Soplo de ceniza (2019), de Eduardo Cerecedo

por Román Guadarrama

Toda ciudad o pueblo −que se precie de serlo− tiene su poeta, y Tecolutla, Veracruz, tiene el suyo: Eduardo Cerecedo. Este escritor ha dedicado su vida a exaltar las distintas aristas y rostros de su tierra natal: el mar, las olas, las palmeras, los ríos, los manglares, los pájaros, los cocuyos, los lagartos, la lluvia, la la noche, la luna… Pero esto no lo convierte en un escritor engolado, simple, como son la mayoría de los rimadores pueblerinos, sino en un orfebre de la palabra, un trovador de altos vuelos. Si bien, todo pueblo tiene su cantor, no todos tienen uno bueno; y debo decir que Tecolutla tiene con Cerecedo un excelente poeta.

          En principio, quiero hablar de los textos editados anteriormente porque quiero compararlos y contrastarlos con su nuevo libro, recién salido de la imprenta de la UNAM: Soplo de cenizas (2019). Sí, por supuesto, aparecen similitudes y diferencias. Este nuevo texto es, sobre todo, un libro de madurez, donde la sabiduría acumulada con los años se manifiesta de punta a cabo; aparecen otros temas, otras formas, otros ritmos y, de paso, el escritor nos revela nuevas posibilidades poéticas. De esto hablaré más adelante.

          Influenciado por los poetas tabasqueños, Carlos Pellicer y José Gorostiza, Cerecedo pule, refina, una y otra vez las formas poéticas hasta agotarlas. En la mayoría de sus libros los poemas son impresionistas, por lo general, breves, donde el paisaje desfila, brilla y estalla frente a nuestros ojos; pero, a la vez, nos permite develar esos misterios que, por ser evidentes, ya no advertimos. Como turistas hastiados del viaje pasamos frente a los panoramas sin gozarlos; sí, en el camino de la vida hemos perdido la inocencia, la maravilla de la naturaleza se muere ante nuestros ojos. Entonces, tiene que venir un poeta como Eduardo Cerecedo para revelarnos los misterios del trópico. Este es el primer rasgo de su poesía: su amor a la naturaleza. Lo podemos observar en la mayoría de sus poemas, pero daré un solo ejemplo: el texto “Los Tordos” de uno de sus primeros libros Marea del alba (1995):

          Los tordos posados sobre el alba

          ennegrecen los árboles de niebla en el malecón.

          Diciembre escurre en las ramas del invierno –enfrente−

          el río Tecolutla a todo vapor anuncia en el salto de los peces

          su corriente. El velador del parque ha sonado su chirrión de mecate

          ahuyentar a los pájaros del alba su tarea.

          Los pichos resisten tal intento, el tronido del alba fuga su garganta.

          La contemplación es la operación mental que consiste en percibir la realidad sin emitir juicios. Esta simple definición es avalada por los místicos, sean cristianos, budistas o sufíes. La contemplación es, para ellos, la práctica más eficaz para acercarse a Dios, sin palabras, sin juicios, cara a cara, observando el misterio; esta es, pues, la reina de las prácticas espirituales, según San Juan de la Cruz. En el caso de Cerecedo la contemplación no es exactamente la misma operación, sino una práctica un poco distinta. El poeta contempla la naturaleza, se impregna de ella, se subsume, sin juicios y, luego, espoleado por la emoción, se pone a construir un artefacto lingüístico, vivo, con el ánima suficiente para moverse solo. Y el resultado es un texto cercano, pero no semejante a la contemplación; se aproxima un poco más al impresionismo: imágenes, no juicios; expresión lingüística, no sentimentalidad; poema y no poeta, tal como lo podemos ver en el texto “Crece la lluvia” de su libro Cuando el agua respira (1992):

          Oigo crecer la lluvia

          en el vientre desnudo

          de la noche:

          A esta hora

          que domina el sueño.

