A manera de prólogo

por Norma Quintana Padrón

    Ramón Iván Suárez Caamal (Calkiní, Campeche, 1950) comenzó a interesarse por la literatura cuando estudiaba magisterio en la escuela normal de Hecelchakán, y en gran medida su labor posterior en el ámbito de la cultura peninsular ha sido marcada por su incontestable vocación pedagógica. En sus inicios hizo lo que la mayoría de los escritores consagrados aconsejan  a los  poetas en ciernes: estudiar la poesía de la lengua, aprender y dominar sus formas tradicionales. Interminables sesiones de ejercicios con los metros, las estrofas y los tipos de composición de la poesía lírica en nuestro idioma le proporcionaron no sólo destreza  en el manejo de ciertos recursos formales sino  también un conocimiento que más tarde le ha sido muy útil en su tarea de sensibilizar a niños y adolescentes ante el hecho poético.

    El intercambio de experiencias y las reuniones con amigos y compañeros de estudio, igualmente interesados en la creación, para analizar textos y comprender los mecanismos de los recursos verbales dio lugar al surgimiento de un equipo con inquietudes muy concretas -el grupo “Génali”, de Calkiní- y a un fenómeno sin antecedentes en la península: la aparición de talleres literarios en áreas rurales con un sistema basado en la aplicación de ejercicios y juegos didácticos para estimular la creatividad y enseñar los resortes de la escritura literaria a los chicos. A este experimento se debe la existencia  en Bacalar desde hace más de una década del taller literario Sian Kaan, un colectivo de niños y adolescentes que ha demostrado la eficacia de la iniciativa de los campechanos y del cual han salido algunas de las voces poéticas jóvenes más prometedoras de Quintana Roo.  

     Frutos de aquellos primeros y laboriosos intentos aparecieron en publicaciones locales como la revista Rutas Futuras, en la Gaceta de Calkiní y en algunos suplementos culturales que circulaban en Yucatán. Los primeros libros no se hicieron esperar: Pavesas (1979), Memorial de sueños (1981), Poemas para los pequeños (1983), La fauna de Platón y otros poemas (1984), Bajo el signo del árbol (1986), En el insomnio escribo (1987), Vivir cerca del mundo (1988). En dicha secuencia es fácil observar las escalas de un proceso a través del cual va del cultivo de la poesía   tradicional a la aprehensión de recursos verbales propios de las corrientes que dieron el viraje dramático a la forma poética en los tres primeros decenios del siglo XX.

    Las lecturas realizadas durante esos años influyeron mucho en esta evolución: Neruda, Guillén, los poetas españoles de la Generación del 27; luego Paz, Sabines, Huerta y, sobre todo, Vallejo, a quien Ramón Iván parece haber accedido de manera algo tardía, además de sus acercamientos a la poesía oriental cuyas formas breves y sintéticas – el haikú, la tanka- ha cultivado con verdadero acierto y le han servido como vehículo idóneo para expresar ciertos contenidos.  

       No fue éste un cambio radical sino un camino lleno de tropiezos, como todo aprendizaje, por ello en sus primeros volúmenes, y aun en los publicados durante la segunda mitad de los ochenta, vemos convivir diferentes -a veces hasta opuestos- códigos expresivos: de un lado el poema solemne, extenso, de gran aliento, hecho como para ser leído en voz alta o declamado, con versos de métrica irregular donde predomina el versículo, cuya extensión y gravedad lo hacen idóneo para los grandes temas de sabor épico; y de otro lado el texto breve, a veces concentrado, que intenta apresar el paisaje, los sucesos cotidianos, los objetos, el recuerdo de la infancia, la vida familiar, el vivir de los seres humanos sencillos y laboriosos, construido con imágenes diáfanas en un lenguaje terso cuyo tono es conversacional, no de coloquio, donde la emoción no se prodiga en elocuencias de tribuna; antes bien, nos llega comedida y honda como dolor oculto que intuimos y es por ello más conmovedor. 

