Las maneras del agua: dique por donde las palabras fluyen para llegar al río de la escritura, al manantial que brota de la lengua, que mana el agua viva.

por Gabriela Riveros

          Desde hace unos años editoriales, críticos y lectores han puesto los reflectores para alumbrar la producción literaria del norte de México. Esto ha permitido que cuento, novela, ensayo y poesía hayan alcanzado un reconocimiento y una difusión nacional e internacional inédita. Hoy se produce literatura para todos los gustos e intereses desde Durango, Chihuahua, Coahuila, Sonora, Baja California, Tamaulipas, Culiacán y Nuevo León. Ya en 2016, para aludir a este fenómeno de premios y publicaciones bajo prestigiosos sellos editoriales como Planeta, Penguin Random House o el FCE, el periodista Daniel de la Fuente de Grupo Reforma se refirió a los libros escritos por autores regiomontanos como la “primavera regia”. La poesía no es la excepción y, prueba de ello, es el poemario Las maneras del agua de Minerva Margarita Villarreal que recientemente obtuvo el “Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2016”. Se trata del premio de poesía de mayor tradición en nuestro país, puesto que durante cuarenta y ocho años consecutivos ha convocado y cobijado a los poetas más entrañables de nuestras letras: José Emilio Pacheco, Hugo Gutiérrez, Coral Bracho, Myriam Moscona, José Javier Villarreal, esposo de Minerva Margarita por mencionar sólo a algunos.

           Las maneras del agua consta de cuarenta y nueve poemas, de los cuales veintinueve son Laudes -alabanza o elogio- construidos a partir de una experiencia de comunión estética y personal, de fervorosa contemplación de su autora ante la inesperada presencia de Teresa de Jesús en su vida, en su quehacer como poeta. Por un lado, tenemos a la profesora e investigadora y por otro, a la poeta que se ha convertido en una de las voces más significativas de la poesía mexicana contemporánea. Minerva Villarreal es autora de una de docena de libros, antologías, merecedora de premios nacionales e internacionales, y es también la directora de la Capilla Alfonsina de la UANL, la guardiana de un acervo que constituye parte de nuestro patrimonio cultural en Nuevo León.

          Santa Teresa vivió hace 500 años en una España doblemente represora -por un lado mediante la “santa” Inquisición y por otro, a través de la cultura patriarcal, la ideología, las expectativas sobre el género femenino que imperaban. Su primer libro autobiográfico Libro de la Vida fue censurado por la Inquisición. A pesar del contexto en que vivió, Teresa de Ávila vino a trastocar el orden de su época. Hoy en día es también patrona de los escritores. Teresa de Ávila, Teresa de Jesús, Teresa de Cepeda y Ahumada, Santa Teresa… Ella se convierte, superando de los graves problemas de salud que la asediaron toda su vida, en una de las escritoras más relevantes en la historia del pensamiento y de la literatura hispana. La caracterizaron su temple, fortaleza y lucidez extraordinaria. 

          Ella descendía, al igual que San Juan de la Cruz -su compañero de andanzas religiosas y literarias- de judíos conversos, de la misma manera que los primeros pobladores europeos que llegaron a fundar el Nuevo Reino de León y lo que hoy comprende los estados de Coahuila, Chihuahua, y Tamaulipas. El apellido Villarreal de la autora regiomontana es característico de la antigua población sefardita.

           Teresa quedó huérfana de madre en la infancia, en su adolescencia estuvo muerta durante cuatro días -incluso le enceraron los ojos y le hicieron rito funerario. Se trata de una mujer que apenas descubre el poder de la oración después de los cuarenta años. Teresa recorre España a pie, inicia la orden de las Carmelitas Descalzas, funda más de veinte conventos, a menudo enferma de gravedad, la acusan, la persiguen, la critican fémina inquieta y andariega y, sin embargo, la caracteriza la fortaleza de una muralla como la que rodea su pueblo natal en Ávila. Ella escribió textos no sólo imprescindibles para la literatura del Siglo de Oro Español -la monja fue contemporánea de San Juan de la Cruz, Fray Luis de León, Lope de Vega, Luis de Góngora y Miguel de Cervantes-, sino también para la doctrina de la Iglesia Católica. Apenas en 1970, el Papa Pablo VI nombra por primera ocasión a dos mujeres “Doctoras de la Iglesia Católica” por la importancia que tiene su obra: Teresa de Ávila y Catalina de Siena obstat sexus.

