El maratón del taco

por Alfredo Gali

Un poco tímido se acercó a pedir dinero a las personas apelotonadas en la taquería “El Retortijón”, que esa mañana lucía hiladas de globos y arreglos de papel de china. La gente veía con desconfianza su escasa edad y poca limpieza; un albañil sentado en la entrada, con su taco de surtida a medio camino, le señaló con la barbilla un anuncio pegado en la pared. El esmirriado adolescente miró por unos segundos la cartulina rosa fluorescente; estaba a punto de marcharse cuando una señora con cara de cochinita benévola adivinando su aprieto, le descifró casi al oído: < el letrero dice, TACOS GRATIS: Si logra comerse cuarenta y dos tacos, no paga>, para que no quedara duda sobre su buena voluntad, pidió seis tacos; cuando se los dieron tomó uno y le extendió el plato con los restantes.

Con poca elegancia pero gran avidez, el adolescente dio cuenta de sus tacos antes que su convidadora diera la última mordida al suyo, y ya entrado en confianza se pidió otros cinco de maciza. El taquero dudó pues los indigentes nunca pagaban. En ese momento la cara de cochinita, aún con la boca abierta por las dentelladas con que el adolescente arremetió, salió en su defensa: si ninguno de los dos lograba enbuchacarse la cantidad requerida de tacos, ella estaba dispuesta a pagar lo de ambos. Indudablemente esa mandíbula garantizaba. De mala gana el taquero despachó; los dedos de las manos morenas pinzaban arriba, el lugar de donde todo taco desea ser agarrado. Antes de quedar desierto el plato, el adolescente ya ordenaba los siguientes cinco.

Dos de buche y tres de nana

A pesar de que los carteles para el “Maratón del Taco” se pegaron esa misma mañana, pareciera que algunos ayunaron semanas a juzgar por la velocidad con que vaciaban plato tras plato. Pero la prueba estaba en su primera fase y distaba mucho de antojarse fácil. Los taqueros retacaban mañosamente las tortillas de este grupo puntero, aun así, el adolescente apretó el paso: aventajaba ya por diez tacos a su oponente más cercano.

Dos de ojo y tres de lengua

Se abrió paso hasta las cazuelitas de salsa; los conocedores veían en su destreza para manejar el salero y esparcir el cilantro, el toque que distingue a los grandes comensales.
La cochinita se rindió en su taco treinta y dos, pero él estaba a cinco de ganar y se veía bastante fresco. En la octava remesa un señor le ofreció un barrilito de piña, pero la cochinita, ya constituida en su manager, se lo arrebató < ¿acaso está loco, el gas infla el estómago y puede ocasionar que le exploten las tripas?

Una fan simpática y espontanea del adolescente, limpiaba los goterones de sudor que rodaban por su cara enrojecida, esto aportaba cierto glamour a la escena, pero el chile de árbol por un momento también aminoraba el ritmo.

Cuando el dueño le dijo que parase de comer pues ya había ganado, el público protestó. A ese paso se iría a la ruina, nunca imaginó que a alguien le cupiera tanto taco. Pero por otro lado se animaba viendo a toda esa gente nueva llegar a la taquería, aunque la mayoría sólo fueran a presenciar la comilona, algunos incluso se bajaban del micro para babosear como dios manda. Era curioso, pero hasta el metro se quedó varado en la escena del atracón.

En la catorceava tanda la gente abrió paso a un atareado mariachi que al parecer llegaba tarde, pero en un subir y bajar de quijada ya se arrancaban con “Tacos-tumbre a mí”.

Tres de chamorro, uno de tripa y uno de cuerito

El adolescente, ya imbatible, aún se daba el lujo de seleccionar sus tacos, además se estaba revelando como todo un conocedor de la anatomía porcina, pero ya nomás les ponía limón para prevenir los cisticercos, según el consejo erudito de un comensal veterano.

Cuchicheos: los espectadores de primera fila informan a los recién llegados:
<Está permitido hacer dos descansos de diez minutos pero él no ha parado de comer desde hace más de una hora.
<Dicen que todo es parte de un boicot orquestado por la taquería de enfrente para hacer quebrar a ésta.
<Propusimos al dueño que le den una cortesía vitalicia y le erijan un busto.

Nadie vio de dónde salió un personaje de chaleco amarillo que en dos patadas apuntaló cámara y tripié en el lugar de la escena y comenzó a grabar justo en el momento en que el adolescente se abría paso jadeando:
<Creo que se enchiló
<¡Guácala, va a vomitar!
<Te dije que te mantuvieras alejado de los tacos de montalayo- deciale la cochinita mientras le daba vigorosas palmadas en la espalda.

Sólo se trataba de un simple gasecito, pero ya regresa; el público suspira aliviado, otros festejan la ocurrencia mientras le hacen valla
-mira, quien lo viera tan educadito. Y vaya que vuelve con aires renovados, desea saber cuántos tacos le faltan para completar los cien, <diez> le responde la cochinita un tanto preocupada. Al adolescente le gustan los números redondos, no se anda con medias tintas. Hacen señas al taquero con la mano <¿de qué van a ser?>. Se los pasan de mano en mano pues el lugar está hasta las almorranas.
Trata de sentarse pero la cochinita le sugiere mantenerse de pie y moverse lo menos posible.

Esto fue lo último que escuchó bien antes de llevarse la mano derecha con todo y taco a la barriga. Un rictus de dolor se dibujó en su cara; los mariachis callaron… de su mano sin fuerza cayó su plato; dio dos pasos haciendo bizcos y se desplomó arrastrando en su caída el mantel con todo y cazuelitas de salsa. Se quedó inmóvil sobre su costado aderezado de condimentos. Restos del taco noventaicuatro asomaban de su boca entreabierta…
Algunos mascullaban por lo bajo mientras otros sacaban fotos con sus teléfonos celulares. Ni siquiera sabían que todo ese relajo era por el día del taco. Comenzaban a inquietarse pues el adolescente no se movía:

<¡Se murió!> gritó alguien. Creció el rumor y la convicción de que estaba muerto; entonces la cochinita soltó acusadora:

<El taquero lo mató, sabía que no estaba acostumbrado a comer tanto.

De pronto el camarógrafo anuncia por el altavoz:
<¡Miren, se mueve! los muertos estiran la pata, pero éste estira la mano.

<¡No puede ser! > grita la cochinita, interpretando el gesto de los dedos,
pide otros cinco.

 

Alfredo GaliAlfredo Gali nació en el pueblo de san Francisco Culhuacán, Coyoacán; frontera con Iztapalapa, entre maizales de las alguna vez frondosas milpas del sur de la ahora CDMX; herederas del antiguo sistema chinampero de la cuenca, de allí la rústica temática de su trabajo.