No te dejan salir

de Alonso Marín Ramírez

Cuando vio el nubarrón a lo lejos, supo que tenía el tiempo contado antes de que su madre fuera a gritarle. El viento soplaba fuerte y las nubes corrían de prisa; su experiencia le permitió calcular unos diez, quizá quince minutos hasta que lo obligaran a entrar a la casa. Entonces ella vendría a decir primero Toño, después Antonio, y por último hijo de tu chingada madre, sabes que eres asmático, vente de una vez para acá.

          Antonio intentó apurar el juego, y le dijo a sus primos que era su turno de contar. Los demás de inmediato fueron a esconderse; él se apoyó sobre el tronco del árbol que siempre usaban de base. Recitando los números en voz baja, pensó que el otro problema llegaría cuando tuviera que decir uno-dos-tres para Lilia que está detrás del árbol, o uno-dos-tres para Eva que está entre los arbustos. Sabía que era inevitable que se atorara con la consonante fuerte: uno-dos-t-t-t-tres para Marco que está det-t-t-trás de la barda.

           Por fortuna, el número que tenía que gritar en ese momento siempre le había salido bien:

           ―¡Cieeen! ―gritó Antonio, y comenzó a correr hacia el campo en busca de los demás.

          Jugar a las escondidas en casa de su abuela era el clásico juego de los primos. Aprovechaban que la casa estuviera en el campo y el amplio patio ofreciera lugares excelentes para inventar escondites o camuflarse. La madre de Antonio le permitía jugar siempre y cuando no hubiera mucho viento, no hiciera frío, el sol aún estuviera puesto, las nubes no estuvieran grises, y después de tres disparos de su medicamento: el asma ya le había costado múltiples consultas con especialistas y no menos visitas a urgencias.

          Como el viento era fuerte, Antonio tuvo que insistir mucho, casi rogarle a su madre que lo dejara jugar con sus primos. La verdadera razón era Eva, la amiga de su prima Lilia, a quien esta última en ocasiones llevaba para jugar con ellos. No iba muy seguido, pero cuando lo hacía Antonio buscaba la manera de estar presente, de enseñarle el mejor escondite; siempre le gustaron las chapas en sus mejillas y el olor como a frambuesa que desprendía al sudar. Pero también sabía que las cosas estaban en su contra: su tartamudeo, el asma, tener nueve años y que ella tuviera diez.

          Antonio casi se felicitó cuando su madre tardó quince minutos en decirle que tenía que entrar. Ni cómo hacerle; era sumamente estricta y sus gritos tan atronadores que él jamás se había atrevido a desobedecerla, a no correr a la casa apenas ella le dijera que tenía que hacerlo.

          ―Bien, Toño ―dijo su madre mientras le ponía el disparador en la boca―. Ya está muy nublado. Mejor ve al estudio de tu abuelo a entretenerte.

          El estudio del abuelo era agradable, pero estar ahí a solas era más aburrido que las clases de cívica y ética. Era aún peor el martirio al saber que Eva estaba afuera con los demás, regando su olor a frambuesa por el patio. A través de la ventana del cuarto encerrado, vio las nubes henchidas cubrir el cielo y perdió la esperanza de que la lluvia cesara pronto. Se desparramó en el sillón de cuero y observó los trofeos sobre las repisas, las paredes tapizadas de libros y fotografías, la pintura con un paisaje solitario y un oso. Odiaba estar enfermo y que sus pulmones no pudieran funcionar como los del resto; enojado, se mordió la lengua torpe que lo hacía quedar en ridículo enfrente de sus amigos en el salón de clase y delante de Eva. En días como este, también hubiera querido que su madre no existiera, o apretarle un millón de veces el disparador en la boca para que el sabor amargo del medicamento le entumiera la lengua. De alguna forma, la lluvia que arreciaba afuera también lo iba haciendo en su pecho. Con el puño azotó el tablero de ajedrez que había sobre la mesa, haciendo las piezas caer al suelo con un ruido caprichoso.

          Después de un rato de estar sentado y aguantándose las lágrimas, escuchó a su madre llamarlo para comer, pero Antonio decidió no ir. Era una tortura sentarse a la mesa rodeado de adultos, mientras sus primos se quedaban afuera jugando en el aguacero y llenándose de lodo los pantalones. Tenía la verdadera intención de hacer enojar a su madre, pero cambió de idea cuando escuchó la voz de sus primos, y la de Eva, entrando escandalosamente a la casa.

