Conversación con José Ángel Leyva

por Krystyna Rodowska

Moja los labios en la piedra (abril de 2011)

A propósito de la reciente aparición en Polonia de la antología de poesía Latinoamericana, Moja los labios en la piedra (abril de 2011) con traducción, selección y prólogo míos, realizo esta charla-entrevista con el más joven de los antologados, el poeta mexicano José Ángel Leyva, quien además realiza actividades de editor, periodista, y promotor cultural. En la actualidad dirige la prestigiada revista La Otra, que surge luego de once años de labor en la revista de poesía Alforja. Tal como lo sostengo en mi prólogo, la inclusión de Leyva en esta antología en la que aparecen las grandes figuras de la poesía Latinoamericana responde a mi conocimiento de su obra y a la apuesta que hago por su trabajo poético, además de sus acciones por difundir la poesía en México y en el mundo y la poesía del mundo en su atormentado país.

     KR –  Naciste en un poblado perdido en la sierra y creciste en una familia de diez hijos que se enfrentaba a muchas limitaciones. Se piensa con frecuencia, que los niños que habían vivido una infancia tan difícil, no pueden alcanzar grandes metas en la vida. Tu ejemplo contradice tales juicios: parece que todo, hasta las barreras que te imponía tu punto de partida, se ha vuelto, con el tiempo, tu caudal. Me refiero a la huella de tu infancia en la memoria e imaginación de un poeta, ya maduro, reflejada en los poemas del libro Duranguraños. ¿Podrías descifrar tu mismo el trasfondo de este proceso? ¿Qué significa para ti esta palabra intraducible, Duranguraños”?

     JA: En realidad nací en la capital del Estado del mismo nombre, Durango. Mis padres por entonces vivían en la sierra de ese lugar, en un pueblecito llamado, paradójicamente, La Ciudad. Tengo recuerdos vívidos y también fantasmales de aquella época de mis primeros años de vida. Podrían ser sueños, pero son recuerdos sensoriales que me hacen ver aún el vapor de la tina de baño donde mi madre nos bañaba a mí y a mí hermana mayor en época de frío; no tenía más de cuatro años. El hogar tiene desde entonces esa necesaria calidez y esa sensación de vientre materno. Mi padre era profesor de primaria por convicción y vocación. Amaba la naturaleza y a la gente, que también lo amó hasta el día de su muerte. Las manifestaciones de cariño transformaron su sepelio en romería. Tuvimos que rentar tres camiones para cargar hasta su tumba los arreglos florales que trajeron sus amigos de la sierra y de otras partes.

      Mi abuela, la madre de mi padre, también maestra, fue una cinéfila irredenta. Quedó viuda, joven  aún y se hizo cargo de sus seis hijos. En la ciudad de Durango pasaban funciones vespertinas de tres películas; ella recorría todos los cines para ver esos filmes mexicanos y de western filmados en buena parte en los sets cinematográficos de Durango. El cine imperio fue su favorito durante mucho tiempo porque era el que más cerca le quedaba de casa y porque, era cierto, tenía la mejor cartelera.

      El paisaje durangueño es árido en su mayor parte y posee un cielo esmerilado, “el cielo más cielo”, lo llama el poeta colombiano Juan Manuel Roca. Esa luz radiante atrajo a muchos a directores y productores de cine de Estados Unidos; seguramente también los bajos costos. Esa luz intensa hace que la gente frunza el ceño, que entrecierre los ojos, y la hace parecer enojada, pero en realidad es gente noble, amigable, aunque también es recelosa y huraña de primera intención. Esa ambigüedad es la que da origen al gentilicio Durangu- huraño, cuando en realidad es duranguense, durangués o durangueño. Es un juego, cierto, que a algunos incomoda y a otros divierte. Pero cada día los escucho más autodenominarse duranguraños.

     KR- ¿Cómo fue, en qué momento y por qué motivo te salió la idea de dedicar tu vida a la literatura? Terminaste los estudios de medicina, hasta ibas a especializarte en psiquiatría… ¿Cuál fue el factor determinante que te hizo cambiar de orientación: fue un hecho, una  o unas lecturas, un proceso o una iluminación?

