Napoleón en harapos

de Jorge Alberto Avendaño

Por eso le vendí, su cara me dio no sé, confianza, el morro se veía de por ahí de unos veinte, veinticinco a lo mucho. Llegó a comprarme mota de pasada, me dijo que al puchador de siempre lo había pescado la poli, y simón. Lo tronaron a principios de agosto de aquel año, en el cruce donde están los mayates en la veintitrés con la tercera. No me la vas a querer creer, hijo, pero aquel morro, de mirada larga, pelo y bigote negro, era el pinche Bob Dylan, neta, sin mamadas.

          En aquellos días sabía yo pura chingada quién era Bob Dylan, ni qué chingados hacía el vato en Nueva York, viviendo en el Hotel Chelsea. Yo nomás sabía del billete verde, el único dios que los gringos respetan, el dios que me dijo mi tata, allá en Navolato, que me iba a aliviar todas mis dolencias. Por más que lo busqué, que los sigo buscando, ahora me doy cuenta que no, que resulta que el viejo estaba equivocado, puras pinchis mortificaciones me dieron los putos dólares y los putos gringos.

          Tomás holgazaneaba en la esquina sur del parque Madison cuando vio la sombra de un hombre joven acercarse a él, la gente de tez blanca le daba mucha desconfianza. Según Tomás, el negocio de la venta de mariguana se sostenía de compradores negros e hispanos, de gente cuya vida necesitaba de un escape entre humo y vapor de licor. La gente de piel clara, de ojos de color, no necesitaba de esos paraísos, su vida era fácil, sin mayores complicaciones. “¿Qué chingados trae el güero ese?”, se preguntó Tomás mientras se rascaba la corona de su cabeza.

          El hombre habló, le pidió mariguana, dos onzas, de la mejor que tuviera, dijo que iba a ver a unos amigos suyos en el hotel Delmonico y que no podía llegar con las manos vacías, a verse la cara. La voz le pareció familiar a Tomás, no sólo eso, hasta se le figuró que la imagen menuda, de bigote ralo y rizos negros, de mirada perdida en la oscuridad de la noche, concordaba perfectamente con el carácter huidizo mostrado por el hombre, le pareció uno de esos bohemios que tan de moda estaban al sur de la calle Houston. Eso le gustó al vendedor de droga, la pinta de hombre que no tiene nada que perder, que no delataría quién era su contacto, sin importar qué lo golpeara la policía neoyorquina.

          Por eso me fui acercando de a poco al terreno, por las pinchis decepciones de la vida, hijo, primero Chicago, luego a East Los, luego de regreso acá, al pueblo.

          ––¿Y qué pasó con el vato ese? Con Bob Dylan.

          Le di mota de la mía, de la que me iba a fumar con la Rosario esa madrugada afuera del Blue Note, oyendo el jazz, de la que iba a usar para olvidar con ella el presente, hasta que nos amaneciera. Sí, se la vendí más cara, más de lo que se la vendía a los paisanos y a los mayates, de todos modos qué, ni modo que reclamara el vato. Creo que le gustó que le diera de la especial, de la fresquecita, de la number one. Igual y fue por eso que me invitó a ir con él a su reunión. Mi tata me enseñó a no andar valiendo verga, pensé en aclientarme, en empezar a venderle mota a los ricos del Uptown y de la Quinta Avenida, es más, hasta una casa cercada de palos blancos me compré en el rato que caminé junto con el morro ese al metro de la 23 y Park, neta, sin mamadas.

          Lo reconozco, la cara afilada, así como de ratón el vato, me seguía dando desconfianza, a estas alturas ya no sé ni por qué. Se fue forjando un churro en lo que caminábamos, uno pequeño, de vida corta, recordarlo es estar ahí otra vez, cada que me acuerdo de ello me voy perdiendo de a poco en los detalles. Todavía me invade la nariz el olor a cañería y basura que se respiraba afuera de la estación antes de que empezáramos a quemar hierba, me acuerdo también de las luces de los rascacielos tapando las estrellas, de las manos de Bob sobre el cigarro enrollado. La noche era muy sorda, o ya no me acuerdo a qué sonaba, si acaso alcanzo a oír el chasquido del Zippo y de la trepidante flama que retorcía la hojarasca de la mariguana seca.

          Ya adentro del metro todo cambió, todo era luz, todo era sonido, los trenes rompían los tímpanos cuando cortaban el aire y doblaban el acero de los rieles, al acabarse el hostigamiento de los oídos se te saturaban los ojos con los colores y las placas que la raza les pintaba, eran profetas de la palabra, neta, sin mamadas. La mariguana que traía pegaba, rápido y duro, por eso le decíamos la midnight express, la number one, la que te hacía ser capaz de oler los perfumes de la gente que viajaba apretada junto a nosotros, la que te hacía sospechar de los tres vatos que se quedaban con los ojos clavados a donde estábamos Bob y yo, la que te hacía ponerle mucha atención a las palabras de libertad que salían de entre sus labios olorosos a Lucky Strikes, hierba y Bourbon.

