El libro grande de Minerva Margarita Villarreal

por Alejando Higashi (UAM-Iztapalapa)

Hablar de una trayectoria poética es, en cierto sentido, una pequeña traición: colocamos las obras unas detrás de las otras y olvidamos sus tiempos y contextos de escritura para encontrar, por una suerte de alquimia crítica, las constantes que podrían definirla. En el caso de la ya extensa nómina de títulos de Minerva Margarita Villarreal, su obra alcanza su mejor definición por el cambio y la transformación, de modo que lo mejor es definirla por su indefinición, porque como ella misma ha escrito en Tálamo (2011), “Ahora que me entrego / mi realidad se multiplica” y en Las maneras del agua (2016), “porque yo / recién lavada / y bendecida / me he multiplicado”. Cuando se entrega en la escritura, ella y su mundo se multiplican; la indefinición, en suma, es consustancial a su poética.

            Evodio Escalante propuso alguna vez que la crítica se manifiesta a través de sus metáforas, y la que mejor explica para mí esta tensión entre el ser y el dejar de ser, el transformarse, en la poesía de Minerva Margarita Villarreal es la de “libro grande” de Teresa de Ahumada (y una vez asumida la carrera religiosa, Teresa de Jesús). Su “libro grande” o Libro de la vida es una relación de las que muchas veces se solicitaban en el siglo xvi para otorgar algún beneficio, cuya primera versión terminó en Toledo en 1562 y que mereció, como algunas obras de la misma Villarreal, una profunda reescritura entre 1563 y 1565. Con esta relación, Teresa de Jesús intentó probar que los dones recibidos a lo largo de su vida (había cumplido ya los cincuenta años) provenían de Dios y no del Diablo (ni tampoco de su imaginación febril, inducida por la lectura de libros de caballería, como ella misma confesará).

          Los libros de la santa y los de Minerva Margarita Villarreal tienen muchas coincidencias: sus trayectorias, lejos de ser uniformes, son cambiantes y reorientan sus fuerzas creativas con cada nueva incursión (en el caso de santa Teresa, basta comparar su “libro grande”, confesional y espontáneo, con el libro de Las moradas, influido por la organización retorica del sermón y la literatura alegórica que se popularizará en el siglo xvii de la mano de Baltasar Gracián). La voz poética de Minerva Margarita Villarreal también tiene múltiples registros, desde su primera colección de epigramas de 1995, sus Epigramísticos, o la serie de meditaciones poéticas de El corazón más secreto (1996; Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 1994), hasta el poema extenso en Herida luminosa (2008), el epitalamio de raíces bíblicas en Tálamo (2011), el poema dramático Las maneras del agua (Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2016), la poesía documentalista de Vike, un animal dentro de mí (2018) o proyectos con nuevos horizontes como su anunciado El abrazo.

          Santa Teresa y Minerva Margarita Villarreal coinciden también en ser ambas voraces lectoras y en integrar, de distintas formas y con diferentes grados de sutileza, esas lecturas a su propia obra. Si en Tálamo (2011) invariablemente se insinúa la presencia del Cantar de los cantares, lo cierto es que no hay un verso que podamos decir que efectivamente proviene del Cantar de los cantares; si en Las maneras del agua (2016) gravita la biografía de santa Teresa de Jesús, la relación no es ni obvia ni significativa en relación con el poemario cuando se lee a ras de texto. En ambas obras, lo literario se entrevera con lo vital: la experiencia íntima modela los versos y las ideas. Si en el registro formal hay que referirse a las formas literarias canónicas y no canónicas, en la raíz de las composiciones puede apreciarse siempre un componente experiencial que da vida al artefacto literario y lo convierte en lo que es, un verdadero poema.

          La mística clásica (san Juan, santa Teresa o fray Luis de León) y la mística contemporánea (Concha Urquiza y Enriqueta Ochoa) tienen un lugar importante en la obra de Minerva Margarita Villarreal; no es de extrañar, si consideramos que el problema central de la mística no es religioso, sino semiótico: hablar de lo que no se puede hablar, expresar lo inexpresable, dejar testimonio de lo inefable. La poesía de Minerva Margarita Villarreal se propone poner en crisis el valor atribuido a la palabra para ver la realidad no como un escenario estático, sino como una mutación constante. Quizá por esta razón la protagonista de sus poemas no es la metáfora, sino la imagen (y, claro, la epifanía o revelación que convoca con ella). No se trata de definir una cosa por otra, sino de proponer imágenes poéticas que den rienda suelta a la sugerencia y combatan el estatismo natural de los conceptos. Por eso su poesía está poblada de imágenes en las que aparecen con frecuencia peces o pájaros en movimiento, los árboles que crecen, los brotes; las raíces que se encajan en la tierra; el agua que mana suavemente y la que fluye a borbotones; la ola que estalla, la lluvia que se precipita, el río que se desborda, la nieve que luego se derrite; el viento desatado y el viento detenido, el viento que galopa veloz, la cima del viento; el fuego y las ascuas; el camino, la ruta, los vuelos, los pasos, las puertas; las casas de Minerva Margarita Villarreal son de pájaros. Si nos referimos a los seres que pueblan su poesía, encontraremos cuerpos, pieles, labios, ojos, manos, vientre, lo más húmedo; santa Teresa es “tersa Teresa de las metamorfosis” y los grandes temas de su poesía son precisamente aquellos relacionados con los grandes cambios del ser humano: la muerte; el nacimiento; el amor conyugal.

