamente. Ella era hija de mexicanos que habían emigrado hacía más de treinta años, pero que nunca olvidaron su identidad. Creció rodeada de cosas que intentaban reproducir, lejos de su tierra, el ambiente del origen: jarros de barro, esculturas, libros de escritores mexicanos, películas de la época de oro. Soy más mexicana que los que nacieron allá, me dijo. Y tenía razón. En general tomamos conciencia de lo que somos cuando nos separan de aquello que nos define. Eso lo descubrí a su lado. Esa chica amable e inteligente que miró conmigo el amanecer del Año Nuevo en una tierra cubierta de nieve e iluminada por los neones que ahuyentaban la oscuridad era Laura. Desde entonces hemos seguido juntos.

          A la abuela le hubiera gustado conocerla, nunca se dio la oportunidad. Le hubiera agradado la manera en cómo preparaba el café. La gracia con la cual sopeaba el pan dulce en el chocolate. El porte con el que vestía las blusas bordadas por manos dueñas de saberes antiguos listas a heredarlas a las generaciones siguientes. Esa mujer quiso acompañarme a abrir la casa de la abuela. Pero no se lo permití. Quería un momento a solas. Bueno, acompañado del recuerdo de ella en esta casa. Si viviera, me reprocharía no haberla traído para conocerla, para contarle mis travesuras infantiles, para avergonzarme sin saberlo. Para llevarla a un lugar apartado de mí y pedirle que, de una vez por todas, me convenciera de sentar cabeza. Lo hacía siempre con las chicas que llegaban a acompañarme a esa casa. Las hacía sentir incómodas, me hacía sentir incómodo y, después, nos ofrendaba los chismes recientes del barrio o alguna bebida caliente. Le hubiera gustado saber que, después de muchos años, finalmente había accedido a sus deseos. Pienso en su sonrisa. En la sorpresa en su rostro al conocer a mi hija, la heredera de su nombre. En las bendiciones con las cuales cubriría a Laura por haber conseguido la proeza. Me arrepiento profundamente de no haberle dado esa felicidad. De haber tenido que esperar este momento para contarle, en voz baja, todo esto. Lo siento, abuela.

La noticia me la dio mi padre. Nunca ha sido bueno para dar malas noticias. Desde los primeros segundos supe que algo terrible había ocurrido. Dio mil vueltas antes de decírmelo. “Tu abuela acaba de morir. Sólo te aviso para que estés enterado. No te sientas obligado a venir”. Después del balde de agua helada, vinieron minutos de silencio. Escuchaba la respiración de mi padre y los latidos acelerados de mi corazón. No sabía qué decir. Si consolarlo a él, si consolarme a mí, si existía alguna palabra que pudiera expresar el dolor que sentía en ese momento. Sólo alcancé a balbucear: mañana llego. “Acá te esperamos”, dijo él. Y colgamos al mismo tiempo.

          Tomé el primer vuelo disponible. Le dije a Laura que no era necesario que viniera conmigo. Alguien debía cuidar de Margarita. Alguien tenía que hacerse cargo de la casa. Avisar en el trabajo. Ella me miró como aquella primera vez, en aquella posada mitológica. Me abrazó fuerte contra ella y lloró conmigo por alguien a quien nunca había visto en vida pero a quien conocía muy bien. Margarita se quedó con su abuela.

          Al día siguiente llegamos al velorio. Las letanías del rosario se escucharon como ruido de fondo de los pésames, los abrazos y los reencuentros con la familia, los amigos, los vecinos. La sensación extraña de alegría y tristeza mezcladas. La abuela nos reunía otra vez. Vi a varios de mis primos, los mismo con los que compartí el calor de las cobijas con las que la abuela nos cubría cuando sentados en el sillón de su sala veíamos caricaturas en la televisión. Nos abrazamos, nos consolamos, le pusimos el “piquete” de aguardiente al café que compartimos. El féretro estaba ahí. A la mitad de la sala. Ahí estaba el cuerpo inerme de mi abuela. Pero ella, su esencia, no estaba ahí. Estaba en las conversaciones de los dolientes, en el cariño de la gente que la había conocido, en el sobrino lejano a quien en cada cumpleaños le regalaba (sí, adivinaron) calcetines, en las miradas tristes pero aliviadas de sus hijos, de mi padre, de mis tíos. “Los últimos días sufrió mucho”, me contó una de las tías. Al final, concluyó y con ella los demás hermanos, fue mejor así; que dejara de sufrir. Yo asentí.

