Félix Suárez

Entrevista de Porfirio Hernández

El premiado poeta mexiquense traza su arte poética: mi obra “vino casi siempre de la mano de la melancolía” y reivindica la lírica: “la necesitamos para sentirnos menos solos”.

Defiende el conocimiento del oficio y la tradición de la poesía, eso “te permite crear obras más acabadas”.

 

El 27 de octubre de 2017, el poeta mexiquense Félix Suárez, en el Jardín “Cosmovitral”, en Toluca. Archivo personal del poeta

Félix Suárez (Ixtlahuaca, México, 1961) recibió el prestigiado Premio de Literatura “José Fuentes Mares” por También la noche es claridad (Antología personal 1984–2015), su obra poética reunida en un solo tomo, editada por el Fondo Editorial del Estado de México ese mismo año. El libro es la suma literaria de quien tiene en su haber seis libros de poesía (La mordedura del caimán, Peleas, Río subterráneo, En señal del cuerpo, Legiones y El amor incluso) y galardones nacionales de enorme relevancia (por ejemplo, la Presea Estado de México “Sor Juana Inés de la Cruz”, el Premio Nacional de Poesía Joven “Elías Nandino” y el Premio Internacional de Poesía “Jaime Sabines”) por la alta calidad de su obra.

Como suele ocurrir en el medio cultural de la capital del estado más poblado de México, la noticia del Premio “José Fuentes Mares” se trivializó, quizás por la cotidiana presencia de Félix Suárez en ese medio que acaso lea su obra como una costumbre de silencioso conformismo, no obstante que se trata de un reconocimiento a la “maestría en el arte poético” de un autor que prefiere mantenerse alejado de los reflectores de los medios masivos, aun cuando su obra “es un modelo de lo que la poesía lírica exige: emoción propia de quien canta y expresión fiel a los valores humanos”, según se lee en el pergamino de ese galardón nacional, patrocinado 22 veces ya por la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez.

Me acerqué al poeta con la curiosidad de preguntarle cómo asume él ese oficio que lo distingue del resto de los escritores de su generación. Discreto, concentrado en encontrar las palabras exactas para expresar sus ideas, hizo un recorrido interior, desde su primer contacto con la experiencia poética, y cómo fue dándose cuenta de que ese era el camino que quería explorar.

¿Cómo fue tu primera experiencia con la poesía?

No lo sé ya con precisión. Pero tal vez fue similar a la experiencia que casi todos los niños tuvimos en este país, es decir, un tanto desafortunada, porque sin duda debió haber sido a través de las horribles ceremonias escolares con motivo del día de la bandera, el 5 de mayo, el día de la madre, etc… Y sin embargo, no sería justo conmigo mismo ni con el maestro de Español que tuve en primer año de secundaria, si no precisara que más adelante descubrí en los poemas que nos leía, en voz alta, la música que había en ellos y la emoción que un puñado de palabras pueden suscitar en uno. No sabía en realidad cómo ocurría eso, pero intuía que, al repetir en soledad la lectura en voz alta de esos mismos poemas, podía yo revivir también aquella misma emoción, aquella maravilla. Estoy seguro que fue ahí que descubrí, a un mismo tiempo, no sólo el gusto por los poemas, sino también la compañía de los libros.

El libro reúne la obra completa del poeta mexiquense

¿Cómo se vuelve uno poeta?

No lo sé bien. Fui un niño como casi todos los demás de mi pueblo, pero recuerdo ya por entonces tardes sucias de melancolía. Debo decir que viví casi toda mi infancia en casa de mi abuela paterna, una casa antigua de pueblo, ubicada en una esquina, rodeada por cantinas y pulquerías, cuyas sinfonolas empezaban a sonar a eso de las cinco de la tarde y callaban cerca de la media noche. Aún hoy esa música norteña y de mariachi me recuerdan, de algún modo, los gritos, los pleitos en la cuadra y un dolor que no era mío, sino que adivinaba apenas en esas canciones y que venía de las dolencias de amor o de la desesperanza, que el alcohol hacía aflorar en la gente.

Ignoro qué tanto de eso habrá quedado en mí de algún modo, como la resonancia de un pueblo triste, desencantado, donde la vida, como en la canción de José Alfredo Jiménez, “no vale nada…”

No sé tampoco si eso habrá tenido que ver con lo que soy ahora. Lo cierto es que, en mi caso, la poesía vino casi siempre de la mano de la melancolía.

¿Qué atributos debe tener uno para ser un poeta?