          Como sucede con la poesía de raíces clásicas, los recursos de su obra se  encuentran en equilibrio con los temas. Lejos de ser artificios disruptivos, se integran naturalmente a los temas. En la prosodia, discretas asonancias sirven para rescatar resonancias de sentido y repeticiones fónicas que funcionan como mantras, como:

Atravieso esta luz

porque el cielo me llama

pero la luz es llama

y lo que llama es luz (Tálamo).

Un vestido de algodón

un vestido holgado como Olga

con volantes de ancho vuelo

para pasear los huesos (Las maneras del agua).

          Sus imágenes a menudo deslumbran por el equilibrio entre complejidad de sentido e inmediatez enunciativa, pero tienden a crecer a través de distintas ramificaciones en el poemario, en una trayectoria caótica, pero sostenida. En Herida luminosa, un poema extenso de enorme complejidad técnica pese a su aparente sencillez, por ejemplo, la imagen de “la sonoridad de este árbol a mitad de la lluvia” y “el canto de este árbol a mitad de la lluvia” articulan las distintas partes que lo componen. La imagen de un sensualismo directo e intuitivo (el sonido de la lluvia al pasar por las hojas del árbol) resulta refractaria al estatismo y se condensa poco a poco hasta ocupar un lugar central en la sostenida exploración erótica hacia el origen:

Nuestros cuerpos

El canto del árbol a mitad de la noche

Tus ojos bajo el cielo

en el manto de aire de la transparencia

entre las hojas de los álamos

en el limo que alfombra los troncos

los filos de las rocas y las piedras

[…]

Si estuvieras aquí

tu cuerpo me asiría como el vientre materno

para crecer en ti

en esa raya que se nubla

ese árbol a mitad de la noche

ese fulgor de hoja sostenida (Herida Luminosa).

          Estas imágenes de inesperada sobriedad pueden muchas veces depurarse todavía más hasta llegar a la frase más simple y económica, despojada de artificios y por ello tan contundente y eficaz. Los últimos versos de Tálamo son un magnífico ejemplo del poder de la enunciación directa de Minerva Margarita Villarreal:

Me he casado contigo

y todo lo que escribo

es real.

            El poder de la declaración simple también aparece con frecuencia en Adamar:

Probar el fruto

y saber

que eres tú (Adamar).

          Esta fluctuación entre el poema de largo aliento y la frase concentrada y directa explica la inclinación de Minerva Margarita Villarreal hacia el epigrama como una herramienta de revelación. En sus Epigramísticos se refleja una parte importante de su poética: la de la palabra exacta, la de la economía expresiva, la de la agudeza verbal, siempre en equilibrio con la explosión de sentidos, intermitencias, sugerencias. Sus recursos expresivos, de nuevo, se encuentran en el justo medio entre la realidad inmediata (la vocación del epigrama fue documentalista desde la Antología palatina) y el estilo preciosista de las traducciones de Marcial y Catulo. En el Norte del clasicismo de Francisco Cervantes, esta parte de su obra tiene sus rasgos distintivos en consonancia con el género: suele ser crítica y humorística y su intención principal es la denuncia de un ejercicio abusivo del poder en tres campos principales: las tensiones por la desigualdad entre géneros, la crítica literaria y últimamente la crítica política. La capacidad transformadora de la autora puede constatarse en la evolución de los Epigramísticos (1995), centrados la descripción del mundo agridulce de la crítica literaria, la dupla amor/desamor, la sexualidad como un ejercicio del poder en ambas direcciones, el incesto, cierto feminismo (ejercido brillantemente unas veces y criticado con agudeza otras), hasta De amor y furia, epigramísticos (2015), donde prevalecen estos temas, pero se suma una dimensión política donde se ataca con inteligencia virulenta la corrupción, las consecuencias de la delincuencia organizada, una sociedad hipócrita en razón de su materialismo. Vike, un animal dentro de mí, uno de sus últimos libros, refleja estas mismas preocupaciones por una realidad inmediata, pero fuera de los códigos estéticos del epigrama. Aquí, la poesía y la denuncia coinciden en el mismo cauce; el amor es una forma de ejercicio del poder y el abuso parece ser su rostro más mórbido.

          La obra de Minerva Margarita Villarreal es amplia y poliédrica; dúctil como el  agua y como la vida misma, siempre dentro de los límites de la poesía y de la tradición y por eso mismo luce renovada y actual. Sus coordenadas son las de la literatura, pero su viaje es el de la vida que no se detiene, la suya propia pero también la del mundo fuera, la del amor, la del poder, la del abuso.

Publicado en la revista La Quincena, Monterrey, número 177, noviembre 2018.

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