Las aves no vuelan de noche

por Nayely Baltazar

¿Has visto volar a un ave de noche? Yo sí.

Cada noche vigilo la tela que cubre a la oscuridad. La vigilo con cautela porque las aves no vuelan de noche. Eso me dijo mi abuelo antes de morir. Fue lo último que pronunciaron sus labios.

Mi abuelo era ciego. Daba igual dónde lo colocáramos; en una ventana o frente a la pared: sus ojos se quedaban en un punto fijo. 

Casi, tampoco hablaba. Cuando le preguntábamos porque enviaba tantos recuerdos al silencio, siempre contestaba lo mismo:

—Mis recuerdos son de guerra, Ñani Kandushi.— Entonces se limpiaba la baba que se le juntaba en la comisura de los labios y masticaba unas hojas de coca del Perú. Después de un rato se le entumía la boca y la baba corría como un río bravío. Se escurría tanto que decidí comprarle cuatro baberos.

En las noches mi abuelo platicaba entre sueños, por eso yo sabía sus recuerdos, y esa era la razón por la que no obligaba al abuelo a repetirlos. Era como si exorcizara esos recuerdos enlazados con alguien del astral.

Uno de los recuerdos más platicados era el de su niñez, cuando cuidaba las vacas de su abuelo y comía mangos sentado sobre una piedra. Otro, cuando su papá lo llevó por primera vez a una cantina para que La Sandunga le diera su ritual de iniciación al mundo adulto. Sintió asco; miedo de sentir en su boca lo que el describiría como barbas de chivo. Pero últimamente se retuerce y dice: “Adelante. Adelante. El sol me quitará este telar de los ojos”. Es el momento en que sé que debo estar a su lado para ayudarlo a levantar. 

Mamá me explicó que por la ceguera no hay forma de saber si el abuelo está despierto o dormido cuando abre los ojos, pues desde muy chiquillo, él ha sido sonámbulo, por lo que no le hago un solo ruido, solo le ayudo a colocarse frente a la pared. Y comienza con un sonido. Ese típico sonido de una serpiente:

—Tstststststs, tstststststs…

Este es el inicio del recuerdo más contado. Transcurrió en el tiempo en que mataba a cualquier insecto. Se lo comía, y así engañaba un poco al hambre.

Sus insectos preferidos eran los grillos. Asados y con unas gotas de limón recién cortado le sabían a pollo. Crudos; a cordero. Nadie más daba esta descripción del sabor.

Su comandante le dijo:

—Mira Miguel, no te comas a los grillos. Ellos y los caracoles tienen puentes escondidos por los que caminan de día para llevar información de la vida, y por la noche regresan a cantarnos la muerte. A los grillos se les escucha con mayor claridad, pero los caracoles son más peligrosos porque cantan bajito, muy bajito, para que nadie escuche. Por eso se les escurre la baba y dejan una huella a su paso en cualquier lugar.

—Pero mi Coronel, los grillos son mis favoritos. He comido cientos de ellos. Aquí nomás hay eso de comer. Si hubiera caracoles me gustarían, pero rellenos de queso. Fíjese usted que alguna vez los probé en casa de mi madrina cuando yo era un chilpayate.

—¡Miguel, entiende! Esos animales son de mal agüero. Si los sigues comiendo quizá también te conviertan en un emisario de la muerte.

Mi abuelo no hallaba como calmar el hambre cuando ya no había más vacas ni borregos que robar en las rancherías, pues la revolución había acabado con todo. 

Como sus tripas parecían culebras peleándose unas con otras, entonces decidió no seguir el consejo del Coronel y juntaba en una bolsita a cuanto grillo se encontraba. Más tarde vería las consecuencias.

Nunca tuvo sueños premonitorios. No sabía leer el café; mucho menos las cartas, pero fue testigo de la caída de cada miembro de su familia: Tíos, abuelos, sobrinos, hijos, y hasta  nueras y yernos. De los nietos fui el único que quedó para cuidarlo. Todo lo adjudicaba a la ingesta de los grillos durante la guerra.

—Nos ha llegado un rumor de que El Gobierno pasará esta noche por el puente que une estos pueblos. Ese que pasa por aquel río.— Dijo el General elevando la barbilla para señalarlo.

Le tocó a mi abuelo cuidar el puente. Como era comprometido encendió un cigarro para no quedarse dormido, pero las tripas empezaron a entonar su canto. Entonces imaginó un trozo de carne en un plato con salsa de molcajete encima, tortillas calientes en sus manos y un vaso grande derramando el mezcal que a su papá le gustaba tomar. 

Debajo de una hoja amarillenta que estaba cerca de sus pies resecos, escuchó un canto mejor que el de sus tripas. Era un grillo. Lo sabía. Con cuidado hizo sus pies hacia atrás y acercó una de sus orejas para escuchar tal melodía.

Se lo comió de un solo bocado cuando este terminó de juntar sus patitas elevando su canto al camino del misterio.  

La luna alumbraba el puente en un tono plateado. Notó una mancha en el cielo. Una mancha que se acercaba, pero al que no le dio mucha importancia. 

