Bartleby o las aporías de la voluntad

de Gustavo Barajas Gómez

Bartleby es el tipo de hombre que necesita la modernidad. Es el ejemplo de la buena educación, disciplina e integridad que nos exige la sociedad y por la que padres, escuelas y gobiernos se esfuerzan en inculcar. De hecho no se puede decir absolutamente nada malo de él. Escribe su empleador: «En contestación a mi aviso, un joven inmóvil, apareció una mañana en mi oficina; la puerta estaba abierta, pues era verano. Reveo esa figura: ¡pálidamente pulcra, lamentablemente decente, incurablemente desolada! Era Bartleby. Después de algunas palabras sobre su idoneidad, lo tomé, feliz de contar entre mis copistas a un hombre de tan morigerada apariencia, que podría influir de modo benéfico en el arrebatado carácter de Turkey, y en el fogoso de Nippers».

          Sus otros dos trabajadores, de los cuales el primero, Turkey, después del medio día comienza a menguar su capacidad para el trabajo. “No digo que se volviera absolutamente haragán u hostil al trabajo. (…) Hacia con la silla un ruido desagradable; desparramaba la arena; al cortar las plumas, las rajaba impacientemente, y las tiraba al suelo en súbitos arranques de ira; se paraba, se echaba sobre la mesa, desparramando sus papeles de la manera más indecorosa”. El segundo, Nippers, “víctima de dos poderes malignos: la ambición y la indigestión. Evidencia de la primera era cierta impaciencia en sus deberes de mero copista y una injustificada usurpación de asuntos estrictamente profesionales. (…) La indigestión se manifestaba en rachas de sarcástico mal humor, con notorio rechinamiento de dientes, cuando cometía errores de copia; innecesarias maldiciones, silbadas más que habladas, en lo mejor de sus ocupaciones”.

          Bartleby era frente a estos típicos trabajadores el ejemplo de la eficacia y el compromiso, del respeto y  la obediencia: «Al principio, Bartleby escribió extraordinariamente [−dice su empleador −], como si hubiera padecido de un ayuno de algo que copiar, parecía no hartarse con mis documentos. No se detenía para la digestión. Trabajaba día y noche, copiando a la luz del día y a la luz de las velas. Yo, encantado con su aplicación, me hubiera encantado aún más si él hubiera sido un trabajador alegre. Pero escribía silenciosa, pálida, mecánicamente».

          Bartleby tiene la personalidad adecuada para el sistema social, económico y político establecido. Es el hombre idóneo para el trabajo que exige la burocracia. Un individuo que, a diario y hasta el fin de sus días, realiza sin reparos y sin preguntas una actividad sin fin y sin sentido; habituado a una rutina infinita y mecánica. Este tipo de ser encaja perfectamente en los engranajes del mundo moderno, donde lo inesperado, el azar y la espontaneidad rompen la planeación, el orden y la disciplina. Y esto es posible porque Bartleby ha reducido al mínimo su voluntad; no desea nada. No tiene ilusiones, sueños o metas que alcanzar. No padece de arrebatos emocionales, no se enoja, no se entristece ni se alegra, desarrolla sus labores de manera perfecta con pulcra e inaudita indiferencia.  La voluntad del individuo ya no es dominada y ni siquiera afectada por las pasiones, las necesidades o expectativas. Todo aquello por lo que un hombre actúa le es irrelevante. Tener un buen empleo, una familia, bienes, reconocimiento o cualquier otra cosa que satisfaga y llene de cierta felicidad al individuo, para Bartleby es insignificante. La voluntad  no se dirige a ningún objetivo, ha quedado atrapada en el círculo de la rutina y en su labor mecánica. El deseo, fundamento y origen de la voluntad, sólo tiene fuerza para persistir y hacer valer su existencia a través de una labor sin sentido. Podríamos decir incluso que el hombre, al no desear nada de lo que la sociedad le ofrece para su satisfacción, se encuentra fuera de las determinaciones y obligaciones del mundo, es en sentido estricto, un individuo libre que ha roto las cadenas que lo atan a los demás. En  su laboriosidad y actuación mecánica, Bartleby ha logrado una libertad casi absoluta al vaciar de sustento y significado toda acción productiva, positiva o deseable de acuerdo a los principios de la sociedad.  Es catalogado como excelente trabajador, pero él no quiere ser un excelente trabajador ni le importa serlo. Sus copias son perfectas, pero no es un logro ni de sus capacidades ni de su voluntad, ya que él jamás busco tal perfección; sólo realiza, como de costumbre, sus deberes, que en el fondo para él son vacíos e inútiles. Su voluntad pues parece  determinarse por sí misma y no por cuestiones ajenas.

