La edad de la rebeldía

por Armando Oviedo

Parece indiscutible y hasta cierto punto elemental decir que los poemas son un asunto de palabras. Sin embargo, no son palabras puestas al azar ni ordenadas en escalerita, ni sencillas, pues en ellas, como en todo texto trascendental, no sólo en versos, se colocan y se reúnen las mejores palabras de la tribu.

          Aunque considero que no hay palabras buenas ni palabras malas, hay palabras como puños o palabras como caricias (a veces el tacto toma la palabra), esto es lo más interesante para la práctica poética pues quien se haya acercado a los versos leídos o escritos, sabe que en ellos, se refleja la quietud de dos almas que han sabido ser dichosas.

          Es por ello que la voz cantada, como toda lengua buscando ser dichosa al arrullo de su plena juventud, es una lengua absuelta y libre de ataduras, nos invita a bailar en los oídos ajenos desde su sonoridad (un no sé qué que qué sé yo) o a golpear con la contundencia de una nube.

          Las palabras también son gritos o señales de descontento. Y es en el libro Poemas para la revolución, de Carolina Alvarado, donde la palabra revolución salta a mitad de una escena tranquila y en blanco. Es una palabra con antifaz. ¿Por qué? porque en México la palabra revolución nos fue expropiada por un partido que duró más de ochenta años en el poder de joder y, como muchos de sus saqueos en despoblado, también nos ha saqueado el imaginario colectivo de las palabras como generalidades.

          Sin embargo, es por los escritores que las palabras recuperan su valor evitando el precio y esas palabras vuelven a tomar la idea primigenia y les tuercen el rabo para que chillen las muy cabronas, para que otros vientos vengan a refrescar el imaginario colectivo sosegado por los golpes mercenarios de la palabra cacofónica y vacía.

          El poemario de Carolina Alvarado se compone de tres temas principales que no deben ser modas de modistos modestos: feminismo, rebelión e indignación. Todo ello conjuntado en poemas cortos y contundentes o en poemas efusivos como ríos de memoria, como cantos de la tierra y la tradición. Los versos de Carolina son transparentes por su transparencia.

          Desde esta claridad la autora asume la sencillez de la voz con una arquitectura verbal de río, en cuyo lecho descansan poemas-piedras, tal y como puede verse al principio, o al final, según se navegue por la lectura del torrente de los poemas en Poemas para la revolución. Ese recorrido está señalado gráficamente con poemas destacados en cursivas, a manera de reflexión o formando otro poema sedimentado, puesto a la orilla del deseo.

          Debido a esta disposición tipográfica tenemos dos lecturas del libro: desde la orilla o dentro del caudal. Ahí suenan afortunados trozos de dolor, engarzados con dramas particulares o históricos de una tragedia que toca a la puerta de cada uno de nosotros y que no debemos olvidar, según sentencia la poeta en homenaje a la palabra antigua en la persona de su abuela,

Abuela luciérnaga,

Vos sabés que no te han seguido

Los escuadrones de la muerte,

Es la patria que está llena de ellos.

A vos vendrá la parca, si te encuentra,

Pero vos seguirás siendo

Abuela revolución.

          En el prólogo de Poemas para la revolución, escribe el poeta Héctor Carreto, “Uno de los temas más difíciles de abordar en la poesía es lo político”. (Quizá por eso Carreto prefirió, en su libro Coliseo, acercarse a este tema por el lado menos virulento pero no más rebelde del verso que ataca: la ironía. Lo hizo mediante los poemas civiles que presagian el levantamiento armado de la palabra. Como también lo hizo Efraín Huerta circulando entre la civilidad, el panfleto, el compromiso, la ironía y el amor). Carolina, con el juego de la sátira —sin minimizar el dolor o el coraje—, juega desde algunos de sus poemas dedicados al feminismo –con esa ironía de acero que nos recuerda a la Anne Sexton de Transformaciones, en traducción de Angelika Sherp— e instala la otra rebelión de las colgadas por el cliché. Y si no se está de acuerdo, véase en los títulos: “El mandil como bandera” o “Adiós al brasier”; hay mordacidad y crítica de lo inmediato a lo cotidiano, lo antinatural, que hay en el trato insensato a la mujer por parte del orden simbólico falogrocéntrico sin violencias de género.

          Poemas para la revolución tiene un título que a simple vista puede parecer panfletario y fuera de uso. Eso parecería porque el discurso “revolucionario institucional” ha degradado el lenguaje hasta hacerlo “cantinflismo social” para solaz de su comodidad ideológica.

          La revolución y su raíz no son una moda donde no pasa nada. Es la condición y la edad constante del descontento. No hay edad para ser revolucionario. Se decía que ser joven y no ser revolucionario es una contradicción, pero se puede ser joven de manera permanente, como la revolución. Y Poemas para la revolución, desde su rebeldía y a pesar del título, es jovial por su enfado, es jovial por su forma, es jovial por sus palabras duras, amorosas y sinceras, y si esas palabas llaman al viento, a esas palabras les nacen alas.

          En Poemas para la revolución cada poema es un grito, un pregón, un sacudimiento a la conciencia, aletargada por las noticias como recuento estadístico. Son poemas para leer con el corazón en la mano, pues los poetas –dirá Sergio Vaz, poeta brasileño— pueden hacer trasplantes de corazón a mano limpia para que las personas amen nuevamente.

          Sin embargo en ese corazón de raíces profundas –cómo se puede ver en la portada del libro, con un dibujo de la misma Carolina Alvarado— late, desde los remansos ya citados, poemas breves para saborear, para escuchar y para compartir; poemas que, a mi particular entender, le dan sabor a esta lengua de pájaros de otros diluvios.

          Un espíritu recorre el libro de Poemas para la revolución, y es el espíritu primario, la mirada clara, directa y sin subterfugios de la cruel realidad que recicla la injusticia, misma que pesa cada vez más. Esta cercanía entre verso y violenta realidad latinoamericana habla de cómo cada día se muere sin el registro del dolor cotidiano con gotas de amor, sin que nadie haga nada –solo los artistas–, para que los ciegos del alma puedan abrir sus sentidos.

          Si Carolina Alvarado, como antes José Emilio Pacheco, Héctor Carreto, Efraín Huerta, o los jóvenes poetas chilenos Sebastián Figueroa y Martín Cinzano, no nos hicieran el guiño poético de la palabra de lo que no se va, nadie se daría cuenta de cómo nos acercamos al puerto de la esperanza.

Porque la boca es el muelle

Del que parten las palabras,

Las sobrevivientes de un naufragio

 

Carolina Alvarado, Poemas para la revolución, Diablura ediciones, colección Hodiernos 3, Toluca, 2019. 62 pp.         

 

  

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