El cielo y el alacrán, la poesía de José Ángel Leyva

por Juan Manuel Roca

Una y otra vez, a la hora de mirar la poesía de un autor en sus rasgos más destacables, bien vale la pena volver a unas magras premisas señaladas por Auden en su bien habitado libro “Las manos del teñidor”, que también desde el mundo equívoco de las erratas podría ser las manos del tañedor.

     El poeta de York propone a través de tres preguntas concretas una indagación sobre el mundo y la poética del poeta en cuestión.

     La primera de ellas tiene que ver con una suerte de estructura o de andamiaje del poema, despegando de la idea de que todo poema es un aparato verbal, para preguntarse cómo funciona.

      La segunda es de orden moral: “¿Qué especie de sujeto habita el poema?”. La tercera inquiere sobre cuál es la idea de una buena vida o de un buen lugar para el poeta.

      Como toda propuesta cerrada, es bueno darle giros y dudas, abrirle fisuras y réplicas, a pesar de lo beneficioso del esquema.  

      En ese plano, la poesía de José Ángel Leyva reunida en “Carne de imagen”, tiene un andamiaje de compleja sencillez. Sus aparatos verbales parecen salidos del socavón de la memoria: “la aguja insiste en sacar hilo de un túnel”, al que además califica de inútil, en ese oficio de hacer agujeros en el agua que es lo propio del poeta que no espera nada a cambio de su quehacer.

      A la segunda pregunta del poeta teñidor, podría responderse que el sujeto que habita estos poemas parece recordar sin temor la sentencia de “La Cábala”, aquella que dice que “no hay que jugar al espectro porque se llega a serlo”. Sólo que Leyva lo hace a conciencia, tanta como para poder decir que “al final uno se convierte en lo que escribe”.

     Ahora, aventurándome desde la observación personal sobre el sitio que para José Ángel Leyva pudiera ser el ideal para una buena vida, creo que lugar y trasiego vital lo llevan a una pugna, a un entredicho de la realidad que casi sólo se resuelve en el poema mismo. Hay evocaciones de su infancia, de una provincia del sueño, de un no-lugar a pesar del mapa de Durango, que no necesariamente podrían señalarse como de exultación y ni siquiera de sosiego.

      Como su padre, que al igual que el guardagujas legendario y surreal de Juan José Arreola espera “el tren que nunca llega”, tras recavar que “las vías férreas perdieron la memoria”, de pronto, desde un tono certero y asertivo dice que “no existe el lugar de donde somos”.

       No sé a ciencia cierta si Auden logró identificar las arcadias soñadas por algunos poetas, pero lo cierto es que ni siquiera el Paraíso, “ese lugar de donde lo echan a uno”, según la expresión del autor de “Suenan Timbres”, resulta a estas horas tan fácilmente rastreables.

       Quizá ese lugar esté ubicado en el lenguaje bien habitado pues también sabe, como en uno de sus poemas de su más reciente libro, Aguja, que “todo camino al más allá cambia de sitio”.

        De esto, de la palabra, de la yunta entre el qué decir y el cómo hacerlo, da cuenta la poesía de Leyva.

        No hace votos de pobreza del lenguaje pero tampoco entra en la tentación de una poesía de impulso lingüístico, a pesar de que en diversos momentos permita la irrupción de lo inconsciente. “Las imágenes del sueño se interponen/ a la densa claridad del tacto”.

        Otro rasgo que seduce de muchos de sus poemas, algo que se da casi privativamente en su Catulo en el destierro”, es la ironía, y a veces la autofagia, la burla inteligente más dirigida hacía sí mismo que hacia los demás:

 

                            “Soy

                            un manojo de llaves

                            para abrir todas las puertas

                            que dan hacia ningún lado”.

 

     Podría decirse que hay dos temas fundamentales en sus poemas. Uno es el de la fuga de los días, el otro es el de las ausencias. Desde esas dos instancias tan vecinas, establece un diálogo entre un tiempo mítico casi siempre adosado al tema de la infancia, y un tiempo cotidiano anclado en un presente despojado de grandezas.

     Leyva atrapa una suerte de fantasmario en el que las palabras pueden ser, desde riscos donde un antepasado afila sus cuchillos en una faena de carnicería, hasta la posibilidad de evocar con ellas, con sus ritmos medidos, “la llanura, el horizonte bermejo y violeta de Durango”, su región natal, un paisaje bronco de alacranes bajo un cielo de cobalto, quizá el cielo más cielo que este amanuense y prologuista haya podido contemplar. Un firmamento que ha seguido inalterable en su ubicuidad bajo una música de feria, bajo unas tonadas que por momentos parecen atravesadas por el relincho fantasmal de los caballos de Doroteo Arango o de su desdoblado Pancho Villa.

     No se necesita ser un gran observador para sentir ese paisaje en muchos de los poemas de este libro, aunque no faltará quien caiga en el aserto feroz del  proverbio chino: “cuando el sabio señala el cielo, los tontos sólo miran el dedo”.

     El cielo. El alacrán. Estas dos instancias contrapuestas que podrían ser la heráldica sencilla y constante en los versos de José Ángel Leyva, conviven en el poema como recordándonos el carácter aéreo y pedestre, etéreo y rastrero a la vez, del ser humano, de este pedazo de barro sublevado que es el hombre:

 

                   “Seco

                   voraz

                   punzón del cielo

                   pequeño minotauro

                   atrapado en la orfandad

                   y el insaciable recuerdo de su madre

                   Emponzoñado de sí”… (El Alacrán)

 

      Toda su poesía está atravesada por las historias grandes y menudas de su luminoso y lacerado país. A veces mira con despojo a su patria, la suave patria de don Ramón López Velarde, y la ve como al mismo alacrán, como a una tierra “emponzoñada de sí”.

       Estos poemas de tan diversos registros se adentran en un México profundo desde la Calle Victoria de la infancia del poeta: “la casa entera camina por sombras y rumores” o deslumbrados por el viejo proyector encendido del Cine Imperio de su pueblo donde, hundido en la butaca, permanecía ajeno inclusive a su propia “presencia”. Al fin de cuentas un niño es siempre extranjero, alguien que vive en la periferia del mundo, en los linderos del lenguaje.

        Son los suyos poemas que hilan de manera sincopada, fragmentaria, un presente lastimoso, un sueño vulnerado que nos asalta mientras nos asomamos a un paisaje feroz, creciente como el desierto, de quienes viven según, sus palabras, “aserrando amaneceres”.

                                                                                                                                            Bogotá, octubre 28 de 2009.

 

     Juan Manuel Roca (n. Medellín; 1946) es un poeta y narrador colombiano. Transcurre su infancia en México y posteriormente en París. Durante los años 1988 a 1999 coordinó el Magazín Dominical de El Espectador, separata cultural con la que se formó prácticamente una generación, pues en ésta se publicaron un buen número de poemas.