Qué buena pregunta, pero no lo sé. Al principio creí que bastaba un poco de sensibilidad y muchas lecturas, pero a lo largo de los años he visto de todo: hombres y mujeres cultísimos y sensibles, cuyos poemas no son precisamente memorables; y otros poetas ―muy buenos, malos o regulares― que nunca pisaron la academia de Letras, ingenieros, médicos, abogados, comunicólogos, etc., o simplemente autodidactas, pero con algo en común que los llevó a la poesía, y ya ahí buscaron la forma de amistarse con ella. No creo, pues, que haya un método que sirva para todos. Lo que sí creo es que el conocimiento del oficio y la tradición ―y eso el poeta lo comparte con cualquier otro profesional o artesano― te permite crear obras más acabadas, en términos de lo que uno busca decir y cómo decirlo.

En 2017, Félix Suárez recibió el Premio Nacional de Poesía “José Fuentes Mares” por su libro «También la noche es claridad» (Antología personal 1984–2015). Foto: Marcapiel

¿Cuándo decidiste escribir poesía en forma de libro?

Bueno, originalmente los poemas (casi canciones), que empecé a escribir por ahí de los 12 años, eran sólo eso, textos aislados, con los que, fallidamente, llegué a participar en los concursos de declamación de la escuela secundaria. Sí, no te rías; afortunadamente, siempre me descalificaban los jurados y nunca pasé de la primera ronda. Por entonces, confieso que sólo me apenaba la ciega confianza de un amigo que creía en mí y se aprendía con total ingenuidad mis “poemas” con los que también participaba en esos concursos. Sobra decirte que él también, por supuesto, corrió siempre la misma suerte que yo en esos eventos.

La idea del libro de poemas vino tiempo después. Tal vez la lectura, a la que por entonces me había ya aficionado, me hizo más consciente no sólo del tipo de textos que quería escribir, sino que borró además de mi interés (casi por completo) la escritura de cuentos que también hacía. Digo que “casi”, porque lo que escribía por entonces era sin saberlo un híbrido, una suerte de fábulas morales con pretensiones poéticas, a imitación de un poeta libanés, muy popular por entonces ―Gibrán Jalil―, y de las fábulas pánicas de Jodorowsky, que había descubierto por esos días. Así que por supuesto quería que todo eso que escribía de manera desconsiderada se convirtiera alguna vez en un libro.

¿Cuándo escribes? ¿Tienes un método, un lugar especial, un lapso del día, condiciones externas para escribir poesía?

Debo decir que siempre he creído que la escritura ―ya no digamos la poesía― requiere de un lugar especial y de condiciones también particulares, así como ocurre con los pintores que necesitan de un espacio que es su taller, con más o menos metros cuadrados, pero su espacio al fin. Todavía no conozco a alguien que escriba un poema medianamente decente en medio del barullo de un café o del ir y venir de una terminal de autobuses o de un aeropuerto.

En mi caso, nunca he tenido un lugar especial para escribir. Mi vida, que ha sido una perpetua mudanza desde muy joven, me hace escribir a veces borradores en la cama, en medio del insomnio, pero también, en alguna que otra tarde, encerrado en mi cuarto (que ha hecho casi siempre las veces de mi estudio), cuando logro escapar de la tiranía del trabajo o de la familia. Tal vez por eso, lo que más hago, por lo general, es corregir y reescribir: una actividad que no requiere necesariamente de largas jornadas ni tampoco de algo parecido a un estudio o una biblioteca personal.

¿Con qué artes te sientes más identificado?

Debo decir que tengo una admiración especial por la música, no sólo porque es el arte que uno puede disfrutar en todo momento y por lo general sin ninguna preparación previa, sino porque la música me ha parecido siempre un milagro: el arte por excelencia. Será porque entiendo muy poco cómo se gesta en el compositor, cómo alguien puede escribirla y después alguien más interpretarla de un tan modo distinto a partir de unos mismos signos. La escritura musical fue siempre para mí un enigma.

¿Ser poeta obliga a seguir un modelo de vida? Es decir, ¿se debe vivir conforme a los principios estéticos que rigen la poesía propia? ¿Ser poeta tiene que ver con la forma en que se vive la vida?

En efecto, Saint-John Perse creía que la poesía debía ser para el poeta una forma de vida, y de vida integral. Casi para nadie, y menos para los poetas, resulta sencillo disociar el oficio de la vida de todos los días. Es cierto que cada vez se encuentra uno por la calle con menos poetas vestidos de poetas, es decir, cada vez uno reconoce menos autores de poesía caracterizando a su personaje. Y sin embargo, eso no quiere decir que esos poetas (que a la vez son oficinistas o maestros o lo que sea) hayan dejado de percibir la vida y la realidad desde la poesía. Ignoro si esto mismo ocurre con el resto de los gremios, pero sí creo que es algo que se da entre los poetas de un modo muy acentuado. Los médicos, por ejemplo, dejan en casa el estetoscopio cuando visitan a los suegros y por fortuna no los acatarran con sus opiniones sobre, digamos, el uso de medicamentos no esteroideos en el tratamiento de la otitis. ¡Qué horror!, ¿te imaginas? Pues un poeta sí lo hace: es capaz de disertar en la sobremesa sobre la importancia de la poesía en el mundo y por si fuera poco, podría terminar por recitarles ahí mismo, a bocajarro, sus más recientes poemas.