    Esto es muy notorio en Bajo el signo del árbol, donde hay secciones completas de poemas construidos según las formas tradicionales, como la colección de sonetos del apartado Breve elogio de la fauna, y numerosos textos dispersos de ese mismo estilo –dentro de los cuales se destaca, por cierto, “Noche de luna en el Mayab”; un exquisito y personal eco, de la más pura estirpe modernista, del famoso nocturno de José Asunción Silva-  que se mezclan con textos breves, ligeros, de corte moderno, lenguaje conversacional e imágenes al estilo de la vanguardia:

 

                                        Llora el carrillo del brocal;

                                        le falta aceite.

                                        Dentro del pozo

                                        se pudrió una naranja al mediodía,

                                        una peineta

                                        se hunde en las canas del sosquil.

                                        Hábil músico con el “rascabuche”,

                                        un perro rasca sus costillas.

                                        (8 de “Bocetos”, sección Paisajes, de Bajo el signo…)

 

y con  los ya aludidos poemas extensos en verso libre,  de fraseo irregular, solemnes, declamatorios, como “Kohunlich”, “Códices, templos, destrucciones” y el propio texto que da título al volumen.

   La huella del Vallejo de Los heraldos negros, más sentimental que formal, es visible aquí en un texto como “Menú del día”, cuya  atmósfera evocadora y doliente anticipa al que años más tarde será su libro más íntimo: Casa distante (1996):

 

                                  (…)    Mi madre, con solemne gesto,

                                       después del largo ayuno y la vigilia,

                                       hurgaba en el tesoro de algún cesto

                                       y echaba aquellas hostias consagradas

                                       por el hambre de la familia,

                                       en el frijol, despedazadas.

                                        (“Menú del día”)

 

   Los libros publicados hasta 1988 son el reflejo de esas búsquedas, reúnen textos escritos al calor de aprendizajes, de influencias sucesivas, de estados de ánimo diversos; sus temas de entonces son la historia, el gran pasado maya,  el paisaje, la naturaleza como imagen de un orden universal o como ser viviente y sufriente, la  relación del hombre con el entorno natural, el poder destructivo de la civilización, los recuerdos de la infancia, la familia, la cotidianeidad, la  propia creación literaria y el amor. En ellos no es extraño encontrar el tono de denuncia y una cierta voluntad de servicio, características asociadas a la poesía de corte social.  

   Sobresalen en este conjunto de libros iniciales En el insomnio escribo, mención honorífica  en los IV Juegos Florales Nacionales Universitarios y Vivir cerca del mundo, publicado en 1988; el primero por su fino erotismo, matizado a ratos por un cierto aire melancólico, donde lo carnal se ofrece con la naturalidad de quien va al encuentro del cuerpo amado despojado de prejuicios, miedos atávicos o complicadas cavilaciones filosóficas. Ni las ausencias ni los desencuentros, testimoniados con un dolor sin excesos, le arrebatan a estos poemas la transparencia que emana de su comprensión serena y sencilla del amor, ni la dulzura con que la amada es al mismo tiempo objeto de deseo, de contemplación casi  mística, y compañera cotidiana:

 

                 Tienen tus manos,

                 mientras duermes,

                 la forma y la tersura de la concha marina,

                 labios cerrados

                 por la caricia de la perla.

                      (“De las aguas del mar”)

         

            (…)Somos la miga que rodó sin prisa

                  y la conversación de sobremesa.

                  Somos el ruido de los platos sucios

                   y el que a veces se rompe.

                   Somos todos los días,

                   somos…

                       (“Somos todos los días”)

 

   Vivir cerca del mundo, por su parte, compendia los motivos, preocupaciones y temas más persistentes  en ese momento y se abre al mismo tiempo a otros nuevos e inquietantes como el de la realidad ineludible de la muerte o el del misterio perturbador de los sueños:

 

                      (…)En este mundo oscuro el mar golpea las puertas del 

                                                                                                   paisaje,

                            el obsesivo enjambre de las formas y el deseo;

                            viejos marinos arponean la luna,

                            beben en copas de jade y plata el vino amargo 

                                                                               de sus vidas,

                            cruzan palabras, rasantes peces en elipse;

                            el sueño las escribirá en las impolutas sábanas:

                            humedad, herrumbre, niebla, manchas de plancton

                                                                                               luminoso,

                            cuerpos que flotan, huesos de todos los naufragios 

                                                                                                   el poema.