          Crece la lluvia,

          moja el vuelo del silencio

          fractura de reflejos

          inunda la grieta de mi sombra.

          Crece la lluvia,

          la noche avanza

          trepa bardas, atraviesa el estero,

          desmenuza a la luna en su cauce,

          baja a beber de los charcos…

          En su primer reflejo

          toca el mar.

        En su trabajo de escritura Cerecedo procura asomarse lo menos posible a sus poemas; más bien, se convierta en el canal, en el médium que traduce el instante. Este es, según yo, el segundo de los rasgos más evidentes: una poesía casi sin poeta: sólo contemplación, impresión, imágenes. En un siglo dominado por la autobiografía y la exaltación narcisista, el veracruzano evita asomarse a los espejos de sus escritos; no, no busca ser otra imagen más, sino un fiel espejo del fenómeno: un traductor de instantes en palabras. El poeta es parte de la naturaleza que se acecha a sí misma; con él, al poetizarse, la naturaleza se vuelve consciente de sí, consciencia fugitiva, vibración. Eduardo es humilde, sabe que el poema no vale tanto por el rostro del creador, sino por el artefacto mismo; conoce además que el poeta es un instrumento de las palabras, un medio para mostrar las ilusiones de la realidad, los destellos de “Maya” (como dirían los hindúes). Es el caso del texto “Mar de peces” del libro Cuando el agua respira (1992):

          El mar hace de los peces:

          primavera.

          La luz se llena de pájaros,

          se deshace el viento

          la tarde se ahoga en el mar.

          A lo lejos dos ríos se desnudan

          para colmarse de sol.

          Cerecedo procura hacer una poesía impersonal, impresionista, contemplativa, donde la emoción se manifiesta por medio del paisaje. Ante él, la Voluntad (como diría Schopenhauer) revienta frente a nuestros ojos y el poeta recoge las astillas de la experiencia: una serie de poemas donde la naturaleza se expande, tiene brazos y pies, anda por los caminos, repta, vibra, se contonea, resplandece o aparece como una niebla de sonidos y silencios en la madrugada; está animada por una fuerza interior; un eros no desatado, sino contenido, latente, con el influjo necesario para echar a caminar el poema. Allí, en esos reductos, el poeta, auxiliado por sus cinco sentidos, prueba, desaprueba, junta, separa, alinea las palabras para ir tejiendo la alfombra persa del texto, un tejido cuyos paisajes se suceden como en una película. En ellos cifra el poeta su huella en el mundo, como en el poema “La pesca” del libro Luz de trueno (2000).

          Mi primer poema

          lo hice a la mar,

          vi como lo deglutía

          el verde en cada verso.

          Desde entonces

          siento el hambre

          de los peces retozar

          en mi pulso.

          En los poemas de Cerecedo no aparecen por lo regular el amor, la amistad, la felicidad… Este es otro más de los rasgos más esenciales de su poesía. Desde joven se desmarcó de la estética romántica y de sus tópicos, tampoco se enganchó a la carreta de la vanguardia y a sus desbordados artificios; paciente, se ha dedicado a desentrañar los múltiples rostros velados de su amada tierra: Tecolutla, Veracruz. Circunspecto, va y viene por esos caminos, incansablemente, impulsado por el vendaval de la nostalgia, por esos recuerdos remotos de la infancia y la adolescencia que lo marcaron. Debo puntualizar: Eduardo Cerecedo se salió de Tecolutla, pero Tecolutla se quedó en su interior. ¿Cómo deslavar el colorido tatuaje de los paisajes interiores? Imposible. “Infancia es destino”, diría el psicoanalista Santiago Ramírez. El poema “La casa”, del libro Asombro de la sombra (2014), se escribe espoleado por la nostalgia:

          Yo tuve una casa, un caballo y un arroyo

          también tuve una familia, la casa

          que hoy me acompaña se miró en el espejo

          de agua de esa corriente.