          De inmediato salió al comedor, donde la mayor parte de los adultos ya estaban sentados a la mesa. No tardó en decepcionarse cuando se dio cuenta que los niños solo fueron a comer un bocadillo, alguna fruta, y a beber un poco de agua. Pronto volvieron a salir. Él se le quedó viendo a Eva, quien le dirigió una mirada rápida y después le hizo un gesto para que la acompañara afuera. Entre el nerviosismo causado por ella al hablarle, y porque sabía que no podía salir, Antonio solo alcanzó a hacer un gesto negativo con la cabeza. La niña caminó hacia él, echándose para atrás el cabello mojado; entre sus manos traía una manzana a la que le había dado ya un par de mordidas.

          ―¿Y por qué no te dejan salir? ―el olor a frambuesa parecía salirle de cada poro.

          ―P-p-por el asma. Mi mamá dice q-q-que se me cierran los p-p-pulmones.

          ―¿Se te cierran los pulmones?

          ―Aja… comienzan a chillar.

          ―¿Cómo que a chillar?

          ―Sí, hacen un silbido, como cuando se acerca un t-t-tren.

          ―¿Un tren?… Oh, qué lástima… mira, te la regalo ―le extendió su manzana―. Igual y te ayuda a sanar.

          Antonio estuvo a punto de decirle que su asma no iba a curarse por una fruta, pero en ese momento solo pudo pensar en que Eva le estaba regalando algo, una manzana a medio comer, donde ya había puesto sus labios, sus dientes. Quizá aquello fuera una señal. Sintió su rostro invadido por una ola de calor intenso.

          ―Bueno, voy a salir. Cuando se descuide tu mamá te escapas ―dijo Eva, sonriendo, antes de darse la vuelta y salir por la puerta de atrás.

          Una de las tías alcanzó a gritar:

          ―¡Pero si empiezan a caer truenos se meten, eh!

          Antonio, de pie y con la manzana en la mano, mirando la puerta que había hecho desaparecer a Eva, pensó en aquella frase que dijo su tía: “si empiezan a caer truenos se meten”. Pero claro, él no podía estar afuera ni con tantito viento, ni un par de gotas podía sentir sobre los hombros sin que su madre ya estuviera gritándole como desquiciada. Se sintió un estúpido, un cobarde. No importaba que tuviera muchísimas ganas de jugar; su vida se arruinó desde aquella tarde en que al doctor se le ocurrió decir el caso de este niño es muy grave. Un remolino de ira fue escalando por su garganta, y antes de que lo rebasara corrió de nuevo al estudio del abuelo, donde encontró refugio al sentirse solo.

          Se acercó a la ventana a mirar el patio. Observó la borrasca precipitarse furiosa contra el cristal, a veces impulsada con más fuerza por las ráfagas de viento. Una silueta que no alcanzó a reconocer cruzó corriendo la explanada. Él se imaginó en aquella sombra a Eva, y al verla alejarse no pudo evitar una sensación de abandono, de traición.

          Antonio empezó a comer la manzana que ella le dio. Pensó que quizá por una vez en su vida podría salir a jugar. Si su mamá no lo veía ―qué inteligente era Eva― podría escaparse por la puerta de la cocina, darle la vuelta a la casa y ser feliz por un momento, sentirse libre, que la lluvia le empapara la ropa como al resto. Decidió que ni siquiera se dispararía el medicamento “tres veces antes de una situación de riesgo”, como ya se lo habían dicho cientos de veces.

          Con el último bocado a la fruta, tomó valor. Ahora el regalo de ella fluía por sus venas, dándole la fuerza necesaria para salir. Aprovechando que los adultos se reían de quién sabe qué, Antonio cruzó el comedor sin problema, se dirigió a la cocina, desde donde salió a la parte lateral de la casa.

          El agua cayó sobre su cabeza como un alivio que le hizo cerrar los ojos y sonreír. Corrió hacia la parte trasera, pisando a propósito aquellos lugares donde se veían los charcos más hondos. Fue Lilia quien lo vio primero.

          ―¡Toñooo! ―gritó su prima, llevándose las manos a la boca.

          ―¡Cállate! ―exclamó él― ¿A quién le toca buscar?