          Después de ese reporte, uno de mis tíos se acercó a mí y me preguntó: “¿quieres que abramos la tapa del ataúd? ¿Quieres ver por última vez a tu abuela?”. Lo pensé por un instante, pero después negué con la cabeza. No quería que la última imagen de ella fuera su rostro inanimado, sus ojos cerrados, su sueño profundo, eterno. Mi tío comprendió y retiró las manos del féretro que estaba a punto de abrir. El llanto no acudió a mí en todos esos momentos. Tampoco en el cementerio cuando el cura dio las últimas bendiciones y el cuerpo se posó sobre la tierra. Parecía ido, como si estuviera en otro lugar. Y era cierto, intentaba fugarme a un espacio en donde no pasara lo que estaba ocurriendo. Donde mi abuela no estuviera muerta. Los demás creyeron que lo que me tenía así era el cansancio del viaje. Laura les dio la razón, llevó la mayor parte de las pláticas en esos días, se convirtió en la favorita de las primas, prometió que los visitaríamos a todos. Yo no tenía ganas de platicar con nadie. Sólo con ella, con la que ahora yacería por siempre en esa finca familiar del cementerio. Estuve así por un largo tiempo. No sé cuánto. Hasta que sentí una mano que apretaba ligeramente mi brazo. La mano de Laura. Es hora, me dijo, todos se han ido. El panteón estaba vacío. Afuera, mis padres esperaban en el auto. Mi madre me tocó el rostro.

          —Ella te quería mucho —me dijo.

          —Lo sé.

          Y entonces me di cuenta de que, algún día, el dolor que sentía volvería a repetirse cuando esa mano que me tocaba el rostro no lo volviera a hacer jamás.

          —Te quiero mucho, mamá.

          —Lo sé —dijo ella.

          —¿Puedes manejar? —preguntó mi padre mientras peleaba con alguna cosa que intentaba meter en la cajuela.

          —Lo haré yo —replicó Laura. Se lo agradecí con la mirada.

          En el auto, todos quedamos en silencio. Fingimos no ver que papá se quebraba y que las lágrimas acudían a aliviar su pérdida. Mamá le tomó el hombro, de manera similar a como Laura lo había hecho minutos antes conmigo; se recargó en él. Y en silencio llegamos a casa.

Mi abuela me nombró albacea de los bienes que dejaba tras de sí. No hubo documento ni notario. Simplemente se lo dijo a todos aquellos a quienes vio en sus últimos días. Y se respetaron sus deseos. Nos reunimos todos quienes teníamos algún interés en repartirnos el legado. Llegamos a una conclusión: lo que fuera vendible se vendería y del total de ese beneficio todos tendríamos una parte equitativa. También acordamos que de las cosas personales de la abuela aquellos que quisieran conservar algo estaban en libertad de hacerlo. Ropa, alhajas, cuchillería, loza. Se repartió en común acuerdo entre tíos, nietos, gente muy cercana a ella. La casa se vendería y el total se repartiría entre todos. Acordamos el precio. Cuando esto se había hecho, uno de mis primos expresó que a él le gustaría comprarla. Si los demás estábamos de acuerdo. Nadie se opuso y los trámites se realizaron de manera ágil. Las cosas se solucionaron rápido y de manera práctica. Justo como a la abuela le hubiera gustado. Yo pedí conservar las fotografías. Miré cómo se iba a generar una polémica por los retratos. Pero cuando les dije que pensaba escanearlas y darles a cada quien una copia de esas imágenes, nadie objetó mi propuesta.

          Cuando ese ajetreo terminó debí regresar a mi hogar. Laura se había ido unos días antes; el permiso que había conseguido en su empleo no pudo prolongarse más. A bordo del avión sentí un gran alivio, pero también nostalgia. Los pocos días que había pasado en mi tierra me convirtieron en alguien distinto. En un hombre consciente de cosas en las cuales no se había detenido a pensar nunca. La nave se elevó y comenzó su curso. En medio de nubes profundamente blancas. Como copos de algodón que las turbinas deshacían en gotas minúsculas de agua. Ahí arriba, en medio de esas nubes esponjosas, sentí que quizá era el lugar más cercano a donde ahora estaba mi abuela. Sonreí mientras me ponía los audífonos para escuchar música. Miré por la ventanilla. Un  rayo de sol atravesaba la estela de nubes e iluminó el costado del pedazo de metal en el cual volaba. Como si Dios buscara a alguien con una linterna celestial.

Mi padre envió el cempazúchitl por avión. Fue una aventura y un martirio sacarla de la aduana de correos en donde se había depositado como mercancía sospechosa. Tuve que dar todas las explicaciones que se me ocurrieron, repetirlas varias veces a personas distintas que, cada vez, parecían tener capacidad de decisión y no era así. Al final, vino un hombre aproximadamente de la edad de mi padre, miró la caja, me miró por encima de las gafas que tenía sobre el puente de la nariz.

