Un pacto de la mirada con el oído

por Eduardo Cerecedo

Un minucioso trabajo con las palabras, éstas certeras de lo que nombran, de lo que asignan y designan. Así es la labor del poeta, doscientos textos, denominados haikús, con variedad al conformarlos. Los hay, los que siguen la regla, otros tantos son libres, otros clásicos; una variedad de poemas forman y vuelven a conformar esos tres versos agudos; con verso, con frase poética, con verbo. Esta variante escritural en la factura de los haikús, le dan un solvencia poética para apuntar y dar en el blanco de cada lector. Como es un hecho, el gozo, el sarcasmo, el apotegma, el aforismo, el chiste, el refrán, todo cabe en esta forma poética de la brevedad, Agustín Monreal, el narrador de cuentos, también poeta, va descubriendo en lo avatares de la literatura las formas de expresión que le permiten ser él mismo, su humor corrosivo que lo distingue, ahora en Esto que pasa en mi corazón, le cede la oportunidad de lanzar flechazos al mundo, esa manera de trabar el lenguaje, para que diga lo que tenga que decir y deba expresar, pues es, una característica que le permite el idioma.

          Ya Baltasar Gracián puntualizó: Lo  bueno, si breve, dos veces bueno. Esa expresión, refrán, sentencia, adagio, máxima, dicho, aforismo, encuentra en la escritura de Monsreal, el universo buscado para solventar esa vertiente del espíritu creador, de a quien se le ha dado la voz breve, hábil para ajustar el lenguaje en forma de lanza o piedra, según es el caso, para golpear al lector, bofetearlo, destrozarlo, hacerlo polvo con el asombro, con el rubor, con el temblor en lo alto de lo que significa esta palabra o clavarlo con el metal de la flecha. Es decir, el lector de este libro donde la poesía busca lo abrumado como resultado de ese juego, donde el haikú cumple la función de una explosión literaria. Por tanto, la palabra ha encontrado el arco, y el arco la flecha y la flecha a su arquero para dar en el centro de las cosas. Aquí el lector satisfecho de lo que lee. Ejemplo: “El amor sube/ por el frío del alma/ y lo derrite”. O este otro “Amor, amores: / tantos han sido: pero/ el suyo queda” y este otro “Fuimos espejos/ para multiplicarnos/ beso a beso”.

          Así transitan las palabras de Agustín Monsreal en la obra, cuya avenencia con el lenguaje lo lleva cambiar el estado de ánimo de los lectores. Siendo éste, un juego de ambientes, espíritus, donde la mirada y el oído pactan, el sitio de convergencia y divergencia para mayor gozo estético en varios sentidos, tanto de expresión como de detalles de facturación, es decir, la fragua de formas expresivas le confieren al lenguaje un brillo especial. Así, Esto que pasa en mi corazón, evoca emociones de lo cotidiano, siendo éstas, el menester de quien escribe su vida, una alternativa del vivir. Cito “De sur a norte/ el fondo del espejo/ guarda la noche”. Apunto que es un bello libro como objeto, serigrafía de portada, doble guarda a color, solapas, también hay dibujos a tinta, que se ajustan a lo que el autor ha referido. Quiero pensar que las ilustraciones son del autor, aunque no lo señalan en el libro.

MONSREAL, Agustín, Esto que pasa en mi corazón, Naveluz, 2016, Colección Mandrágora. (119 p.)

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