Tras la puerta cerrada

por Alonso Marín Ramírez

Sentado en la sala de mi departamento, lucho contra las ganas que acumulé durante la semana. Como cada noche de jueves, espero la señal que me hará salir. Mi oído se aguza mientras aguarda el sonido del piano.

          Cuando llegué a la calle Pimas y vi el edificio ciento veintisiete, de tres pisos y en obra negra, me dije enseguida que no; el lugar era horrible, no pensaba rentar ahí.

          Sin importarme que ya hubiera hecho una cita con el casero, arranqué el coche y, a punto de irme, vi que de la casa de a un lado del edificio salió un hombre y me empezó a hacer señas mientras corría hacia mi auto. Le calculé unos cuarenta o cuarenta y cinco años; era flaco y tenía unos lentes de fondo de botella. Los pelos que salían de su nariz se mezclaban con su bigote. Lo miré, un poco sorprendido y asustado, hasta que me volvió a hacer señas para que bajara la ventanilla.

          ―¿Es usted el señor Esteban? ¿Viene a ver el departamento? ―preguntó.

          Dudé un instante antes de contestar afirmativamente.

          ―¡Baje, por favor! Soy Lucas. Pensé que ya no venía.

          No me quedó de otra más que apearme del auto, mentándole la madre en voz baja.

          Todo cambió cuando don Lucas me mostró el departamento en el tercer piso. Creo que lo había hecho a propósito: darle una apariencia horrible al edificio cuando, en realidad, por dentro lucía bastante bien. Los acabados del apartamento eran de madera, tenía dos cuartos, el baño, un espacio que servía de sala y cocina. Las ventanas de las habitaciones eran grandes, y desde lo alto del sur de la ciudad se veía el valle de México, solo opacado por el esmog. Me preguntó a qué me dedicaba. Le contesté que era abogado recién titulado. Agregué que iba a vivir solo.

          ―Bueno ―me contestó―. La renta es de seis mil.

          Enseguida fuimos a firmar el contrato. La casa de don Lucas era fea y muy desarreglada. Cuando entramos sentí un olor rancio; había una vitrina y otros muebles vetustos. Colgando en las paredes había imágenes de santos y crucifijos. Sobre los muebles vi muchas fotos familiares: don Lucas de vacaciones, en otras con una mujer, y otras tantas con un par de niños bien parecidos. Al fondo de la sala había un piano negro de pared, viejo y empolvado. Quizá notó mi interés por el piano, porque me dijo:

          ―Doy clases todas las tardes. Desde que falleció mi esposa tengo que ver en qué ocuparme.

          Firmamos el contrato y nos despedimos con un apretón de manos. «Vaya con Dios nuestro señor», dijo.

          Me acomodé muy bien en el departamento. Coloqué mi escritorio junto a la gran ventana para poder contemplar la ciudad, y en la noche ver las luces titilantes de los aviones descendiendo. Observaba a la gente entrar en sus casas, los autos estacionarse, las parejas besándose con intensidad y sin preocupación alguna. Siempre tuve curiosidad por ver un asalto, pero aunque adopté la costumbre de acechar por las madrugadas, nunca tuve suerte.

          Fui conociendo al resto de los inquilinos. Enfrente de mi departamento vivía una pareja con su hija. Él, a juzgar por su acento, creo que era colombiano; era negro y gordo y tenía calva la coronilla. Siempre lo veía desaliñado, con una barba crespa y entrecana; la mayor parte de las veces que me lo encontraba le sentía olor a alcohol. La mujer, a quien yo suponía su esposa, era blanca, alta y siempre la veía apurada. Su hija tendría unos ocho o diez años. Con seguridad era hija del colombiano, no sabría decir si de la mujer. La niña era flaca, de piel atezada, cabello negro y ondulado. Tenía unos ojos verdes que era inevitable mirar cuando coincidíamos en las escaleras. Yo sonreía y ella me devolvía un gesto tímido, pero dejándome ver sus grandes y blanquísimos incisivos. No podía evitar pensar cómo era posible que un gordo como aquél tuviera una hija como ella.

          Algunas noches oía a alguien tocar el piano. Al principio se lo atribuí a don Lucas, pero después me di cuenta que el sonido también venía del departamento del negro. Dudé que él fuera un pródigo del piano; prefería imaginarme a su hija tocándolo, pasando sus dedos por las teclas, moviendo sus ojos verdes a través de las partituras. Era claro que al negro no le gustaba el sonido del instrumento, porque en ocasiones lo oía gritar borracho. Después de intercambiar gritos él y la mujer, el piano enmudecía.

          Una noche escuché los ya usuales gritos provenientes del departamento de enfrente. Mi curiosidad rayaba en el chismerío. A pesar de acercarme a mi puerta no alcancé a escuchar con claridad lo que decían. Oía los gritos del colombiano, palabras que no entendí pero que supuse insultos. Distinguí primero la voz de él.

          ―¡Qué vaina contigo! ¿Vas a seguir? ¡Que no te metas en lo que no te interesa!