     JA: No sé con precisión. Fue la imposibilidad de imaginarme como médico siendo ya un médico y trabajando en un hospital psiquiátrico. De pronto todo me pareció predecible, hasta mi muerte en los confines del aburrimiento. La poesía era y es no una profesión sino una forma de vida, sin certidumbre ni episodios programáticos. Simplemente opté por lo que me parecía un camino que, sin tener memoria de él, podía recorrer en estado de extravío y arribar a destinos que asombrosamente me parecen conocidos. La literatura fue un riesgo, lo sigue siendo, y una vía de salvación, de sobrevivencia. Para decirlo de otro modo, el dolor humano como médico se vive desde la asepsia, desde la no contaminación, pero desde la palabra no sólo se vive sino se revive.

Presentación Alforja No. 45

     KR-Eres un escritor multifacético: poeta, narrador, ensayista, autor de muchísimas entrevistas a otros escritores, escribes también ensayos sobre artes plásticas. Diriges una revista literaria, La Otra, tras codirigir durante once años Alforja, otra revista de poesía.  En fin, eres un hombre de muchas búsquedas a través de los laberintos de la palabra. Sin embargo, creo, que eres ante todo un poeta, dotado de una  poética muy propia a ti, que no es fácil de acceso. Me ha impresionado tu manera muy especial de tratar la materia enigmática de los recuerdos, a la que has llegado en  los poemas del Espinazo del Diablo, de Duranguraños, Habitantos. Parece que cada evocación de las sombras de tu infancia se vuelve un reto a enfrentar, una lucha desesperada por tocar el pasado con la mano, con la conciencia de que se trata de un rescate imposible. Tus evocaciones del pasado, más que narraciones o imágenes son ejercicios de condensación  y renovación del lenguaje, tejidos de tensiones entre lo dicho y lo que no se deja decir. ¿Cómo dirías ante esta observación?

     JA: Han sido circunstancias que empujan a descubrir o compartir algo de naturaleza subjetiva y exclusiva. Podría tratarse, desde esa perspectiva, de una confesión psicoanalítica, de una necesidad de cura, pero uno advierte un sentido de colectividad profunda e intrínseca de lo que se dice, de lo que se quiere decir para luego extrañarse de la cosa dicha. Coincido con el poeta mexicano Eduardo Lizalde cuando refiere y cómo refiere en su poema largo “Cada Cosa es Babel”: la conciencia de lo que se nombra o de lo que nos nombra, de cómo nos nombra, de quién nos nombra. Uno es un ente en permanente cambio, es lenguaje. “Yo, otro”, ese sujeto definido por Rimbaud como el hombre siempre distinto de sí mismo, en la lucidez de la modernidad. Mi semejanza con el otro  se hace más notable cuando descubro mis diferencias conmigo mismo, cuando me observo desde el otro y comienza un diálogo sobre la experiencia y el deseo. Termino de leer ahora el libro Un armario lleno de sombra, del poeta español Antonio Gamoneda. Una especie de memorias de la época oscura del franquismo y de la Guerra Civil española, es decir, de su infancia. Podría ser la biografía común a miles de niños de la guerra, del hambre, de la pobreza, de la muerte, pero es la epifanía de un poeta que revive el dolor, la crueldad, la mirada ingenua de un niño que valora los sucesos del terror y el sacrificio, de la traición y el combate por la dignidad y contra el miedo, de la impiedad y del amor materno. Es ese armario de sombras el que ilumina el pasado para hacerlo presente a futuras generaciones. Sólo puede reanimarse el pasado si se le dota de un lenguaje capaz de renovarse y de responder a la pregunta de otro tiempo, de re-vivir el dolor.

     Concibo a la lengua escrita como una herramienta transversal, como un oficio que puede responder a diferentes motivaciones. No hay nada cien por ciento lírico, cien por ciento épico, cien por ciento dramático. La poesía abreva en todo tipo de escritura y de todo acto verbal. La oralidad es una fuente inagotable y en permanente cambio. Allí el periodismo es su más cercano amanuense. Pero la poesía, al ser común a todas las demás actividades literarias e intelectuales, me persuade de trabajar en todo cuanto sea posible para nutrir esa dinámica lírica impura y libertaria, inconforme.

      KR-¿Cómo has llegado a esta filosofía del tiempo y del lenguaje que resume felizmente  esta fórmula concisa tan tuya: “Qué vasto sabor tiene la nada”?

     JA: Para mí es muy importante la capacidad icónica del lenguaje, de la poesía. Si logro concentrar toda la emoción y el tiempo en una imagen verbal sé que el lector podrá entenderme, o mejor dicho sentirme, ser tocado.  Fui educado bajo la idea de una realidad apegada a la palabra. Al no encontrarla, al verla desmoronarse bajo el peso de su nombre, supuse que esa realidad no es de este tiempo, pero existe en algún lugar, en algún momento histórico. Yo la nombro y a veces la encuentro, la descubro. La literatura es esa o esas realidades posibles.