          Para cuando llegamos al Delmonico el vato ya me había convencido de que el hombre vivía oprimido, sin esperanza, sin rumbo. Me llamó mucho la atención una tonada que bajita la mano empezó a tararear el vato, el puro sonido desafinado de su garganta se tragaba el ruido proveniente de Times Square, competía con los gritos roncos de los ebrios en las cantinas cubiertas de olor a mierda de cañería neoyorquina. De a poco le empezó a meter palabras, sonaban a reclamos, a andar solo, al rodar de las piedras. A los años oí una parecida en Chicago, en el Boston Club, nada más que cantada por José Alfredo.

          La entrada del hotel estaba llena de gente tan variada que parecía junta de las Naciones Unidas, fotógrafos blancos, policías negros, fanáticos judíos, y yo, un mexicano sin mucho oficio, un morro que se había ido de su pueblo para irse a la pesca en Canadá, que terminó vendiendo mota en Chelsea. Me dio culo entrar, pensé que nos iban a pasar báscula y que nos iban a chingar a los dos, pero más a mí, por estar prieto de la cara y de los codos, por no ser judío, de ojos claros y pelo crespo negro, como los chilos, los dueños de Manhattan.

          Clarito me acuerdo de la fecha, 28 de agosto, del 64, la feria mundial estaba de visita en medio de una ola de calor que le torcía la vista a uno, hacía tanto calor que estoy seguro que el vapor de las alcantarillas era una mezcla de miados, mierda evaporada y agua sucia del río. Vas a pensar que soy bien mamón, un ruco que ya se le está pelando la memoria, pero exactito, a los diez años naciste tú, por eso te puse Roberto, para que nos acordáramos siempre, tú, tus hijos y tus nietos, de la vez que le vendí mota a Bob Dylan.

          La transparencia en la forma de conducirse de Tomás, la candidez que mostraba, tan similar a la de las personas que abandonan sus pueblos natales para emigrar a las grandes ciudades en busca del éxito, hizo que el hombre se revelara ante él, –My name’s Bob Dylan, man, le dijo el hombre, en un acento todavía cercano al de Hibbing, Minnesota. Tomás le respondió con su nombre, en un español fuerte, del noroeste del país, sacado de la más profunda cercanía del panteón de San Pedro, en Navolato, ––Me llamo Tomás Valenzuela, por acá me dicen el Tommy. Sin hacer más reacción ante el destape de la promesa del folk estadounidense.

          En ese momento Bob Dylan, quien había tomado el apellido de Dylan Thomas, y Tomás Valenzuela, quien se llamaba así porque así se llamaba también su abuelo, quedaron unidos en la complicidad de la noche. Dylan invitó a Tomás al encuentro que había arreglado con los Beatles en el hotel Delmonico, el que cambió para siempre la historia del rock. Fumaron un cigarrillo de mariguana y se enfilaron a las entrañas del metro con rumbo al centro caliente, sudoroso y extenuado de Manhattan, en medio de una ciudad maldecida por el eterno insomnio de su ritmo.

          Dylan encendió un cigarro al bajarse en la estación de la calle 59, el fresco de la calle hizo que recordara sus días en Francia, un rencor le recorrió de a poco los intestinos, le salió por entre sus fauces en medio del humo del Lucky Strike y el Bourbon rancio con el que se enjuagaba los dientes. Comenzó a canturrear lo que sería la base de Like a Rolling Stone y avanzó despreocupado, empoderado por ser quien era. Tomás se quedó atrás, miró la espalda de Bob Dylan y, sin mediar palabras, se regresó a la estación del metro. Dylan ya no supo de él, ni le volvió a buscar, pensaba que no necesitaba esas complicaciones, no él, no un judío en Nueva York que estaba a punto de reunirse con la banda con más ventas del momento.

          En el pecho de Tomás se anidó una sensación fría en medio de la caliente noche neoyorquina, posó su mirada en una frase escrita en el interior del vagón en el que se regresaba a su terreno en el sur de Manhattan, “A huevo si, los tiempos están cambiando”, pensó para su interior, pasmado por la extrañeza de lo que acababa de vivir al tiempo que regresaba a la superficie de la calle 23 y miraba con rumbo al parque en el que vendía droga y sueños artificiales a los vagabundos del dharma, habitantes de la media noche que se dibujaban a sí mismos entre las sombras de los árboles y la estatura de los edificios alrededor del parque Madison.

 

JORGE ALBERTO AVENDAÑO nació en Culiacán, Sinaloa, una tarde de agosto en la que hacía mucho calor. Estudió la licenciatura en lengua y literatura hispánicas en la Universidad Autónoma de Sinaloa, y la licenciatura en Letras Ingleses en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Actualmente vive en Ciudad de México, donde trabaja como profesor de literatura y traductor, a la par que escribe y cuenta historias.
            Fue ganador del 2º Certamen nacional de relato personal Mi historia inolvidable, convocado por UNAM en 2015, y del Premio nacional al estudiante universitario, otorgado por la Universidad Veracruzana, en la categoría de cuento «Sergio Pitol» 2017. Ha publicado en las revistas Timonel y Vuelo de jaguar.[/caption]
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