          ―A Lilia. ¡Y tú te vienes conmigo! ―terció Eva, jalándolo de la camisa que ya tenía pegada al cuerpo.

          Antonio no recordaba haberse sentido tan feliz. Por primera vez Eva le decía que se fueran a esconder juntos. Escuchó la lluvia salpicar el pasto con un chapoteo que sus oídos apenas creían reconocer. El agua, empapándole ya hasta los calcetines, lo convenció de ser el niño más valiente sobre la tierra.

          Cuando su prima empezó a contar, él y Eva se fueron a ocultar tras unas gruesas maderas que se habían caído de la cerca. Ahí, con el pecho sobre la tierra, Eva lo tomó de la mano.

          ―¡Qué bueno que sí te escapaste! ¿Cómo le hiciste con tu mamá?

          ―Me salí por la cocina. Ella ni en cuenta ―sus palabras rebosaron orgullo.

          ―Mira, ya terminó de contar. Ahora que se aleje más arrancamos a correr ―dijo ella, apretándole más fuerte la mano.

          Los dos niños miraron a Lilia, que con paso lento se alejaba del árbol. Antonio hubiera querido prolongar ese momento para siempre, nunca soltar esa mano fría que se asía de sus dedos como expectante. La lluvia no disminuía de intensidad, pero en el horizonte el cielo comenzó a abrirse; una luz blanquecina hacía un esfuerzo por filtrarse a través del gris pardo. Qué importaba correr en dirección al árbol; todo lo que siempre quiso lo tenía a su lado en ese momento.

          ―¡Antoniooooo!

          El niño escuchó la voz de su madre con una furia que solo reconoció de aquellas veces en que se peleaba con su padre en la cocina o en la sala de estar.

          ―¡Qué estás haciendo, hijodetu…! ¡Vente para acá!

          Pero un último apretón a sus dedos y la mirada furtiva de Eva lo convencieron de ignorar a su madre. No había otro lugar ni otro momento. Era su única oportunidad para demostrar su valía. Más ahora que el grito había alertado a Lilia sobre la posición en la que ellos dos se encontraban. Con Eva a su costado y su prima corriendo a zancada amplia y torpe, no había más tiempo que perder.

          Antonio soltó la mano de Eva y ambos comenzaron la carrera. El niño miró a su madre que se descomponía entre gritos y ademanes, pero por alguna razón eso no le dio miedo, sino que lo llenó de una extraña satisfacción. Pensó en la manzana, en que era cierto lo que Eva dijo: ahora todas sus vitaminas lo estaban protegiendo del asma. Su cuerpo le respondió ágil, breve, rápido. Mientras corría en dirección al árbol no le molestó que la lluvia le estorbara la vista. Tampoco le importó el agua metiéndose en su boca que no podía mantener cerrada de tanto que se estaba riendo, de la emoción que nacía desbordada, y de tanto que sus pulmones estaban chillando, chillando, chillando tan fuerte como cuando se acerca un tren.

ALONSO MARÍN RAMÍREZ (Mérida, Yucatán, 1988). Es médico cirujano por la UADY y médico psiquiatra por la UNAM y el Hospital Psiquiátrico Fray Bernardino Álvarez. Actualmente se encuentra cursando la subespecialidad en psiquiatría infantil y del adolescente.

Ha participado en diversos talleres literarios impartidos por Eusebio Ruvalcaba, Carlos Martín Briceño, Agustín Monsreal y José Díaz Cervera. Ganó en tres ocasiones los Juegos Literarios Nacionales Universitarios realizados por la Universidad Autónoma de Yucatán. En el 2014 ganó el Premio Estatal de Cuento corto “El espíritu de la letra”, organizado por el Gobierno del Estado de Yucatán. En el año 2017, su colección de cuentos ¿Cuánto tiempo nos duró? obtuvo Mención Honorífica en el XXXV Premio Nacional de Literatura Joven Salvador Gallardo Dávalos, convocado por el Instituto Cultural de Aguascalientes. Por dos años consecutivos, 2017 y 2018, recibió Mención Honorífica en el Premio Nacional de Cuento Beatriz Espejo. En el año 2019, obtuvo dos premios en el 50º Concurso de la Revista Punto de Partida, de la UNAM: primer lugar con el ensayo “Los extremos desconcertantes. Raymond Carver” y segundo lugar en cuento.

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