      KR- Tu trabajo con el lenguaje tiende al mismo tiempo a la precisión y a la bifurcación de significaciones; lo que parece contradictorio,  pero le confiere la fuerza de atracción impresionante a tu poética, la que me hace adivinar tus raíces vanguardistas. Creo que has asimilado perfectamente las experiencias de la vanguardia del siglo XX, las de un Huidobro, de un Paz, tal vez de otros poetas más que desconozco…

       JA: Sí, tienes razón. Las herramientas heredadas por las vanguardias estéticas del siglo XX me sirvieron de mucho, sobre todo para entender el poder del instinto y de la armonía del caos, del inconsciente y de la opción imprevista, la fuerza de la imaginación, de la inconformidad. Pienso por otro lado que el habla mexicana es así, ambigua hasta la médula, pero en ese defecto encuentro su cualidad semántica, su capacidad expresiva de gran precisión porque, sin exagerar y sin ánimo de engañar, puede, en efecto, nombrar dos o tres sentidos, válidos y simultáneos. El secreto está en el énfasis, en la connotación del gesto o de la voz. Barroquismo puro, cierto, pero de enorme riqueza significativa. Eso mismo puede lograrse en los versos.

Revista de poesía + Artes visuales + Otras letras

       KR- Los poetas en general son unos seres introvertidos y ensimismados, a veces con cara de grandes habladores  y pachangueros. ¿Serías una excepción? Porque tú estás cultivando visiblemente la capacidad de apertura al otro, incluso la revista que diriges tiene el nombre de  “La Otra”. ¿“La Otra” por escuchar las voces de los otros? ¿“La Otra” por atribuir la gran importancia al diálogo? ¿Acaso ese sentido de apertura al otro se lo debes al gusto a la lectura, que  has declarado más de una vez?

       JA: Para mí no hay yo sin el otro. No hay poesía sin alteridad, sin otredad. No habrá futuro, no habrá especie si el hombre no sale de su ensimismamiento y de su arrobamiento ante la imagen de Narciso en el estanque. Somos una individualidad colectiva. La Otra nace de una experiencia de promoción y fomento de la poesía y de los poetas de más de once años en la revista Alforja, pero de muchas más complicidades con personas muy queridas y cercanas que están dispuestas a trabajar para impulsar un esfuerzo de lectura de la poesía. Hay una diferencia sustancial entre el que escribe versos y el que hace poesía, porque el primero está enamorado de su letra, mientras que el segundo escucha el latido del hombre, de la humanidad en la escritura, en la poesía de los otros, ama la poesía antes que a su propia imagen reflejada en sus versos. Cómo hacer poesía si no se lee poesía, si no se escucha, si no conversa, si no dialoga, como dijera Antonio Machado, “con el hombre que siempre va conmigo”.

     KR-¿Cómo ves el papel de poeta y de un intelectual en las sociedades latinoamericanas, agobiadas por el narco, por la corrupción todopoderosa y por la marginación continua de los indígenas? ¿Puede hacer algo el poeta contra estas calamidades? La poesía comprometida ¿tiene razón de ser en el continente, donde la palabra “poeta” suele escribirse todavía con mayúscula?

      JA: Querida Krystyna, el hijo del poeta mexicano, Javier Sicilia, un chico de 23 años acaba de ser ejecutado por el crimen organizado, junto con otras seis personas, en su mayoría muchachos, en el estado de Morelos. Por nada, simplemente para sembrar el miedo y el terror. Suman ya 40 mil muertos en cuatro años, y se proyecta que al final de esta administración del presidente Felipe Calderón alcance la cifra de 70 mil muertos, ejecutados. El horror se entronizó en el país porque hay un proceso de decadencia política y una perversión de la justicia mexicana. La policía y la delincuencia son lo mismo. Nadie confía en los cuerpos militares ni policiacos porque no sólo no te defienden y protegen, sino te asesinan. No puede pensarse que los intelectuales estemos exentos de culpa, cuando hemos callado ante la corrupción por comodidad o por conveniencia. Esa falta de ética, de compromiso con un país, con un pueblo que se ama, se ha vuelto contra nosotros con toda su virulencia y nos cercena con lujo de crueldad, con ímpetu dantesco. No creo que la poesía resuelva nada en estos casos ni en otros. Aquí es cuando más se advierte la gratuidad y la inutilidad práctica de la poesía. Pero lo poetas como ciudadanos sí podemos hacer, y mucho, pero es necesario alejarnos de las prebendas y privilegios que el estado ha creado para domesticar conciencias y callar voluntades. La capacidad de horrorizarnos e indignarnos no se ha perdido y confío en que nos salve esta cultura donde la muerte no es secuestradora, ni sicaria, ni narca, ni corrupta, sino ese juego inevitable de la vida.

