El ánima de la insignificancia

por Carolina Olguín

Todo poema guarda una historia. Ya sea de aquello que lo originó, ya sea de cómo se gestó, historias visibles, veladas, sospechadas. Porque los poemas también cuentan, pero no a la manera en que lo hace el relato, que nos pone ante uno o varios sucesos para verlos entramarse. El poema cuenta a su propia manera y ésta es el canto y no la trama; más bien acude al enlazamiento no estricto de acontecimientos e imágenes en un rizoma que estalla en ritmo.

La poesía, plástica como es, puede tomar formas varias para revelarse, y es así que es capaz de soltar un hilo, una cadencia y un motivo narrativo a lo largo de un libro sin perder las propiedades del poema. Me parece que es el caso de Vike, un animal dentro de mí[1], este libro presentado en una edición artesanal que le va tan bien, tan orgánicamente. 

Minerva Margarita Villarreal lo ha vuelto hacer: ha vuelto a entregarnos poesía de una factura impecable y dúctil, la continuación de un estilo y un quehacer que fluyen hasta que la naturalidad resuena y nos abre los oídos, como una ráfaga de aire caliente. Ha vuelto a enhebrar la fragilidad humana con la dureza de la vida, un binomio tal que, no obstante su doble naturaleza, provee de infinitas lecturas.

Vike, un animal dentro de mí nos introduce en un mundo pequeño por su delimitación y sus coordenadas: el mundo de Vike, una vieja solitaria que vive en un pueblo y es asesinada con odio; su historia: la crianza y su condena por la acometida incestuosa del padre y la orfandad de madre; todo esto enmarcado en la miseria y el paisaje del desierto con su aspereza rozándonos la piel.

Pero este pequeño mundo personal es también su revés: es amplio al contener en él el mundo entero, los sentimientos y los elementos simbólicos más universales: el río, la luna, el árbol, el padre, la madre, el odio entre los hijos, el amor, el monstruo del amor, el tabú, la soledad, el crimen, la mentira: al fin y al cabo, ¿no es esto la humanidad?, ¿el lugar donde caben luces y sombras por igual?

Este es un libro lleno de mutaciones. Muta la fragilidad humana en odio a la menor caída; muta el árbol familiar en desamparo a la menor equivocación.

Las mutaciones comienzan con la transfiguración de un árbol que resplandece en el primer poema; luego, un árbol que llegará enigmático a plantarse en la casa y dar una sombra maldita y protectora al mismo tiempo. El árbol será también aquel que en el monte resguarde los actos prohibidos. Albergará en los huecos de sus ramas la noche y la luz de la luna, de su tronco donará la corteza curativa de los remedios ancestrales. El árbol despertará miedo, emitirá luz, dará la sospecha de un destino terrible hasta que el personaje de este libro, la voz de la pobre Vike, diga: “Este árbol malo lo quiero para mí”.

¿Cómo encierra un árbol la maldad e impone su presencia? Sólo a través de la imaginación que anima los objetos de la naturaleza con los atributos y las emociones humanas, o bien, a través del misterio. El poema es aquí la prolongación de esas viejas creencias de todos los pueblos que, por medio de la oralidad, mantienen viva la flama de la convivencia entre lo animado y lo inanimado; también entre lo humano y lo bestial, la animalidad que nos persigue.

Este libro tiene su columna vertebral en lo narrativo, pero la plasticidad le viene de la poesía; podemos encontrar poemas en primera persona como si la propia Vike hablara en vida, o bien, como un alma que tiene ya un pie dentro del purgatorio. Otros poemas están escritos en segunda persona, pues así permiten el diálogo que la voz poética hace como dirigiéndose a ese tú, que es Vike, espectral. Como en el fragmento siguiente:

Este parque quedó huérfano de ti

Este Vergel maltrecho

Estas calles         esta botella vacía

Estas matas que bajaron su vista

Al no encontrarte

Con sus cabezas gachas y sus cuellos

A punto de secarse

En esa plasticidad están también los poemas en tercera persona, como el registro de los hechos desde fuera o la mirada contemplativa del paisaje que enmarca los acontecimientos.

Justamente, el desarrollo del relato contenido en el libro se ve compensado con las pequeñas estampas casi cinematográficas que dan soporte a los elementos biográficos de Vike. Estas estampas ofrecen una belleza minimalista, cuales flores del desierto; son poemas breves de imágenes poderosas donde tormentas y lunas cruzan los cielos, vacas rumian entre los arbustos, hojas gotean después de las lluvias, las mismas que dejan aparecer animalillos en la tierra húmeda.

Con este libro, Minerva Margarita le habla y le canta a la insignificancia mientras la nombra, esto es: las breñas del camino, esos pozos olvidados en las casas de pueblo, las paredes diluidas, latas vacías para almacenar más insignificancias, la tromba que cayó un día, las voces y rumores del pueblo desolado que ya Rulfo inmortalizara en nuestras letras mexicanas. Es decir, reminiscencias que convierten el pozo de la casa ―como el de López Velarde― en un sitio lleno, desbordado de sentido. El mundo aparentemente anodino de la desdichada Vike, que, en cierta forma, también es nuestro mundo.

En ese sentido, este libro es muy mexicano, muy norteño o norestense, como si estuviéramos viendo un cuadro de Saskia Juárez con un toque de oscuridad y una habitante extraviada, o recorriendo las calles de Higueras o el viejo Zuazua, Nuevo León… es decir, esa suerte de purgatorio con sus almas en pena que algunos pueblos mexicanos todavía llevan consigo. Al cantarle a la insignificancia, Minerva Margarita la anima, la rescata del abandono, la desempolva para convidarnos de su luz, de su terrible belleza, antes de que las sombras la engullan para siempre en el olvido.  


*Publicado en la revista Tierra Adentro, México, Secretaría de Cultura del Gobierno de México, Programa Cultural Tierra Adentro, número 231, noviembre-diciembre 2018.

[1] Minerva Margarita Villarreal. Vike. Un animal dentro de mí, Benito Juárez, Nuevo León, Editorial An.Alfa.Beta, 2018.

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