Primo Mendoza Hernández. Territorios personales.

Por Alba Laura Bojórquez

Primo Mendoza Hernández es un un homo tepitecus por adopción, y un nezahualcoyense de pura cepa. De esos dos ombligos chovinistas es de donde saldrán personajes trabajados con pinceladas de trazos finos y sin prisa. Con la gama justa de imágenes que emergen de la vida marginal, y con el sonido de un lenguaje cocido en el barrio, porque las costuras invisibles en su obra son las que permiten que sus cuentos y crónicas se escuchen al leerse.

          Estudia Sociología en la Facultad de Sociología de La UNAM, pero escribir es lo suyo; aunque hasta el momento no le quede lo suficientemente claro al mismo Primo Mendoza. Después de crecer en el área de Nativitas de la ahora, CDMX, y de caminar los territorios de Ciudad Universitaria, intenta lo de la familia y todo eso. ¿Y a dónde lo envía el destino para tan legítimos deseos? No había un lugar mejor, por marginal y por gestarse ahí otro movimiento cultural que hoy es un rostro vigente y vigoroso de la mancha urbana del valle de México: Nezahualcóyotl. Mientras forma familia, forma casa, forma un libro de crónicas de esa gigantesca ciudad. Nace de su mano varios años después, en el 2005, el libro de crónicas Nezahualcóyotl de los Últimos Días.

          Un día de 1980, al preguntar por una obra de pintura que le parece magnífica, pero que la exhiben para su venta entre la fayuca y la cháchara de Tepito, llega por esa curiosidad al movimiento cultural Tepito Arte Acá, mismo que el muralista Daniel Manrique, el pintor Julián Ceballos El Casco, y Armando Ramírez habían fundado. Entre enjuagar brochas, Primo Mendoza empieza a publicar sus cuentos en las revistas El ñero en la cultura, y Desde el zaguán.

          —Y por contagio (de la literatura de la Onda) surgen expresiones en Tepito que adquieren una particularidad propia que no se da en sectores de la clase media. Ese distintivo tiene que ver con los juegos del lenguaje, con ese lenguaje florido, ese lenguaje que parece que no dice nada, pero expresa mucho, es una parte esencial para la fundación de una propuesta urbana y, por primera vez, marginal. Claro que de la élite marginal que ha aprendido a caminar y tender hilos en la capilaridad social y ha cursado más allá de la primaria o la secundaria. No es arriesgado decir que es una élite marginal. Desgraciadamente así es. En los setenta en el barrio, llegar a la prepa o más allá te convertía en parte de una élite. Y esa gente se empieza a vincular al arte y a las corrientes artísticas. La Esmeralda es un polo de atracción donde el mismo Manrique o Casco acuden a tomar clases y a que les critiquen sus pinches cuadros, como decía Manrique. Sin embargo, es una gente de élite que es capaz de vincularse con su barrio, de conservar los mismos amigos, de tener a su jefecita y perpetuar toda esta formación social de la que no se separa. Fueron personas que durante muchos años vivieron en vecindades que tenían un solo baño colectivo y que de ese precarismo hicieron virtud al generar una puerta luminosa, con misterio, el hombre de la moto, los cables, plancha-calle, toda una visión que obviamente no se da dentro de la clase media y que por eso tiene un gran mérito. (Tomado de la entrevista en 2017 a Primo Mendoza Hernández por Lydia González Meza y Gómez Farías, editora de El Beisman. https://www.elbeisman.com/article.php?action=read&id=1643)

          Territorios, obra de la autoría de Primo, es por mucho el trabajo más fino y original de eso que él mismo describe en la entrevista. El libro gana el primer lugar del género de Cuento del Certamen de Literatura del Bicentenario Sor Juana Inés de la Cruz en 2009.

          Cuando conocí a Primo Mendoza fue en la colonia Ex hipódromo de Peralvillo, en lo que se conoció como El sótano del colectivo multidisciplinario Los Olvidados de Tepito. El petríl de los rucos, como sinceramente se sobrenombran ellos mismos. Llamaba la atención que ese pequeño espacio fuera un” todo en uno” para hágalo usted mismo. Lo mismo era un micro depa, una sala de juntas, un despacho, un cine debate, y principalmente un taller de cartonería de Judas para Semana Santa, calacas para día de muertos, y globos de Cantoya por pedidos. Contaba con una hornilla de dos quemadores que mostraba cínicamente un grueso y añejo cochambre, no apto para ojos y entrañas sensibles. Ahí se cocinaban setenta huevos de un jalón, que sumados al buti de bolillos que se compraban, mantenían con pila a toda la banda para aguantar las largas jornadas de chamba.

