El cuerpo como escándalo

Por Armando Rojas Guardia

«Escándalo y consciencia son una misma cosa, una conciencia sin escándalo es una conciencia alienada…»

Georges Bataille

 

Ruego al lector perdonar momentáneamente la aparente impertinencia de esta anécdota personal: en días pasados, sucumbí a la tentación de preguntarle a María Auxiliadora Álvarez por la razón explicativa de que, siendo una mujer rebosante de ternura y de trato dulce con todos los que se le acercan, hubiera escrito este libro inhóspito y terrible, titulado Cuerpo (1), dentro del cual uno de los momentos básicos de la experiencia de la maternidad, o sea, el proceso del parto, es explorado y descrito desde una óptica trágica, estremecedoramente patética. Al inquirir por la causa de este hecho paradójico, cuya capacidad de desconcierto se acrecienta al conocer la relación diáfana y amorosa que la madre María Auxiliadora establece con sus tres hijos, yo me hacía eco de la inquietud de algunos amigos —varones, casi todos— para quienes el libro de esta autora supuso un reacomodo de la sensibilidad con respecto a la manera de percibir, no sólo el acontecimiento del parto, sino el mismo cuerpo femenino.

Estos amigos preguntan, como interrogándose también así mismos: ¿por qué el instante cumbre de la maternidad ha sido vivido y aludido escriturísticamente de esta forma?, ¿se debe a una razón biográfica, psicológica, personal, o deberíamos ampliar el radio de los alcances simbólicos del texto de Cuerpo hasta más allá de lo anecdótico, para dejarnos tocar por un nivel más profundo y universal que nos concierne a todos? Estas líneas pretender aumentar a favor de la tragedia que es también el cuerpo humano.

 

En el ámbito del pensamiento y la literatura de nuestro siglo, nadie como Georges Bataille exploró más rigurosamente esa experiencia trágica de la corporalidad. Porque él radicalizó, llevándola hasta extremos insólitos, esa subversión que algunas vanguardias de la literatura  moderna asumieron como su tarea específica: hacer del cuerpo el referente básico de todas las violaciones del discurso oficial y consagrado. El cuerpo como suprema instancia conspirativa, revolucionaria, contra la compacta y secular tradición del espiritualismo desencarnado. Lo que ocurre con Bataille, como decíamos, es un avance abismal de este complot ya que en su obra lo que se inscribe entre los signos textuales, lo que se delata jadeante, es el cuerpo humano afincado en sus zonas irreductiblemente últimas, irrecuperablemente materiales; esas regiones postreras que ningún espiritualismo, ningún idealismo puede asimilar, porque en ellas la animalidad del instinto y las vísceras y el excremento subvierte toda posibilidad de desencarnación; pero que, no obstante, jamás dejan de ser sagradas, como sin ellas los dioses —“lo divino” diría Bataille— copularan con los animales. Son a no dudarlo, zonas espantosas (en el sentido de que producen espanto), aunque en ellas resplandece también la verdad de la vida que en nosotros pugna por devenir consciente de sí misma, en toda la redonda y compleja extensión de su sublimidad y horror. En Bataille, ellas toman la palabra, esa palabra que pretende silenciar o cercenar los discursos oficiales.

Ante el texto de Cuerpo, he recordado insistentemente unas palabras de Roland Barthes en el coloquio que reunió en Cerisy la Valle, durante el año de 1972, a un grupo de intelectuales franceses para exponer y dialogar sus respectivas visiones teóricas de la obra de Georges Bataille (2). La ponencia de Barthes estuvo dedicada a describir el funcionamiento heterológico de los textos del autor de «Madame Eduarda”, es decir, aquella mecánica simbólica y textual, aquella estrategia formal, mediante la cual las páginas de Bataille se colocan —y nos colocan — en otro lugar de comprensión del cuerpo y de la vida humana, distinto al del «logos” oficial de nuestra cultura, canónicamente sancionado por tabúes y prácticas ad usum. Explica Barthes que en Bataille accede a la superficie del discurso un valor nuevo, que se entremezcla y combina, subvirtiéndolo, con el paradigma clásico: “lo noble / lo innoble”. En Bataille este paradigma conoce otro polo, anómalo, anómico: “lo bajo”, que “no es el término neutro (ni noble ni innoble) y tampoco el término mixto (noble e innoble)”, sino «un término independiente, pleno, excéntrico, irreductible”, ¿cómo caracterizar, grosso modo, el contenido de ese otro polo? De esa manera: «Escupitajo, barro. La sangre brota a chorros. La rabia. Juego de los caprichos y del pavor. Ruidosas oleadas de las vísceras. Fealdad cadavérica. Orgulloso y chillón. La discordia violenta de los órganos” (3)

Mediante un funcionamiento textual específico de Bataille el polo que Bathes llama “lo bajo” complota contra la rigidez antinómica de “lo noble / lo innoble”, introduciendo en ella la presencia devoradora de otro “topos”, de otro lugar del discurso, en el cual es «lo bajo» lo que va a enfrentar, como valor positivo, a la positividad de «lo noble» (el último paradigma batailleano sería entonces «lo noble / lo bajo»), mientras que «lo innoble» se hace término neutro, es decir, mediocre: el término verdaderamente negativo. «Lo bajo» no se asume entonces innoblemente, sino con un énfasis positivo —diríase, sublime — que posibilita su enfrentamiento paradigmático con «lo noble») hasta ahora, único usufructuador de toda sublimidad. De esta forma, señala Barthes, el aparato. convencional del sentido «es excentrado, desequilibrado y éste es el verdadero sentido de la palabra escandaloso» (4).