          ―¡Eres un estúpido! ¡Vives a costa de ella, imbécil! ¿¡Cómo puedes!? ―lloriqueaba la mujer.

          Tengo que aceptar que oír aquellas cosas era entretenido, pero también un tanto incómodo. En el edificio los sonidos parecían amplificarse y era irritante cuando leía. Los gemidos de la señora de al lado cuando se la cogían, el correr de los niños en la azotea, los gritos de la mujer y el colombiano. Yo al menos tenía la decencia de ponerme los audífonos cuando veía mi tipo favorito de porno. Alguna vez pensé en cambiarme, pero solo imaginar la mudanza me desanimó. Además, desde mi ventana el paisaje era envidiable en las tardes de lluvia cuando se pintaba un cielo desangrado. Otras razones para quedarme se me revelaron pronto.

          Una noche mientras leía, escuché ruidos en la calle. Sería como la una y media de la madrugada. Como de costumbre, me asomé tras la cortina. Observé al colombiano salir del edificio y dirigirse a la casa de don Lucas. Por la posición de la ventana no podía ver más. El colombiano permaneció de pie frente a la puerta y al poco rato salió su hija. El negro hizo un par de ademanes, dijo algo y después él y la niña regresaron al edificio de departamentos. Me quedé un rato pensando mientras veía cómo la acera mojada por la llovizna reflejaba la luz amarillenta del alumbrado público. Pasó una patrulla. Después intenté seguir leyendo, pero no pude. Me acosté en la cama, y al poco rato empecé a escuchar el sonido lento de alguna melodía.

          La experiencia me ha vuelto sumamente precavido en situaciones como esta. Lo primero que decidí hacer fue ir a casa de don Lucas. Aproveché una noche con el pretexto de pagarle la renta. Me invitó a pasar diciéndome que no quería que le diera el dinero afuera. Una vez dentro, le recordé que no me dio la copia del contrato.

          ―Ah, claro ―dijo, y empezó a hurgar en unos cajones.

          Aproveché el momento para ver las fotos sobre la vitrina.

          ―¿Sus nietos? ―pregunté.

          ―Eh… ―me dirigió una mirada rápida ― sí.

          Mientras seguía buscando en los cajones, me acerqué al piano e hice sonar unas teclas.

          ―¿Y a cualquier edad se puede aprender a tocar el piano?

          ―Bueno… siempre se puede. Aunque es mejor empezar desde los siete u ocho años.

          ―Me imagino. A esa edad aprenden más rápido, son más maleables.

          Don Lucas dejó de remover dentro del cajón. Había encontrado el contrato.

          ―Claro. Aquí tiene ―y de inmediato me dirigió hacia la puerta.

          Yo hubiera querido preguntarle más cosas, quizá vislumbrar algo más en su mirada, pero sentí que ya era demasiado. Don Lucas hacía bien. Yo hubiera actuado de la misma manera.

          Lo siguiente era lo más difícil, pero decidí tener paciencia. Intenté por diferentes medios encontrarme al negro en la puerta del edificio o en las escaleras, estuve pendiente de cuando saliera de su departamento para salir yo también. Comencé a saludarlo con más frecuencia: pasamos del simple levantar las cejas al hola qué tal, cómo van las cosas. La mayor parte de las veces desprendía un olor penetrante a alcohol, y cuando no lo hacía era porque traía una bolsa con cervezas. Poco a poco fui hablando más con él. Me animó igual el hecho de que hacía tiempo que no escuchaba los gritos de la mujer discutiendo. A pesar de que intenté establecer un patrón a sus salidas después de medianoche, no pude encontrarlo; quizá lo volví a ver un par de veces más hacer lo mismo. En una ocasión coincidimos en la tienda de la esquina y regresamos caminando. Como yo había supuesto, era colombiano; el nombre de su hija era Sandra Milena y él le decía Milena. No quise ahondar más y hablamos de otras cosas banales.

          La oportunidad definitiva la encontré un jueves por la noche al coincidir entrando al edificio. Él estaba medio borracho y aproveché para saludarlo efusivamente. No dejé pasar el momento.

          ―Tengo unas cervezas en mi depa, si quieres las llevo al tuyo y las matamos ―dije.

          Me dirigió una mirada congestionada. Creí haber echado todo a la basura.

          ―Si es que no hay problema con tu esposa ―traté de componer.

          En su rostro negro se dibujó una mueca que interpreté como sonrisa.

          ―No tengo esposa. Vamos.

          Entré rápido a mi departamento y agarré mi cartera y todas las cervezas que tenía en el refrigerador. También tomé el William Lawson’s que estaba casi lleno. Sentí mis manos sudar, pero traté de tranquilizarme.

          El departamento del colombiano tenía una disposición similar al mío, pero el suyo era un tiradero. En el pequeño espacio de la sala tenía acomodada una mesa grande, un armario, varios muebles, un buró, la estufa, el refrigerador. Había cajas por doquier, zapatos regados por el suelo. El olor a orín de gato era penetrante, pero no pude dar con el gato. Una luz tenue iluminaba ese espacio, y otra lámpara se prendía de forma intermitente. Con la mirada busqué a Milena, pero supuse que estaba en el cuarto que tenía la puerta cerrada.