                                   (“La noche, el sueño”)

 

   En él hay textos evocadores de transparente belleza, como los de la sección Presencia de la noche, que recuperan el candor y el asombro de la mirada infantil:

                            

                            Estamos en abril,

                            la primavera crece en mis manos

                            un temblor de savia,

                            y en mis ojos, la lluvia, algunos sueños.

                            Todo ha de ser posible en estos días

                            cuando soy niño nuevamente

                            y guardo en mis bolsillos ranas y quimeras.

                             Esta estación me gusta,

                             aquí me bajo.

                             Desde el andén contemplo que descargan

                             racimos de pájaros,

                             bandadas de frutas,

                             estrofas de flores

                             y ramos de versos

                             que pregonan a gritos su mercadería.

                             Después se marcha el tren

                             mientras sacude su pañuelo y estornuda.

                             Y yo, pequeñito, le digo adiós,

                             río, corro, bailo.

                             Estamos en abril, ya pronto llueve.

                                 (“Estamos en abril”)

 

y poemas que apresan los fenómenos de la naturaleza, el paisaje, los instantes, las sensaciones y nos muestran una sensibilidad atenta, comprensiva, solidaria, capaz de entregar desnuda su emoción ante el espectáculo del mundo, compartirla y darse en una comunión con el universo de fulguraciones  a ratos paganas y a ratos místicas:

                             Hay el insomnio vacío de estar atado al mástil

                                      como Ulises

                             y la vigilia fértil de quien en noche extraña

                             entiende la canción del viento y sabe       

                             que las constelaciones son minúsculas arenas

                             de las playas que Dios inunda con sus peces.

                                       (“Las claves del enigma”)

 

   Es, como su título anuncia, un vivir cerca del mundo participando de él como testigo excepcional, cantándolo en una poesía que es a la vez testimonio y celebración.

    Formalmente, estos libros se hallan ya más próximos a su  obra posterior: aunque persiste cierta discursividad, sobre todo en poemas de desarrollo más o menos amplio donde el hablante lírico aparece, de uno u otro modo, como protagonista –presente o pasado-, observador o comentarista de determinado hecho o situación. Desaparecen los grandes poemas enfáticos, con largas tiradas descriptivas en un verso por lo regular extenso y ciertamente libre, pero con un ritmo que evoca y nos remite a composiciones tradicionales de corte heroico o celebratorio como la oda, el himno y aun a cierto tipo de elegías. El poema se abrevia y gana en poder sugestivo, la imagen atrapa  lo esencial del hecho poetizado, los desarrollos extensos ceden su lugar a la síntesis, el lenguaje busca la sencillez sin empobrecerse, el tono declamatorio desaparece y el texto adquiere una cualidad dialogante, como de plática serena, a veces íntima, sin efusiones sentimentales.

      Al finalizar la década de 1980-1990 se opera en Suárez Caamal un proceso de exigencia y crecimiento intelectual vinculado a las lecturas y a sus contactos con la teoría literaria. De esto último da fe su preocupación por estructurar los libros a manera de sistema, de concebirlos como un todo a partir de una idea central, o bien de ir haciéndolos crecer en torno a cierta atmósfera subjetiva; Cuando te llamo selva (1989), volumen de poemas eróticos, inicia esta etapa  de madurez.

   Ahora, algunos temas que lo inquietan comienzan a centrar su obra y la aparición de éstos en los libros subsiguientes: Pulir el jade (1992) -premio nacional de poesía Jaime Sabines 1991-, Pejeluna (1996), Casa distante (1996) y Otros mundos, otros sueños y otra vez otros mundos (1996) influye sobre el modo de estructurar los volúmenes y sobre los procedimientos expresivos que han de configurar sus textos. Estas inquietudes son, a grandes rasgos: la naturaleza de la creación literaria, los vínculos del hombre con el universo – su gran y más importante tema-, el poder unitivo de la contradicción, la poesía como puerta de acceso a mundos alternativos y el papel de la memoria en el hallazgo de la identidad.

    La idea de armar sus libros a partir de un núcleo temático lo llevó a publicar también, como cuadernos independientes, Criatura inanimada (1995) -incorporado más tarde como última sección  (Apariencias) de Pejeluna– y Aprendizajes en la luz (1996), dos de cuyos poemas fueron incluidos como cuarta sección de Pejeluna  también en 1996, un año particularmente fecundo para el poeta.