       Desde esta perspectiva podríamos decir que la fuerza de la voluntad de Bartleby crece al ir  rompiendo los hilos que la atan al mundo.  Poco a poco se va deshaciendo de toda pasión, de todo interés,  necesidad o deseo. Lentamente su ser se reduce al actuar mecánico de la rutina hasta que esa misma fuerza de voluntad, esa expresión de libertad absoluta, encuentra su punto culminante al negarse a realizar la labor que lo hace permanecer y existir como miembro de la sociedad:  “Imaginen mi sorpresa , mi consternación [−dice su empleador−], cuando sin moverse de su ángulo, Bartleby, con una voz singularmente suave y firme, replicó: Preferiría no hacerlo.”  La  negativa del hombre desequilibra el sistema. El mecanismo de la burocracia no soporta lo inesperado ni el libre albedrío. El trabajador callado y cumplido, sin ambición y conformista, al resistirse a la rutina, se transforma en el engrane que puede desajustar el orden. “Me quedé un rato en silencio perfecto, ordenando mis atónitas facultades [−escribe el empleador−]. Primero se me ocurrió que mis oídos me engañaban o que Bartleby no había entendido mis palabras. Repetí la orden con la mayor claridad posible; pero con claridad se repitió la respuesta: Preferiría no hacerlo.”  El hombre que había eliminado toda determinación externa de la voluntad como causa de sus acciones, y sólo se regía por el “principio del deber”, un fundamento puramente racional e idónea para la sociedad moderna y su vida burocrática, ha roto con su negativa el último lazo que lo ataba al mundo. “−Preferiría no hacerlo-, repetí como un eco, poniéndome de pie, excitadísimo y cruzando el cuarto a grandes pasos. −¿Que quiere decir con eso? ¿Está loco? Necesito que me ayude a confrontar esta página; tómela −y se la alcancé. −Preferiría no hacerlo− dijo.”  El “principio del deber” que era el único fundamento de acción de Bartleby y que lo mantenía, a pesar de su tristeza crónica, como persona productiva  en la sociedad, queda superado por un salto de la voluntad, la cual solo está mostrando su capacidad de elección sin elegir nada.  Es por eso que no se niega de manera rotunda a lo que se le pide; sino que se niega a la posibilidad de toda acción. Días después de su primer negativa, su empleador le vuelve a solicitar ayuda: “Es la costumbre. Todos los copistas están obligados a examinar su copia. ¿No es así? ¿No quiere hablar? ¡Conteste! −Prefiero no hacerlo− replicó melódicamente. […] −¿Está resuelto, entonces, a no acceder a mi solicitud hecha de acuerdo con la costumbre y el sentido común? Brevemente me dio a entender que, en ese punto, mi juicio era exacto. Sí: su decisión era irrevocable.”

          La voluntad que ha logrado desactivar toda determinación externa, y que se rige sólo por el mandato de la razón es una voluntad autónoma, dice Kant; pero cuando el mandato de la razón es la inacción  porque la conciencia ve en todo lo que le rodea un sinsentido, dicha autonomía y libertad  anula el mundo en el que puede expresarse y construir su realidad. «Entonces recordé todos los tranquilos misterios que había notado en el hombre. Recordé que sólo hablaba para contestar; que aunque a intervalos tenía tiempo de sobra, nunca lo había visto leer −no, ni siquiera un diario−; que por largo rato se quedaba mirando, por su pálida ventana detrás del biombo, al ciego muro de ladrillos; yo estaba seguro que nunca visitaba una fonda o un restaurante;(…) que nunca salía a ninguna parte; que nunca iba a dar un paseo; que, aunque pálido y delgado, nunca se quejaba de mala salud».

          Bartleby es pues la viva imagen de una conciencia que vive para sí y cuya voluntad es la afirmación de esa existencia autónoma y absolutamente libre; lo cual da como resultado  que esa sociedad que lo había aceptado comience a verlo como un miembro inútil y hasta perjudicial. “Me abotoné el abrigo [−dice su empleador−], me paré firme; avancé lentamente hasta tocarle el hombro y le dije: El momento ha llegado; debe abandonar este lugar, lo siento por usted; aquí tiene dinero, debe irse. −Preferiría no hacerlo−replicó, siempre dándome la espalda”. La fuerte voluntad de Bartleby es inquebrantable, la libertad de Bartleby es absoluta; pero su voluntad no está determinada por nada, ni siquiera por el “principio del deber”; es −diría Hegel− una voluntad abstracta, carente de contenido, y por ello su libertad, aunque sea absoluta, no se dirige a ningún lado, es una libertad vacía. En suma, el hombre ha conseguido romper las cadenas y las determinaciones que lo atan al mundo, pero en la consumación de su libertad se ha expulsado a sí mismo del mundo. “Supe después que cuando le dijeron a Bartleby que sería conducido a la cárcel, éste no ofreció la menor resistencia, con su pálido modo inalterable, silenciosamente asintió”. Cabe preguntarse, entonces, ¿para qué la máxima libertad si no hay un mundo en el cuál encuentre su expresión y fundamento?

GUSTAVO BARAJAS GÓMEZ (Ciudad de México, 1969). Cursó la licenciatura y la maestría en Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Docente, tutor e investigador del Instituto de Educación Media Superior de la Ciudad de México. Es director del Almanaque El Aleph.

Imagen de encabezado. Bartleby. Ilustración de Helena Pérez García. (Tomada de: www.skjohannesen.com).

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