      KR-¿Qué tipo de relación tiene la poesía latinoamericana con la europea, con la norteamericana, muy leída y traducida en Polonia? Por mis propias observaciones, tal vez superficiales, derivadas de mi participación en varios festivales internacionales de poesía en Latinoamérica creo que hay muy poco intercambio e interés mutuo. En los tiempos del surrealismo floreciente llegaron a México un André Breton, un Benjamin Peret; tras la derrota de la España republicana acudieron un León Felipe, un Luis Cernuda, Emilio Prados y otros poetas y artistas españoles.   La relación con España sigue privilegiada, en comparación con los demás países. Pero en el último número de la “Otra” he leído, entre otros, los poemas de Kornelius Platelis, un poeta lituano, traducido por Gerardo Beltrán –un poeta mexicano que reside en Varsovia–. Hace poco apareció un número de “Postdata” dedicado a “Polonia bajo palabra”, una muestra bastante extensa de poetas polacos contemporáneos, algunos de ellos relacionados estrechamente con Biuro Literackie, como Piotr Sommer, Andrzej Sosnowski, Bohdan Zadura, Wojciech Bonowicz. Me interesa tu lectura de estos poetas…

       JA: Desde que hacíamos Alforja nos dimos a la tarea de hacer muestras de poesía de distintas lenguas, de diversos países, culturas, naciones, grupos étnicos, etcétera. No puedo hablar por toda Latinoamérica porque hay países muy cercanos y algunos que lo son menos. Latinoamérica es un conglomerado de culturas originarias y migrantes, de conquistas y de recepción de exilios, de desplazamientos forzados también por la guerra o la pobreza. Su naturaleza es cosmopolita sin excepción. Pero cada país responde a una tradición de apertura mayor o menor. En el caso de México hay una larga tradición de consumo cultural europeo. Todo el Porfiriato fue de un gran afrancesamiento y durante toda la vida independiente de la colonia Española hemos compartido una frontera traumática con Estados Unidos, nada menos que la potencia mundial, que por cierto nos regresa cientos de miles de migrantes y abre paso a miles de armas que van a parar a manos criminales. No creo que América Latina deje de leer y de mirar a Europa, más bien pienso lo contrario, es vista desde la metrópoli europea como periferia. Los jóvenes poetas mexicanos leen con avidez a los poetas europeos, por lo menos a lo que tienen acceso, y no dejan de leer a los de Estados Unidos. Hay poetas de enorme altura de México y de otros países latinoamericanos que no son conocidos en Europa. Por eso me da gusto que viaje a Polonia un poeta de la talla de Eduardo Lizalde y que poco a poco conozcan a otros como Rubén Bonifaz Nuño, Alí Chumacero, Francisco Cervantes, Francisco Hernández, Antonio Deltoro, Elsa Cross, Marco Antonio Campos, Coral Bracho, Marco Antonio Montes de Oca, José Emilio Pacheco, Fabio Morábito, Efraín Bartolomé, por mencionar algunos que la imagen de Octavio Paz ocultó de manera involuntaria y a los que lo suceden.

     KR- Finalmente, una pregunta ritual, ¿qué planes, qué proyectos tienes para el futuro inmediato?

     JA:Seguir con “La Otra”, seguir en mi activismo cultural sin descuidar mi formación literaria y mi ejercicio escritural desde la poesía.

 

     Krystyna Rodowska, poeta, ensayista y traductora. Nació en la ciudad polaca de Lwów que pasó a manos de Ucrania tras la caída del realismo socialista. Ha publicado seis libros de poemas,  entre otros Na dole płomień, w dole płomień, 1996 (Abajo fuego, arriba fuego) –Premio de la Fundación de la Cultura en Polonia– , Bliżej nagości2OO2 (Hacia la desnudez). Realizó varios viajes de estudio en México, Francia, España, y participó en los festivales internacionales de poesía en Europa, América Latina y Canadá (Quebec). Es miembro de la Asociación de Escritores Polacos y de PEN-club.

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