    El primero de estos temas es una constante en su obra y se refiere al dolor de la escritura; la difícil, a veces desesperante, cacería de las palabras, del término preciso para expresar las visiones, aquello tan inasible que al poeta se le revela en instantes  privilegiados, a la palabra como pálido reflejo de esa revelación.

   Esta batalla es revivida una y otra vez ya mediante el uso de símbolos, ya a partir de desarrollos alegóricos. El empleo de formas poéticas de origen oriental como el haikú y la tanka en casi todos sus libros desde los años 80 es el resultado de estas inquietudes; sus estructuras breves, su síntesis y concentración características, la agudeza, la capacidad de observación para captar el detalle y dibujar un cuadro que a la vez sea pincelada y estado de ánimo, soplo espiritual, contemplación filosófica, son idóneas para encarnar los complejos procesos en virtud de los cuales el escritor encuentra en su observación de los pequeños y grandes milagros del mundo circundante los elementos para nutrir su arsenal metafórico y simbólico, las armas para atrapar el instante y perpetuar en imágenes lo perecedero, pues requieren una singular habilidad en la observación ya que en cierto modo el encanto de estas estructuras radica en el hecho de poder crear en ellas otra realidad a partir de un ejercicio contemplativo:  

                                            Naufraga el cielo:

                                            barcos a la deriva

                                            negros paraguas.

                                       (Haikú #5, en Pulir el jade)

                                             …………………………..

                                             Lirio del lago,

                                            ¿es real esa libélula      

                                            que vi en tus ojos?

                                         (Haikú #12, en Pulir…)

                                        

                                          ………………………………

                                                                           

                                            Una campana

                                            a mitad del silencio;

                                            luego, el silencio

                                            Yo, qué puedo añadir

                                            sino estas líneas muertas.

                                        («Tankas «#12, en Pulir el jade)

                                         

     El libro que quizás refleje mejor estas recurrencias temáticas es Pulir el jade, su propio título se refiere al acto creativo y es ese el eje central de todo el volumen. A este núcleo se llega a través de acercamientos disímiles pero lo esencial, el hilo que une sus seis secciones, podría resumirse en una pregunta: cómo se apodera el poeta de la realidad para re-crearla, hacerla nacer de nuevo en un poema, que es un objeto hecho con palabras, una realidad sustituta?

  Existe en nuestro autor una conciencia desvelada, alerta, tensa, acerca del vínculo del poeta con el mundo entorno, que es de donde éste obtiene los referentes para edificar un mundo paralelo hecho de materia verbal. Ese material primario de la creación poética: la palabra, siempre escurridiza, la mayor parte del tiempo insuficiente, causa una cierta impotencia del creador frente al hecho de no poder reproducir con exactitud las visiones develadas por el chispazo que dispara el mecanismo de la escritura. La poesía se presenta entonces como un dado, objeto cerrado, blanco y luminoso en su apariencia externa pero oscuro en su interior, que no rinde nunca del todo su misterio y sólo permite ver a través de relámpagos, breves instantes de extraña lucidez en los cuales al poeta le es permitido penetrar en el envés de la realidad, en lo invisible, la verdad de lo poético.

 

                               El dado por dentro 

                               es una casa oscura

                               y así paga el albor

                              que el azar le regala

                              en sus muros exteriores

                              cuarto sin puertas ni ventanas

                              que pierde los cimientos

                              mientras da vueltas mi cabeza

                              y le apuesto a la vida

                              este puñado de palabras.

                              («Arte poética»)

 

   La naturaleza de la poesía, del arte en general, es una naturaleza creada y todo cuanto es poetizado o convertido en imagen artística participa de esta cualidad; es el mundo exterior, lo contingente, refractado en el prisma del idioma, de la tradición, de la cultura; y las vivencias, el conocimiento y la sensibilidad del artista (en este caso el escritor) son el vehículo, sustento intelectual y emocional en ese proceso. Por ello, en la poesía de Ramón Iván el creador como sujeto lírico está presente y explícito casi siempre, su tarea, su lidia con el lenguaje esquivo; la desazón ante la hoja en blanco, ante el silencio, ante la nada; pero también el  júbilo del hallazgo, pues el poeta no puede sustraerse a una vocación que es  a la vez su gran prueba y su modo de estar sobre la tierra.

