Los libros para niños como espacio de libertad

por Ramón Iván Suárez Caamal

La lectura es, ante todo, un ejercicio pleno de libertad…
Juan Domingo Argüelles

Abro un libro y es como si abriera una puerta: entro ¿o salgo?, no lo sé, pues la lectura trastoca virtualmente los límites espacio-temporales que nos anclan al mundo. Entro a la magia y al misterio de las palabras y, de igual forma, salgo al espacio sin límites de la imaginación liberadora.
          Si enunciamos la hipótesis de que los libros son un espacio de libertad, convendría clarificar la distinción entre la libertad del escritor y la del lector, así como las nociones de libro, autor, lector, espacio, creación, escritura; aunque no es éste el lugar ni el momento y sólo me quedo con la elucidación de los conceptos de libro y de libertad.
          Si pensamos que la libertad es una construcción mental, un hacer voluntario –siempre dentro de ciertos límites- tal asunto plantea una serie de disyuntivas en las dos constantes antes mencionadas: leer / escribir.
          El libro es producto de la inteligencia del autor. Lo hace con palabras, con lenguaje. Al crearlo toma en cuenta las limitaciones propias de la lengua. Todo lo que quiera decir estará siempre dentro de las posibilidades de la lengua. Está en libertad de hacer uso de los recursos que otros han aprovechado y de lo que su talento y genio pueden lograr. El libro resulta entonces un libre ejercicio del pensamiento. Contiene los límites de la lengua y los límites que el autor ha dispuesto al contenido y forma al hacerlo. Y lo que ofrece al lector es un objeto preciso, exacto. Son estas precisiones, limitaciones ideadas por el autor, el espacio donde el lector ejercerá sus habilidades y capacidades de pensamiento. Por vasta que sea la obra y por amplia que sea la habilidad del lector para imaginar, siempre lo hará dentro de estos límites: los de la lengua, los dispuestos por el autor y los propios del lector.
           El libro es entonces un espacio producto de un acto de libertad limitada (¿qué libertad no es limitada?) que sólo podrá ejercerse con otro acto de libertad limitada, la del lector. La libertad que experimenta el lector comienza con la elección del libro. Esta libertad de elección también ostenta sus condicionamientos individuales, sociales y culturales. El lector culto, informado y crítico tiene una mayor sensación de libertad que un lector funcional.
          El libro en tanto objeto simple tiene muchos usos prácticos. En cuanto objeto que materializa el pensamiento mediante la representación visual del lenguaje, ofrece una mayor variedad de posibilidades para experimentar una sensación de libertad para imaginar, siguiendo las pautas que el autor ha dispuesto para su obra en cuanto al contenido del objeto libro.
          En sentido estricto, si atendemos a ejemplos de uso del libro como un espacio para la libertad, tendremos más claro su carácter un tanto ilusorio. Por ejemplo, un prisionero en su celda toma un libro de aventuras e imagina espacios amplios, movimientos que no encuentran obstáculos y, si los hubiere, los superará si así lo ha dispuesto el autor. En caso contrario, podrá ejercer su libertad para modificar el argumento y hará que el personaje que es él mismo o, asumiéndose autor, construirá otra historia, pero siempre dentro de los límites que originalmente contiene la obra. Todo esto ha ocurrido en la mente del prisionero. Su libertad sólo ha sido posible virtualmente. Los muros reales de su cárcel siguen ahí. Él no ha salido de prisión. El libro le ha sido útil como espacio para imaginar. No para ejercer la libertad que tanto anhela.
          Un lector de libros científicos desarrolla su libertad de construcción de pensamientos argumentativos, su tesis, sus teorías, sus hipótesis, contrasta, difiere, rehace el pensamiento del autor si lo considera necesario para afirmar su ideas o las del mismo autor con quien coincide. Todo se ha dado en su mente. Ha consumido tiempo en un espacio real que es su cuerpo, propiamente su cerebro, con el que ha imaginado el espacio que le ofrece el texto cuyos límites son muy claros y dispuestos por el autor.
          ¿Todos los libros sirven para experimentar la sensación virtual de libertad? Los literarios son los más obvios para este propósito: el cuento, la poesía, la novela, el drama, entre los de mayor uso. Todo empleo de los bienes culturales tiene su haz y su envés: por una parte, el libro nos aísla del mundo y, sobre todo, del contacto con los otros. ¿Libertad para huir del mundo que agobia y margina? ¿Libertad para aislarnos del mundo que gratifica y aprueba? En el primer caso es un sucedáneo o, mejor aún, un placebo. En el segundo considerando, un complemento que reafirma nuestra relación gratificante con el mundo, al cual se vuelve con mayores bríos para seguir disfrutándolo tal cual es. Y todo se da en la imaginación. En un espacio virtual. En el espacio imaginario del libro. La cultura del libro nos ha llevado a su sacralización. Pero el libro puede ser también un instrumento de control, de ejercicio malsano del poder, de limitación de la libertad. Así, el libro puede usarse para imaginarnos libres o para ser esclavos reales. Depende del autor, del lector y del uso que le demos.
          Un pesimista diría que es inexistente tal espacio de libertad en los libros y que éstos no son sino otra manera de evadirse de la realidad. A esto, opondríamos las palabras de Ermilo Abreu Gómez quien en su novela “Canek” escribe:

—¿Y para qué quieren la libertad si no saben ser libres? La libertad no es gracia que se recibe ni derecho que se conquista. La libertad es un recóndito estadio del espíritu. Cuando se posee, entonces se es libre aunque carezca de libertad. Los hierros y las cárceles no impiden que un hombre sea libre, al contrario: hacen que lo sea más en la entraña de su ser. La libertad de los hombres no es como la libertad de los pájaros, que se satisface en el vaivén de una rama. La libertad del hombre se cumple en su conciencia.

          Caso extremo de confinamiento por voluntad propia, para sentirse libre, es el de la escritora Emily Dickinson, quien primero se aisló en los jardines de su residencia, luego en su casa y por último en su habitación. Y desde allá produjo el más claro ejemplo de una poesía universal sin que conociera su país o el mundo.
          Se ha reflexionado y escrito bastante acerca de los libros como espacio de libertad, esto enfocado mayormente a los lectores. Quiero abundar en tal temática, pero dirigida más al escritor y, en especial, al creador de literatura para el lector infantil. Esta libertad la podemos enfocar en tres aspectos:
          -Libertad para imaginar.
          -Libertad para jugar.
          -Libertad para vivir con humor y alegría.
          Los niños están en un presente perpetuo; ni se angustian por culpas del pasado ni les quita el sueño el porvenir. En una palabra, son libres por naturaleza (salvo los casos extremos en los que la explotación laboral o social les niega su infancia y los nulifica). Son imaginativos, juegan, ríen a la menor oportunidad. Entonces, lo pertinente es acercarles los libros para hacer de la lectura algo cotidiano como escuchar música, salir de paseo, practicar un deporte, es decir, una actividad placentera.
          Cuando los escritores que escriben para los niños hacen uso de la imaginación, regresan a su infancia y a la libertad de ver la realidad y transformarla. Pueden seguir varios caminos: mirar el mundo cotidiano con los ojos de la imaginación y transformarlo, inventar mundos, personajes e historias y asociar las emociones con la imaginación. Pongamos un ejemplo: casi todos los aquí presentes manejan o manejaron alguna vez su bicicleta. ¿Qué recuerdos les trae, qué vivencias, qué experiencias felices, en la mayoría de los casos? Así que –niños o adolescentes- montados en nuestra bicicleta salimos a la aventura. Bien, ya tenemos el tema. ¿Cómo abordarlo, en el caso de la poesía, con imaginación, sensibilidad y humor y, a partir del juego con los significados y con los sonidos? Nuestra bicicleta parece una vaca flaquísima pero alegre. Nuestra imaginación sale con ella a trotar, correr por los caminos:

Hoy comprendí que mi bicicleta es una vaca,
mi bicicleta Mu,
mi bicicleta muge,
la pobre en fierros, digo, en huesos.
Y que tiene dos patas
-corrijo- dos ruedas con las que se va de gira por el mundo.
(Las otras dos las tuvo cuando fue ternera).
Si es una vaca, ¿para qué los estribos
donde los pies apoyo mientras pedaleo?
Perderé los estribos yo, no esta vaca
de cuernos de carnero si no salgo.
Vámonos, vaca.
¿A dónde?
A recorrer la vida.
A mi vaca le puse un claxon en lugar de cencerro
y una luz en su frente copetuda
para que salude a las luciérnagas.
¿Qué comen estas vacas?
Brisa, risa.
Voy en mi bicicleta, digo, en mi vaca, por los cerros;
la cola que no tiene fustiga el aire,
sus ojos antes tristones brillan,
su piel con pintas pinta la sombra de los árboles.
Va caminemos juntos,
va cayendo la tarde,
va casi llegamos,
va, casa de los cielos.
Me regalaron esta vaca de alambre
que dice mu, que dice mu, que dice muy buenos días.
A mi vaca le puse Bicicleta,
duerme en el patio pegada al muro.
Mi vaca mu, mi vaca mu, mi vaca muda con los años,
muda de ropa, no de hablar pues muge largo;
mi vaca mu, mi vaca mu, mi vaca música tiene una parrilla
en donde llevo mis libros de aventuras;
mi vaca mu, mi vaca mu, mi vaca muerde briznas en los versos,
versos en los muérdagos. Mi vaca mu, mi vaca mu,
mi vaca muere por vivir más sin corrales;
mi vaca Mu, mi vaca bicicleta Mu que mucho quiero.

          Así, el escritor busca en su texto imaginar, jugar, sentir y vivir con humor y alegría y ¿no es esto ser libre, la libertad de ser niño y escribir desde el niño que nos habita y observa el mundo con curiosidad y asombro?

Ir a la barra de herramientas