Claro que en esto, por supuesto, hay gradaciones (o degradaciones), como todo en la vida, y formas de asumir el “caos”, que de modo natural introduce la poesía en la realidad de todos los días.

¿Qué sonidos te gustan más? No importa: cualquier sonido.

El bosque por supuesto. Sus sonidos ambientales en conjunto. Creo que en lo esencial los humanos somos muy parecidos. Lo digo porque, como casi para todos, los sonidos del bosque o del jardín doméstico son capaces de cambiar nuestro estado de ánimo y conectarnos con nosotros mismos, es decir, con algo que sin duda no entendemos, pero que nos hace sentir parte de algo más vasto y complejo. Creo que era Horacio el que decía, no por nada, que lo único que necesita un hombre para ser feliz son unos pocos libros y un jardín.

 

Si algo te obligara, ¿dejarías de escribir poesía?

Bueno, debo decir que yo he pasado largos periodos sin escribir un solo poema nuevo, entre un libro y otro. Tal vez corrigiendo textos de otro momento o leyendo a otros poetas. Así que sí: siempre es posible vivir sin escribir o sin pintar o sin hacer música. Tal vez sea más difícil para mí, en todo caso, vivir sin leer. Me conmueve, por ello, escuchar a veces que alguien diga que no puede vivir sin escribir. Yo diría que siempre es más sencillo y natural no hacerlo, porque estarás de acuerdo que ese tiempo que dedicamos a escribir es siempre una forma de renuncia a la vida, a los otros. La escritura es, por lo que implica, un acto de completa soledad. Por eso Juan José Arreola decía que a él le había faltado heroísmo. Lo decía, tratando de explicar lo breve de su bibliografía ―aunque lo cierto es que siguió escribiendo hasta el final―. El caso de Alí Chumacero es, tal vez, más elocuente en este sentido, tú lo sabes: él sí tiró el arpa convenidamente, porque creía que había algo profundamente ridículo en continuar escribiendo poemas luego de los 40 años.

Yo no estoy tan seguro de eso. Tal vez por ello he seguido escribiendo y publicando más allá de los cuarenta ―muy poco, como siempre y sin ningún apremio a estas alturas de la vida―.

¿Crees que la poesía es necesaria para vivir?

Diría que sí, a secas, pero intentaría explicar brevemente por qué. Si bien la vida puede ofrecernos cosas más importantes que sentarnos a escribir poemas (a veces muy malos, por cierto), esa misma vida sería muy pobre y monótona sin la presencia de la poesía. Más allá de las formas y los géneros que adquiere para manifestarse, la poesía está ahí para redescubrir e inventar la realidad; para sacudirnos la costumbre de mirar el mundo con los mismos ojos. Y algo más, la necesitamos para sentirnos menos solos, es decir, gracias a la poesía descubrimos que alguien más ha sentido lo mismo que nosotros, y acaso también, ha podido decir en imágenes y en palabras algo que tal vez ni siquiera intuíamos de nosotros mismos. En eso radica tal vez su persistencia y su milagro.

 

Cuatro poemas de Félix Suárez

 

TOCANDO A REBATO

Mi padre empezó

a derrumbarse un día

desde la alta quejumbre

de sus rodillas.

Y era como el anuncio

de una vieja catedral

en llamas,

tocando a rebato,

antes de inclinarse entero,

para besar el polvo.

 

 

LA DÉBIL CALIGRAFÍA

En un descuido apenas,

Goliat devoró la mitad de un libro

que había olvidado en el jardín,

un libro con la insignia y las palabras de mi amigo el poeta.

En lo que aún queda de su débil caligrafía,

leo con mal disimulada pena:

“el viaje…la amistad…poema…abril.”

Y un año que nada dice para mí.

Con esos pocos restos reconstruyo apenas

unos pocos metros de un río,

algunas cuantas piedras de una iglesia en ruinas.

Y nada en realidad.

Todo en las voraces fauces de la pérdida.

 

 

ESTANCIAS

El viento barre un patio desolado.

Rasga la piel

el ruido de las hojas muertas.

Yo estoy ahí, al fondo

―niño aún―

En la jurisdicción del llanto.