   El texto de Pulir el jade donde se observa de manera muy especial cuanto se ha señalado es Del afluente, última sección del libro cuya coherencia interna hace pensar en un extenso poema único compuesto por treinta y seis partes.

     Del afluente parte de un estímulo material concreto: el Río Hondo, pero no es un poema descriptivo común, pictórico o paisajista, por decirlo de algún modo. En todo caso su descripción sui géneris esta filtrada a través de la subjetividad y ha adquirido cualidades muy notables.

   El lector se halla ante un resumen de aquellas obsesiones en un poema donde el objeto o referente en torno al cual se arma el discurso se ha desdoblado en dos planos: de un lado el río verdadero, y de otro un río subjetivo, surgido de la imagen, creado a partir de la contemplación, devenido su reflejo artístico. Mientras avanza el poema, la corriente de ese río verdadero y cuanto le rodea comienzan a ser una alegoría de la intelección que del paisaje hace el observador, hablante lírico en plena conciencia de esta interpenetración de planos:

 

                       lejos del río 

                       le canto al otro

                      que corre entre voz y pensamiento

 

                      de tan sutil existe

                      es todo aroma

                      su silencio suena

                      arrastra mis palabras(…)

   …………………………………………………………….

                     alguien escribe

                      

                     éste es un río

                     una hoja mide su curso

                     el silencio la arrastra

 

                     esta hoja es un río

                     el silencio mide su curso

                     lo arrastra

 

                     alguien escribe

 

    De pronto ya no sabemos cuál  describe ni a cuál se refiere, si al verdadero o al río metafórico que  representa el proceso de recreación del río fenoménico y real. Al final uno y otro no son sino la metáfora cambiante de un discurso espiritual. El autor va al encuentro de su propio río interior:

 

                      mantén los ojos abiertos bajo el agua

                      que las presencias invisibles saben fingir en los espejos

                      ellas ponen una sonrisa donde los lirios hunden el tallo

                      y su sexo humedecen con los todos los deseos del légamo

                      como los peces azorados por la muerte

                      o la luna que deja sus vestidos a la orilla

                      moja sus pies de mármol delicado

                      mantén los ojos en su sitio

                      déjate llevar por las visiones

                      hasta donde el límite de tus fuerzas lucha

                       un niño guarda

                       en la botellita que sus manos sostienen

                       el mismo río

                       que abre sus ojos asustados

                 ………………………………………………….

                      la vida dibuja su testimonio

                      en la pulida superficie de las palabras

 

                      lees lo que busca el sauce

                      y qué oyes sino huecas sílabas

                      y qué ves sino la imagen ciega

 

                      aceptemos la verdad que fragmenta en máscaras 

                      nuestra unigénita persona

 

                      un minuto de silencio por este río que nos mira.

 

En Pejeluna encontramos reunidos otros dos de los temas claves en la poesía más reciente de Suárez Caamal: el de la relación del hombre con el universo y el de la contradicción como lazo entre lo aparencial o fenoménico y la esencia de las cosas.

    En cuanto al primero de ellos es preciso señalar que ya de uno u otro modo se venía manifestando en sus libros bajo diversas apariencias: sus extensos poemas dedicados a la naturaleza, los textos escritos para celebrar la fauna peninsular, los alegatos en contra de la civilización y su poder destructivo. En realidad, se toca en la mayoría de sus cuadernos por ser la principal y más persistente preocupación del poeta y porque, de tan abarcador y universal, contiene a todos los restantes.

    Viéndolo desde esta perspectiva, podrían definirse  tres direcciones o líneas temáticas en su poesía: la relación del hombre con el entorno natural, con los otros hombres y con la cultura, y  dentro de esta última pueden distinguirse, a su vez, otros tres asuntos tributarios: los vínculos con la cultura material -los objetos-, los vínculos con los frutos de la espiritualidad humana -el arte, la literatura, los mitos, la religión…- y, finalmente, con el propio trabajo del escritor, ya vimos de qué manera particular se expresa ello en Pulir el jade.  Hecha esta precisión, se comprende la coherencia de su universo poético y se explica la certeza de continuidad sentida por el lector al contacto con sus entregas sucesivas.