          El colombiano abrió las primeras cervezas y comenzamos a tomar. La plática era superficial. Me habló de cuando vino a México, de la dificultad para conseguir empleo, me dijo que con aquella mujer nada más estuvo tres meses y después ella había decidido irse. De vez en cuando se oía el sonido del piano que venía del cuarto con la puerta cerrada. El negro seguía hablando de otras cosas sin importancia y yo lo escuchaba porque quería que estuviera más borracho, porque era urgente que estuviera más borracho. Entre la conversación los silencios eran profundos e incómodos. Encendió un cigarro y el humo solo volvió aquello más denso. Permanecí atento por si oía algún ruido, unos pasos, una voz sugestiva. El negro tomaba el whisky en las rocas y aunque yo había bebido menos, empecé a desesperarme cuando me sentí mareado y no veía ninguna otra señal de la niña más que el sonido del piano. Un par de cervezas más y ya no pude resistirme.

         ―¿Entonces Milena toca el piano? ―aventuré―. Creo que he visto que va a clases ya muy tarde con don Lucas.

          El colombiano me miró fijamente, sentí que quería traspasarme con aquellos ojos ahogados. Sacó la lengua y se relamió la bemba abultada y negra. Era como si analizara, como si midiera mis verdaderas intenciones, el significado real del comentario que hice. Cuando me pareció que su inspección era más intensa, no quise dejar lugar a dudas. Saqué mi cartera y se la tendí. Tomó el dinero y después de contarlo lo guardó en la bolsa trasera del pantalón. Mi cartera se la metió entre los huevos.

          ―Te la devuelvo después ―dijo.

          Me dio asco pero me encogí de hombros. Mi excitación ya era demasiada.

          El negro abrió la puerta del cuarto y vi a Milena de espaldas, su cabello ondulado le cubría los hombros. Estaba sentada de frente a un piano de pared, tan viejo que parecía a punto de caerse. Encima del piano, la luz vaporosa de una lámpara de escritorio era lo único alumbrando el pequeño cuarto. Por la ventana no se veía la ciudad como desde la mía, sino solo paredes y techos de las casas vecinas. El cielo ya estaba oscuro y la lluvia, que antes era suave, había comenzado a arreciar. Cuando Milena nos escuchó, giró la cabeza, asustada.

          ―¡Milena! Aquí el señor quiere… enséñale…  toca ese piano… ―balbuceó el negro, y después salió sin cerrar la puerta.

          Me senté en la misma silla al lado izquierdo de Milena. Su muslo delgado estuvo en contacto con mi mezclilla. Vi sus dedos largos moverse torpemente sobre las teclas del piano. Quise tranquilizarla, pero no supe cómo. Oí que el colombiano abría una nueva botella de cerveza y eructaba. Poco a poco el sonido del piano comenzó a tener mejor ritmo, sus manos temblaron menos. Con la mirada hacia abajo pude ver el pecho de Milena que se elevaba dulce e incipiente. Le acaricié el dorso de la mano y su piel era tersa. Las venas de su mano derecha eran más prominentes que las de la izquierda. La animé para que siguiera tocando mientras esperaba el momento oportuno. Después de un rato escuché que un vidrio se rompía a mis espaldas. Volteé y vi al colombiano que se ponía de pie, tambaleante; el líquido de la botella que había dejado caer se esparcía por el suelo. Tomó la botella de whisky y caminó hacia el cuarto donde estábamos. Me mantuvo la mirada hasta que su rostro desapareció cuando cerró la puerta. Entonces puse mi mano sobre el hombro de Milena y le ordené que dejara de tocar.

ALONSO MARÍN RAMÍREZ (Mérida, Yucatán, 1988). Es médico cirujano por la UADY y médico psiquiatra por la UNAM y el Hospital Psiquiátrico Fray Bernardino Álvarez. Actualmente se encuentra cursando la subespecialidad en psiquiatría infantil y del adolescente.

          Ha participado en diversos talleres literarios impartidos por Eusebio Ruvalcaba, Carlos Martín Briceño, Agustín Monsreal y José Díaz Cervera. Ganó en tres ocasiones los Juegos Literarios Nacionales Universitarios realizados por la Universidad Autónoma de Yucatán. En el 2014 ganó el Premio Estatal de Cuento corto “El espíritu de la letra”, organizado por el Gobierno del Estado de Yucatán. En el año 2017, su colección de cuentos ¿Cuánto tiempo nos duró? obtuvo Mención Honorífica en el XXXV Premio Nacional de Literatura Joven Salvador Gallardo Dávalos, convocado por el Instituto Cultural de Aguascalientes. Por dos años consecutivos, 2017 y 2018, recibió Mención Honorífica en el Premio Nacional de Cuento Beatriz Espejo. En el año 2019, obtuvo dos premios en el 50º Concurso de la Revista Punto de Partida, de la UNAM: primer lugar con el ensayo “Los extremos desconcertantes. Raymond Carver” y segundo lugar en cuento.

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