          El caballo tenía una veladora en los ojos,

          un panal de miel horneada su mirada,

          ahora se ha ido la familia,

          y lo que me queda es fundar otra

          en otro campo, en otro clima –el de la memoria−

          para espolear el temblor de esas aguas

          con las que se ha ido a otra parcela

          de más agua, en otros ríos. Allí donde el relincho

          me sirva de pañuelo y limpiar mis ojos

          con el aire de otro cielo.

        Su último libro, Soplo de ceniza (2019), es, como ya dije, un texto de madurez, escrito en una noche, con un mismo tono y una misma obsesión; sesenta y siete artefactos que son, al mismo tiempo, un solo poema, como lo ha señalado con mucho acierto el crítico literario Armando Oviedo. Sí, todos los textos orbitan alrededor de sí mismos y de los demás. Los escribió impulsado por sus ímpetus líricos y no descansó hasta terminarlos. Y celebro que sea la UNAM, su alma mater, quien lo publique; esto, de alguna manera, consagra al poeta, pues la Universidad Nacional no publica a cualquiera. En los poemas de este libro aparecen otros temas, otras obsesiones, pero, ahora sí, el poeta asoma la cabeza, presenta a su familia: a su mujer, a sus hijos; éstos aparecen como telones de fondo, como objetos del paisaje. En este poemario, continúa obsesionado con el trópico, con la noche, con los ruidos, pero ahora lo hace con el dominio de la técnica, que lo lleva a profundizar con más eficacia en los dilemas humanos. Es el caso del poema XXXIII:

          ¿Qué vacía

          la noche

          en madurez?

          Tierna y recia, las doce abre el meridiano

          un nacimiento,

          pare la madrugada el aroma de mi mujer,

          ahora nueva, alumbrando

          con su sueño

          lo que escribo.

          Golpea la noche el techo convertido en agua, se escapa de esa

          luz, me la devuelve más real; hace volverse a ella y decirle

          al oído:

          canta agua tu sueño,

          porque duerme

          y restablece la estancia que se destroza en mi mano.

          El poeta veracruzano despliega sus certezas, sus iluminaciones, pero no para desbordarse líricamente, como lo haría un poeta menor, sino sólo para el arranque y la creación del objeto literario que le devuelva al paisaje, a la noche, al mar, al instante: el misterio. Sí, el amor existió en los inicios de la vida, en los tiempos de Adán y Eva, pero ahora se extravió en los laberintos del mundo. ¿Cómo podemos rescatarlo? Lo único que permanece en el tiempo es el poema para dar fe y constancia de la vida. Es el caso del texto XXX del libro Soplo de ceniza (2019).

          Los de aquí abajo, bebemos el cielo y la noche al mirarnos

          en la luna

          que levanta el tejado después de la lluvia.

          El perfume de la noche sostiene el peso del mar, volviendo al mar,

          señalo:

          el amor reinaba todas las cosas,

          digo,

          en un principio. Aquí el laberinto.

          De esta manera la vena poética fluye y no parece tener fin. La creatividad del escritor es un soberbio desplante de energía, de vida. Eduardo Cerecedo es un poeta en todos los sentidos de la palabra: por sus intereses, por su oficio, por su trabajo, por su visión personal. Escribe también reseñas, ensayos, cuentos, novelas; se desdobla en múltiples personajes para coordinar talleres en la UNAM, en el INBA, en los Faros, en los cafés, en donde sea. Es un maestro por vocación y de tiempo completo. Modesto, no tiene las ínfulas de divo, va por la vida con el paso de un hombre esforzado, humilde. No, no habla engolado ni comenta sus viajes o sus logros. Sabe bien que la tarea del poeta es escribir buenos poemas y no desfilar como “gallo galante” por los inmundos corrales de la literatura. Es pues un poeta maduro del que esperamos muchos libros y muchas enseñanzas más. Enhorabuena, maestro.

[Cerecedo, Eduardo, Soplo de ceniza, México, UNAM, 2019, 81 p.]

Consejo Editorial

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