A esta mecánica estructural se aproxima Cuerpo, y ello es lo que en buena medida le da un carácter único dentro de la literatura venezolana de nuestros días. Por ejemplo, el hecho de que un simple y rutinario examen médico, prepartum, al que se someten miles de mujeres de nuestro país en este momento, pueda ser nombrado poéticamente de la forma en que lo hace el poema N° 2 del libro de Álvarez, nos pone en la pista de lo que queremos decir. Todo el texto se sostiene estructuralmente mediante un delgado hilo cronológico, desde el SIETE-DOCE-CINCO, el número oficial de la mujer embarazada ante el médico, e través del cual se alude a la manera como la medicina abstracta de la sociedad industrial clasifica y etiqueta «su náusea», «la ubicación de su abdomen» (de la mujer), hasta el momento final en que ella sale del consultorio bajo la autoridad la advertencia del doctor, que la poeta religa, a través de una metáfora primaria del imaginario colectivo, con otras dos figuras de la autoridad institucional: el cardenal y teniente coronel, el sacerdote y el militar, la consciencia y la fuerza, la culpa y el arma que mata. A través del texto, pasan oleadas sucesivas imágenes que nombran esa otra corporalidad irredenta, ese otro cuerpo ahito de miedo e indefensión que no protege ningún clisé espiritualista, ni siquiera el estereotipo convencional del «primer parto»: los «ombligos colgantes», las «masas de carne» de la propia y ajena fealdad; «los ojos ladeados de perro» de le propia angustia; «la orina» y el hedor embarazado» que esperan a los «cuchillos blancos» del quirófano; «la transpiración» y «las heces»; «la aguja por cada vaso sanguineo» y «las sondas» que los estudiantes de medicina instrumentan en la carne doliente; incluso ese «córtese las uñas de los pies» que la voz de alguien (¿la del médico, la del estudiante, la de la propia conciencia de al mismo?) espeta allí, sin ambages, como en un estallido verbal que provoca simultáneamente la compasión y la rabia, una rabia dostoievskyana, cólera tierna que sublimiza lo prosaico en su especifica cotidianidad espuria. Es esa misma rabia, desde y para el cuerpo, la que le hace decir al sujeto hablante del poema No 3: “Doctor / NO META LA MANO TAN ADENTRO / que ahí tengo los machetes / que tengo una niña dormida».

Como en Bataille, el polo bajo, el cuerpo visceral, esta síntesis de carne, sangre, linfa y secreciones genitales, de sudores, vellos y excrementos, dentro de la cual palpita, inseparable de ellos mismos, la vida sagrada del miedo y el amor, toma la palabra en el texto de María Auxiliadora. Y ese polo bajo adviene ante nosotros como elemento liberador, porque en Cuerpo conspira contra la manipulación silenciadora que los estereotipos oficiales implementan en torno a la corporalidad femenina, el hecho del parto y la maternidad. Ningún publicista puede hacer de este cuerpo abierto de mujer, que Álvarez nos revela en estentórea epifanía, una mercancía: él es el hueco negro donde callan los chantajes del mercado, dónde solo late la carne honda y trágica que somos. Sobre este último aspecto, el lector ha de perdonarme otro apunte brevísimo. Acaso no ha quedado clara, con la precisión deseable, la razón de por qué llamo trágica a la experiencia corporal. Hablé de tragedia, claro está, en el sentido nietzscheano, alejado de toda connotación lúgubre o sombría. Es sabido que para Nietzsche el sujeto no es el ego cartesiano; el punto de partida de la concepción nietzscheana del sujeto es, precisamente, el cuerpo. Pero en su obra hay dos palabras para referirse a él (al cuerpo): una «Khorder», que designa al cuerpo visto desde afuera, tal como es captado exteriormente por los sentidos, el «extracuerpo»; y otra «Leib» que significa el «intracuerpo», el cuerpo como visto (y, más :que visto, percibido, gozado y padecido) desde adentro, experimentado como proceso vital. Así, para Nietzsche, el punto de vista del sujeto radica en el “Leib». Se entiende, de esta forma, por qué la afirmación dionisiaca —Dionisios, padre de la tragedia— es femenina. El interior del cuerpo, de todo cuerpo, es dionisiacamente femenino. Neumann, en su obra clásica, «La gran madre» habla de que «la equiparación simbólica femenino— cuerpo-recipiente corresponde a las experiencias, más elementales de la humanidad sobre lo femenino». Y es que el interior del cuerpo se asemeja arquetipicamente a lo inconsciente, matriz de los simbólico femenino y, dionisiaco.

Desde ese Interior de todo cuerpo, desde ese «Leib» irreductible, desde la afirmación trágica, y por eso siempre escandalosa, que nace de esa corporalidad experimentándose a sí misma como última plenitud y postrer abismo, brota el libro de María Auxiliadora Álvarez, a Bataille, pero también a Nietzsche, les hubiera fascinado este definición esplendente: «como vagina que soy / como herida inteligente» (poema N°3).

Notas: (1) Fundarte, Caracas, 1985,

(2) Ediciones Mandrágora, Barcelona. 1976

(3) Op. Cit. Pág. 46

(4) Ob. cit. pág. 48