          —¿De dónde viene esto? ¿De México? —preguntó en un español perfecto.

          —Sí, de allá —contesté—. Yo soy mexicano.

          El hombre me miró con simpatía, garabateó una firma en el formulario que traía en las manos y, acto seguido, les indicó a los demás con señas y tono terminante que me permitieran llevarme la caja.

          —Yo también soy de allá —dijo el providencial salvador de las flores—. Feliz Día de Muertos.

          Le agradecí con una inclinación de cabeza y sólo entonces me di cuenta de lo extraño de la fórmula. Feliz Día de Muertos. Sonaba extraño pero cierto. Dice el estereotipo que los mexicanos hacemos fiesta de todo. Hasta de la muerte. Y quizá hay algo de verdad en todo eso.

          Pusimos la ofrenda el día 31 por la tarde. Margarita ayudaba mientras la curiosidad de sus cinco años inquiría por todo.

          —¿Y por qué pusimos flores desde la puerta hasta acá? —preguntaba señalando con sus deditos la ofrenda que acomodábamos Laura y yo.

          —Es un camino. El espíritu de los muertos debe encontrar el camino hasta la casa de las personas que quieren —le respondió su madre.

          —¿Y cómo saben qué casa es? ¿No se pierden nunca?

          —Ellos saben cuál es la casa. Nunca se equivocan. Los guía el sonido del corazón de aquellos que los esperan. Cada corazón suena distinto —le dije. Y me di cuenta de que lo dicho no tenía nada que ver con lo que mi abuela o mi madre me habían contado. Pero no rectifiqué. Me pareció una posibilidad cierta y una buena explicación para una niña.

          —Me gusta a qué huele —la niña respiró profundo. El copal se consumía en un pequeño brasero justo al centro de la mesa que ya resguardaba alimentos, agua, una copa de aguardiente.

          No pudimos conseguir pan de muerto, pero me había dado a la tarea de cocinar varias cosas. Entre ellas tamales. La comida tradicional de estos días. A la abuela le encantaba hacerlos, comerlos y repartirlos. Preparaba una olla enorme de tamales. Yo no preparé una tan grande. Sólo lo justo para presentar como ofrenda.

          El punto final de la instalación fue poner el retrato. Lo había llevado a enmarcar unos días antes, pero no había deshecho el papel con el cual lo habían embalado. Cuando al fin lo vi, la luz de las veladoras se reflejó en el vidrio protector de la fotografía. Entonces la miré. Justo como la quería recordar. Ella miraba a la cámara y sonreía. Su mirada atravesaba el vidrio, el tiempo, el amor. Era una mirada terapéutica, aquella que uno veía cuando ella repetía como mantra ante la exposición de conflictos y traumas: todo va a estar bien, ningún mal dura para siempre.

          —¿Quién es, papá?

          —Es mi abuela. La madre de tu abuelo. Se llamaba como tú.

          —¿Va a venir hoy? ¿Para ella es el camino? Viene de muy lejos, ¿no?

          No contesté. No porque ignorara la respuesta sino, precisamente, porque la sabía.

          —Maggie, ven. Vamos a dormir. Mañana hay que ir a la escuela —Laura me guiña un ojo.

          Margarita se acerca a mí. Me toma la cara con sus dos manos pequeñitas, minúsculas. Me da un beso en la frente. No sé quién le enseñó a hacerlo. Quizá la única abuela que conoce. Quizá Laura.

          —Ya quiero conocer a mi otra abuela. Falta poco para ir a verlos, ¿verdad, papá?

          —Muy poco, mi vida.

          Iremos a ver a los abuelos para las fiestas de fin de año. Unas vacaciones largas. Las dos mujeres de mi vida desaparecen en la puerta de la recámara de la niña. Escucho cómo conversan en murmullos, en cuchicheos, en ese ancestral y raro lenguaje femenino. Enciendo una cerilla y prendo la última veladora dispuesta en la ofrenda. Acerco mi sillón y me dispongo a esperar en vela. Sé que, al menos hoy, no estaré solo.

Édgar Adrián Mora es escritor y profesor universitario. Ha publicado los libros Memoria del polvo, Agua, Raza de víctimas, Continuum. Una novela sobre Héctor Germán Oesterheld, Dos veces en el mismo río y Cerro que arde. Actualmente vive en la Ciudad de México. Publica de manera periódica la columna “El castillo de If” en la revista VozEd (http://vozed.org/category/el-castillo-de-if/).

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