Horas líquidas

por Luciano Naranjo Altunar

I

Pienso en tus caderas 

bailando bajo mis manos en una agonía irrepetible, 

en un manantial de humedad que recorre tu cuerpo

e hilvana tus piernas…

Pienso en tus párpados

con la certeza de una nube que acaricia, al alba, tus sueños.

No olvido tu verdad ennoblecida de gardenias por las mañanas,

tu grito de virgen, purísima,

encerrada en corolas de angustia.

Estoy de rodillas, petrificado, al filo de un clímax cristalino,

espada de doble filo, blasfemia sobre el crucifijo donde estoy sacrificado,

agradable, espejeante asomo de la hora muerta.

Soy para ti, un fardo, un confidente, un miserable,

un barquero sin remos llevándote entre ríos tropicales.

 

II

Es la hora, y soy sombra en pleno día,

el enamorado errante del mundo

que se atreve a ir por la vida que le deben.

Aquella noche nació un deseo,

un violento destello de amarillos y violetas,

un jardín de espléndidos ópalos

en cadencia de las horas líquidas y la imagen de tu cuello, 

de tus hombros, de tus manos calientes

y entonces, como locos, deseamos el destierro.

Caer de la gracia a la esclavitud de nuestros cuerpos,

escalar mansamente la espera cada tarde.

Manos ajenas, ojos distintos, fuego donde nadan las almas al alba.

Nuestros cuerpos transitan la indeleble sombra de luces violeta,

desenfrenado campo donde ahogamos la soledad.

 

III

Todo es una verdad desplazada, impuesta por astros distantes,

movidos en la estela ardiente de manos apagadas.

Todo es un ruido disperso, susurro al viento, cantidad

de pasos caminados.

 

 

 

 

Ancla de luz
Ancla de luz

*Poema publicado en Ancla de Luz, Poesía en la Facultad de Derecho de la UNAM, compilada por Eduardo Cerecedo.

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