           Los bocetos y las calacas te recibían como anfitriones surreales, como si la muerte fuera perpetua, o como si estuviésemos siempre en vísperas de día de muertos. Esos espectros silenciosos colgaban como fantasmas en tránsito con los dientes crispados y enseñando su falta de entrañas hechas de papel apelmazado por el engrudo a medio secar.

           Lo que contagiaba del deseo de hacer roncha en El Sótano era la fauna humana que ahí caía: tribus urbanas cuya brújula creativa los llevaba derechito a la calle Gounod # 52. Llegaba por ejemplo Octavio ‘El famoso’ Gómez, boxeador de Tepito, a quien le encantaba escribir cuentos que además eran muy buenos. Llevaba su texto hecho a mano, con puras mayúsculas, sin nada de márgenes, o puntos y aparte. Luego de recibir buenos comentarios, cual vítores desde las gradas, el compañero poeta Román Cerón invariablemente le ofrecía – yo lo paso en limpio manito. Las Pokiankitsch, tres mujerones que ahora van por sus enésima gira por Europa, ahí ensayaban a veces sus performances, o hacían algunas piezas para sus aplaudidas instalaciones. Everardo Pillado, profesor de teatro, leí como el cuenta cuentos profesional que es, los cuentos chingones de El lado oscuro de Tepito. Tres jóvenes punketos se aventuraban a sus primeras búsquedas de expresión. Una de ellas, con un talento natural para el teatro, personificaba alguno de sus dramáticos monólogos, para luego del aplauso sentarse junto a ti, y decir con desparpajo: -¿Qué onda Barbi? ¿te latió? -Un buen Mombi, un buen. -¿Neta?

          El olor de cigarro, de caguamas, y a veces de whisky que todavía se pagaba con el premio Sor Juana Inés, formaban una corriente de aire y aura que te envolvía no sé por qué costado, hasta desplazar tus propios olores, hasta homogeneizar el olor de todos en tufo benigno cual tatuaje invisible que se llevaba con cada visita. A la hora del taller literario, los viernes por la noche, dicha corriente de aire-aura podía volverse inesperadamente un tornado que te caía con toda su fuerza hasta la comodidad de tu asiento; pues abiertamente te corrían por ser maleta, es decir, por tener disminuidas tus habilidades como escritor. Puedo recordar dos que tres almas con el orgullo excitado, cuando derecho y al pecho les cantaban el tan temido -Ésto no es poesía, ¡yaaa, bájale a la cursilería! Acto seguido ese texto era atravesado cual pedido de tintorería contra un clavo largo y oxidado donde pasaba sus últimos momentos de vida como un vampiro estocado. A mí me pasó una vez, y me dio una gran hilaridad junto con un orgullo inverso, eso que llaman aferre. Pero en ocasiones esos distraídos aspirantes a escritor optaban por el ‘de mejores lugares me han corrido’, y entonces levantaban sus triques y unas moronas de dignidad; no sin antes tirar la misma patética -Es que no saben que soy el clon de Sabines. -Si, ajá, cierra la puerta al salir, pliis.

          La mayoría aguantábamos vara pues al menos sabíamos que ser escritor implica leer mucho, requiere mucha talacha en solitario, corrige y corrige. Sabíamos que eso de el talento es un término que se escucha muy bonito, sobre todo cuando lo usan los biógrafos. A la postre, y varios cafecitos más tarde, entendí que Los Olvis ya habían probado todo, y eso los llevó a tan medieval pero práctico método de filtración. Primo Mendoza era el más callado. En la sombra apenas iluminada por la pantalla de un viejo y polvoso ordenador corregía minuciosamente y en silencio. Pero sólo los textos que valían la pena; es decir dos o tres. Nunca lo vi leer algo que su interés no captara. Con el tiempo noté que lo que más bostezos le arranca a Primo, y un impulso reactivo de hacer algo mejor, era la mala poesía. Le es insufrible hasta el día de hoy.

          Cuando las hordas de visitantes parecían fuera de control, Los Olvidados decían que si el petril, comunicado con el deportivo Tabasco por una puerta falsamente tapiada, había albergado para sus prácticas al grupo de insurgentes; léase Fidel Castro, el Ché y compañía, para de ahí surcar en el Granma, e ir a partirle su jefa a Fulgencio Batista; pues que no quepa en El Sótano toda la raza que aveces llegaba por docenas. Entonces cual milagro no documentado, las aguas de caos del taller se abrían, y el espacio se duplicaba: nacían a la vista las escaleras que los peregrinos de algún encuentro literario, o que venían a la quema de Judas, o que le echarían montón a los alebrijes, ascendían para pernoctar calientitos, unos contra las otras.