    Existe a veces una muy sutil ironía al colocar al hombre en su relación con el mundo. El sujeto lírico  puede no ser identificado como «los otros» o «el otro» sino más bien como una proyección literaria del yo, que a partir de la búsqueda en los procesos mentales y emocionales, en los abismos   y en las cimas de la psiquis, trata de encontrar, comprender y reflejar al ser humano genérico. Ello a veces implica desgarramiento, sorpresa, intensos momentos reflexivos; e, incluso, sacar a relucir las miserias, el lado oscuro, convocar a los malos duendes y… a veces a algún demonio:

                      Con la daga

                      toco la carne de mi ángel enfermo

                      hago una incisión en sus muñecas

                      para que el alma

                      (si acaso  los ángeles la tienen)

                      se desangre.(…)

                      

                (…)el ángel me suplica

                      se muerde los labios

                      a los que pronto he de llegar

                      el filo roza el pubis

                      hiere el ambiguo sexo

                      no sé si grita o goza

                      lo vacía

                     (cada centímetro de piel

                      es un bosque de eucaliptus

 

                      cada lágrima un océano

                      cada gota de sudor una Andrómeda

                           cercana)

 

                      los ojos     faltan los ojos

 

                     allí queden

                     para que el ángel mire a su verdugo

                     para que el par de escarabajos giman

                           en su órbita.

                   («Oscuras bestias», en Pejeluna)

 

      Aquí, hasta la disposición de los versos, el fluir separado y lento de la idea en la estrofa, los espacios en blanco -silencios de la página escrita- sugieren la perversa  actitud de quien demora la tortura para disfrutar sus resultados.

   Incluido en la sección Sala de los espejos de Pejeluna, es éste uno de los textos más inquietantes de Ramón Iván y pertenece a un libro publicado en Toluca de forma independiente con el título de Aprendizajes en la luz en  la colecciónLa hoja Murmurante” de la Editorial La Tinta del Alcatraz. En este cuaderno, la percepción de un fenómeno físico que nos revela a través del sentido de la vista el aspecto exterior de las cosas, la experiencia sensorial de la luz y sus derivaciones poéticas, son el pretexto para explorar en los laberintos del subconsciente  humano el eterno dilema del bien y el mal. 

   Estas cavilaciones, por otra parte, se hallan asociadas en su poesía con la conciencia de la contradicción, en sentido hegeliano esencia íntima de la dialéctica, del movimiento del universo, vínculo que mantiene relacionados a todos los fenómenos. Nuestro autor explora así, y un buen ejemplo de ello es Pejeluna, las diversas maneras de manifestarse una relación que en el fondo es el lazo de unidad de los contrarios que se presuponen mutuamente y no pueden existir el uno sin el otro: bien / mal, luz / sombra, apariencia / esencia, materia / conciencia, locura / cordura  y, en el ámbito lingüístico, significado y significante.

   También indaga en las relaciones entre lo objetivo y lo subjetivo; a saber, cómo la aprehensión poética del mundo, el conocimiento poético, puede diluir las barreras convencionales entre lo material, físico, objetivo y lo espiritual, imaginal, subjetivo:

                     

                  El árbol que se copia en el estanque

                  suelta cardúmenes;

                  cuál es más real,

                  si los dos tientan

                  el invisible aliento de las cosas.

                  Uno crece mar arriba,

                  el otro fluye río abajo;

                  aquél me da sus aves,

                  de éste morderé los frutos.

 

                 Acaso estas líneas crezcan

                 en opuestas direcciones

-la del cuerpo, la del alma-

temblor de agallas

río abajo,

                  mar arriba.

 

   El poeta percibe que dos realidades al parecer antagónicas se entrecruzan y tienden puentes secretos entre sí, que la apariencia es engañosa. Los contrarios son uno, caras de una misma moneda, y todo cuanto existe es en la medida en que está cambiando: el universo, uno y múltiple, es el fruto del movimiento de la razón universal:

 

                Los árboles, el río,

                aun los animales

                y las piedras son cosas

                únicas que el Logos

                puso en todas partes.

                así que mueble, terracota,

                ardilla o pejeluna

                tienen el mismo origen           

                y vibran con ligeras

                variaciones y peso.

               Por fuera se conforman,

               al interior se aniquilan.

               Son igual a la moneda

               que da vuelta en el aire;

               una cara, la otra.