Caminó encima de la tierra, mojada por el sereno de la noche. Se escondió al oír un ruido desconocido. Ya vienen Los del Gobierno, pensó. Corrió para tocar la campana y alertar a sus compañeros. Se detuvo de manera súbita cuando la oscuridad se hizo total. Quedó petrificado. 

—iie, iie, iie…

—¿Qué..?

—iie, iie, iie…

—…

Era un ave. Un ave nocturna. 

iie, iie era su canto. Un cantó terrible. 

Miguel buscó una piedra. No había. Tomó su huarache y lo lanzó con toda su fuerza. El huarache no llegó ni a la mitad. El ave pasó de largo. 

A la mañana siguiente platicó lo ocurrido durante su guardia a todo aquel que se encontraba en el camino. Algunos a raíz de su vivencia también contaban recuerdos  de cosas similares. Otros tantos no le creían nada. Sólo era motivo de burla. 

El que parecía más interesado era el Coronel. Lo escuchó con atención, y después le pidió que fueran a platicar cerca de la cascada. Ahí dónde no había nadie.

Mi abuelo seguía viendo la pared. Seguía sonámbulo. Y siguió:

—¿Has visto volar un ave de noche?— Me preguntó el Coronel.

—Sí, mi coronel.— Me quité el sombrero al responderle.

—Las aves no vuelan de noche.

—Yo sí vi volar a un ave sobre mi cabeza.

—¿Cuánto media?— me dijo mirándome a los ojos, tomándome de los hombros.

—Medía todo mi cuerpo y el suyo. 

El coronel dio un salto hacia atrás. Se tapó la boca y sus ojos se hicieron más grandes por la impresión.

—Miguel, tú no viste un ave. Tú viste mi sueño. Así merito como lo describes lo vi.

Ambos intuyeron la respuesta de aquel misterio: Los grillos. Los malditos grillos.

Mi abuelo desde entonces se volvió supersticioso. Por ello me pedía que lo colocará frente a la pared, y no en la ventana, porque creía que el viento, cuando le acariciaba el cuerpo, traslucía todo aquello que hizo mal, cuando su piel aún no se arrugaba. 

Para sacarlo de su tristeza hice lo que cualquiera hubiera hecho: comí grillos.

Mi vida transcurrió exactamente igual. Nada cambió ni un poco.

—Ñani Kandushi, ven— dijiste, abuelo, poco antes de salir el sol. Yo te preparaba el té. Tu favorito; de manzanilla con guayaba.

Me acerqué a tu cama. Te encontré sentado, posando tus ojos blancos en la pared, y con una voz baja; severa, dijiste:

—¡Has comido grillos!.

—No abuelo, no me gustan.

—¡No te pregunté!.— Azotaste tus manos en el colchón y gritaste: —¡Te lo afirmé!, ¡Haz comido grillos!.

Me limpié la saliva que me salpicaste en la cara. Escondí mi enojo tras la máscara de la sonrisa.

—…tómate tu té, abuelo.

—Ñani kandushi, las aves no vuelan de noche.

Esa fue nuestra última plática. ¿Recordarás eso ahora que estás en el lugar en donde viven los muertos? 

De tu morral saqué una libreta con un dibujo en sombras. Pareciera que utilizaste la tizna de la lumbre de los frijoles. Una sombra que tenía forma humana elevaba la cara al cielo. Era una noche estrellada. Encima, un ente que cubría la luz de lo que parecía una luna y en otra esquina se desdibujaba otra sombra humana. Esta parecía un ente omnipresente, pues miraba aquella escena con ahínco. En letras doradas un mensaje para mí:

“Ñani Kandushi, soñé que viste un ave volar en la noche.”

La vi. Cubrió mi rostro y con un ojo blanco, que contrastaba con su plumaje negro, cantaba estruendosamente: ¡iie, iie, iie! La sombra de aquel animal eclipsó a la luna, tal como me lo contaste, abuelo. Entonces el ave nocturna continuó su camino dejando que una vez más la luna alumbrara mi rostro, con su tono plateado. El ave se  perdió con el aleteo que lo guiaba al cerro de enfrente, ese que protege al horizonte y silenció el canto del emisario de la muerte, de la muerte inminente.  

 

 

NAYELY ROCÍO JIMÉNEZ BALTAZAR. Distrito Federal, 6 de septiembre de 1990. Vive en Ixtapaluca, Estado de México. Estudió la Licenciatura en Educación Física en la escuela Superior de Educación Física. Ha publicado en Bitácora, del Faro de Oriente, (Año IV, Núm. 14), Bulimia de camaleones, (Abril de 2016, Núm. 13) en Cuatro vientos, Antología de cuento, Compilador: Eduardo Cerecedo, Eterno Femenino Ediciones, 2016. Así como en La Jiribilla, Suplemento Cultural del Gráfico de Xalapa. Asistió al Taller de Narrativa en el Faro de Oriente y Asiste al Taller de Poesía que dirige Eduardo Cerecedo en la Facultad de Derecho en UNAM.