          Pero como la libertad es el bien más preciado, pero en letra chiquita advierte que tiene una fecha de caducidad como la de un pollo Bachoco; un día llegó un tipo trajeado con papeles de la delegación Cuauhtémoc, y con órdenes de meter en cintura, en horarios y propósitos a Los Olvidados. Fue el truene de una fragmentación anunciada, que no obstante no detuvo a nadie de nosotros de escribir, o de gestar proyectos, o de ir a pintar monitos a otros lados. Al calor del ambiente del Sótano de Los Olvidados de Tepito, se gestaron premios nacionales e internacionales de literatura, como el premio Hammett de novela negra, ganado en dos ocasiones por el guionista, cuentista, y novelista Juan Hernández Luna, a quien ya no conocí, pues acababa de fallecer cuando me sumé a Los Olvis. El ya mencionado premio internacional que Primo Mendoza ganó; y ya para los últimos meses de vida del grupo literario recibí la noticia de haber ganado el Premio Nacional de Ensayo Filosófico 2014.

           Entre el estira y afloja de la rebatinga por el espacio del Sótano, en 2011 y a petición de una funeraria, se moldea en cartonería a los entrañables personajes de La familia Burrón, y su callejón del cuajo de la autoría de don Gabriel Vargas. Primo Mendoza se encarga de la composición de arte de la codiciada vecindad que se exhibe para el deleite de todo el público ese año en el centro de Coyoacán. En el tendedero de la vecindad estaban unos pantalones del mismo Primo.

          En 2015 el Instituto Aguascalentense para la Cultura se interesa por los trabajos literarios de Los Olvidados, y Primo Mendoza compila la antología de cuentos Malandrines y Querubines.

          Exiliado Primo y los demás de las instalaciones que hoy ostentan el rimbombante nombre de Galería El Umbral, comienza otras correrías como participar en el libro Tepito crónico que se presenta en 2015. Después viene el trago amargo de ver usurpado el nombre de Los Olvidados de Tepito en facebook por una mujer de aspecto Dark, a quién ni conocíamos.

          En los últimos tres años, con sobrada discreción, Primo Mendoza cultiva la afición a la fotografía. Logra darle click a uno de los pocos ventrílocuos que aún deambulan en la ciudad, a una prótesis de piernas que descansa de su dueño, a un vendedor de películas piratas en patines, rodilleras fosforescentes, y audífonos de Jacobo Zabludovsky, a la luna sosteniendo por lo bajo una cúpula de una iglesia. Son algunas de muchas fotos que a diario toma Primo. Su afición interactúa con mi ojo para la composición visual que he desarrollado para la crítica de cine. Desde entonces acudimos para mirar hasta devorar las exhibiciones de fotografía de Word Press photo, del Museo de la Imagen, de Graciela Iturbide, de Robert Capa; entre varias a las que hemos acudido.

          Es hasta entonces que Primo Mendoza el niño, deja filtrar en confidencia el deseo inalcanzado de haber retenido algo de la vida, o al menos prolongarlo varios recuerdos más de los que vívidamente guarda su memoria, la compañía de su padre a quién prematuramente pierde a sus once años. Con ello entierra la primera complicidad fraterna, el primer compañero de juegos, ese amor que nomás te regalan cual torta bajo el brazo, pero sin dejar aviso de que en adelante le tendrás que talonear canijo para ganarte la confianza, la fidelidad, y la compañía de alguien más.

          Como el arte llama al arte, Primo Mendoza entra a trabajar para la UNAM en la Academia de San Carlos, cubriendo también turnos extra para el Palacio de Minería. Ese era también otra forma de vida que le guardaba su sino: hacer zanja de tanto caminar en el ombligo del país, en el Centro Histórico entre las calles de Soledad, Moneda, y Madero; degustando en largos almuerzos con la banda del Sindicato cuanta torta exótica encuentran en la comida callejera. Luego Primo mueve su menudo cuerpo entre monumentales reproducciones del Vaticano, y obras originales de la crema y neta del arte del mundo. Paradoja de los dioses vengadores, excluidos de ese mundo marginal a donde nunca se apersonan para hacer lo que se supone que se espera. Fueron excluidos de la cosmogonía de las letras de Primo Mendoza. Él está ahí para que el arte de la élite consolide aún más su ancho, gordo y bien atendido futuro. Sin embargo disfruta la compañía de los estudiantes, de sus compañeros, y hasta de los visitantes; quienes ni se imaginan los ojos de rayos X que les miran. Oclayos bien entrenados para convertir a cualquier humano en un personaje, con nombre pintoresco y todo. Darle a cualquiera de nosotros una historia mejor que la que mediocremente llevamos, para devolvernos a lo humano, demasiado humano, dijera Nietzsche.

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