        

               Viéndolas tan quietas 

               o cambiantes, nadie

               se imaginaría nunca

               su mudanza. Perdieron

               las raíces en el último

               traspaso. Su sombra

               constituye la prueba

               de que provienen del mismo

               mortero donde Dios y el diablo

               trituran la apariencia.

                    («Apariencias 1»)

 

  Así descubre el problema implícito en las definiciones, cómo el mundo es nombrado según los convencionalismos del idioma, encerrado en los nombres, que son arbitrarios. La relación convencional entre objeto y signo coloca al poeta en una suerte de prisión, por ello es necesario revertir el proceso, inaugurar una nueva manera de nombrar que tenga en cuenta la naturaleza cambiante de los fenómenos, su oculta e inasible esencia que sólo se manifiesta a través de la iluminación especial del conocimiento poético. El poeta sería entonces el Creador en un mundo re-hecho dentro de la más absoluta libertad:

 

         Las cosas viven por la mano

         y por ello son sílaba o piedra.

         Pero la mano vive, no de su espejo,

         sino del mundo rendido por las cosas

         donde se refleja a imagen de sí misma.

         Faltaría el pecado para que se multipliquen

         fuera del paraíso de sus nombres,

         aun las que viven en misantropía.

 

        Mucho le muerde mi bautizo;

         es torpe agregar otros cerrojos

        a su inerme condición. Libres de las sílabas

            impuestas

       diríamos flor al abanico de sándalo;

       a la luna llamaríamos torcaza; a su marfil

       polvo de mariposas; a la puerta, hermana

           del misterio…

 

       Estas ideas han sido desplegadas en la sección Apariencias de Pejeluna, conjunto de textos ya publicado en 1995 como cuaderno independiente con el título de Criatura inanimada. Se trata, en definitiva, de indagar nuevamente en la manera de relacionarse el hombre con su entorno, de cómo nombrar y definir cuanto nos rodea pueden llegar a ser gestos vacíos y estériles si los erigimos en dogma. También es de alguna manera un acto de desagravio por la forma en que el ser humano ha ido enajenando y deshumanizando su relación con los objetos, despojándola de poesía:

 

                    Y si hiciéramos objetos inútiles

                    cuyo único sentido fuese existir sin ningún

                         sentido

                    greguerías rampantes cuyo blasón

                        sea lo superfluo

                    

                    sombrillas para los que se arrojan desde

                           el piso 13

                    marcapasos para las estatuas

                    silla de ruedas para una flor ajada

 

                    y si de pronto hiciéramos cosas

                    con qué tomar al mundo por asalto(…)

 

    Desde el punto de vista configurativo,  todas estas inquietudes se materializan en los continuos juegos de sentido dentro del texto, un discurso donde el hablante lírico, en trance de extrema lucidez, desdibuja conscientemente las fronteras entre la realidad, la imagen poética de esa misma realidad y el propio acto de la escritura. Se trata también de mostrar el poder de evocación de los vocablos por su cualidad sonora, su valor en tanto sonido, y cómo ese sonido puede remitir a sensaciones sin oprimir a la materia verbal en los rígidos límites impuestos por la convención semántica a las palabras en su función primaria, denotativa; de ahí el frecuente empleo de la sinestesia y de imágenes que de alguna manera subvierten el orden de las percepciones:

 

             La poesía no lleva al silencio

             noria noria noria                                              

             fluye la canción del agua                                    

             hay un patio interior con arquerías

             un aljibe perfumado por la luna

 

             del cántaro a la jícara

             breve pausa

             no silencio

             gusta estas voces paladea

             su aroma  tira su red a las imágenes

             que cruzan a la sombra de estas paredes

 

             en el fondo duerme una tortuga

                         («Vida y palabra 5»)

 

    Casa distante,  también de 1996, es un cuaderno donde la memoria desempeña el papel central. Viaje al pasado en busca de las vivencias infantiles, de una historia que fue quedando fragmentada y dispersa y que nuestro autor logra traer al conjuro de sus recuerdos, a veces dolorosos; es también, en cierto modo, un acto de purificación.

     Suárez Caamal muestra la magia de la vida en la casa familiar por donde rondan los fantasmas del pasado y, para descubrir lo maravilloso detrás de lo cotidiano, ha tenido que observar con la pureza que da la visión infantil. El autor vuelve a