          Minerva incansable poeta, investigadora, profesora recorre geografías en Sudamérica y España, por aquí y por allá; de manera que no es de extrañarse que tarde o temprano habrían de encontrarse: una frente a la otra. Un espejo atemporal surcado en las palabras que fluyen, en el halo que despiden. Porque como dice el dicho: “Dios la hace y ellas se juntan”. Leo Las maneras del agua y me pregunto cómo habrá sido ese encuentro. Cito aquí un par de testimonios de la misma Minerva que pueden alumbrar la coincidencia:

          Recuerdo una tarde, siendo muy niña, estaba en la sala de la casa de mis abuelos, en Congregación Calles, cerca de Montemorelos, el paisaje que se abría tras la ventana me obligó a contemplarlo; un pequeño tramo de la carretera nacional ofrecía una belleza insólita: el sol restallaba en la blancura calcárea de una casa con techo de paja, aislándola, elevándola del suelo, dotándola de un aura de suspensión. Mi madre me llamó y no la escuché porque estaba absolutamente compenetrada viendo lo que no veía porque lo que veía se hallaba en otro plano. Era como una especie de trance. La contemplación es un ejercicio extraño donde la inmovilidad te atrapa y sumerge en la posibilidad de penetrar lo invisible. Digamos que ésta es la primera toma de conciencia de la que tengo memoria de un momento en el que estaba sin estar. Ese desprendimiento de lo que te rodea te obliga a no despegarte de aquello que no sabes qué es, te toma y entras en una concentración extrema, una corriente te lleva sin aviso hacia donde no sabes: es el paso previo del arte.  Implica una subversión porque invierte tu circunstancia y al mismo tiempo te somete, te abstrae de un mundo para llevarte a otro. Y esto desestabiliza. No pude responder a mi madre. Estaba a disposición de la materia inefable, sometida a otro orden; no veía con los ojos sino con las potencias, como diría Teresa de Jesús.[1]

           Por otro lado, en 2015 se conmemoraron los 500 años del nacimiento de Teresa de Jesús en la ciudad de Ávila, España. Y, según la misma Minerva, en una entrevista publicada por la revista Levadura, José María Muñoz coordinador de las Jornadas Teresianas le encomendó la tarea de leer el Libro de la Vida de la Santa para escribir un poema. “Desde que entré en su mundo ya no pude salir, porque su escritura me fue dando respuestas a situaciones que yo estaba viviendo en ese momento. Me las sigue dando.”[2]

           En el Libro de la Vida de Teresa de Ávila encuentro referencias, guiños, diálogos con Las maneras del agua:

           Habré de aprovecharme de alguna comparación, aunque yo las quisiera excusar por ser mujer y escribir simplemente lo que me mandan. Mas este lenguaje de espíritu es tan malo de declarar a los que no saben letras, como yo, que habré de buscar algún modo, y podrá ser las menos veces acierte a que venga bien la comparación. Servirá de dar recreación a vuestra merced de ver tanta torpeza.

[…]

           Y con ayuda de Dios hemos de procurar, como buenos hortelanos, que crezcan estas plantas y tener cuidado de regarlas para que no se pierdan, sino que vengan a echar flores que den de sí gran olor para dar recreación a este Señor nuestro, y así se venga a deleitar muchas veces a esta huerta y a holgarse entre estas virtudes.

            […]

           Paréceme a mí que se puede regar de cuatro maneras:

o con sacar el agua de un pozo, que es a nuestro gran trabajo;.

o con noria y arcaduces, que se saca con un torno;

[…]

o de un río o arroyo: esto se riega muy mejor, que queda más harta la tierra de agua y no se ha menester regar tan a menudo y es a menos trabajo mucho del hortelano;

o con llover mucho, que lo riega el Señor sin trabajo ninguno nuestro, y es muy sin comparación mejor que todo lo que queda dicho.

Ahora, pues, aplicadas estas cuatro maneras de agua de que se ha de sustentar este huerto -porque sin ella perderse ha-, es lo que a mí me hace al caso y ha parecido que se podrá declarar algo de cuatro grados de oración, en que el Señor, por su bondad, ha puesto algunas veces mi alma. Plega a su bondad atine a decirlo de manera que aproveche a una de las personas que esto me mandaron escribir, que la ha traído el Señor en cuatro meses harto más adelante que yo estaba en diecisiete años. Hase dispuesto mejor, y así sin trabajo suyo riega este vergel con todas estas cuatro aguas, aunque la postrera aún no se le da sino a gotas; mas va de suerte que presto se engolfará en ella con ayuda del Señor. Y gustaré se ría, si le pareciere desatino la manera del declarar.[3]

 

           De manera que tenemos a Minerva niña y adulta con una capacidad asombrosa de abstraerse y dejarse llevar por el halo de las cosas. Y tenemos también la figura de Santa Teresa develada a través de su propia voz en el libro de su vida. Dice Villarreal: “Lo que lleva a escribir poesía es algo muy personal, es la historia de un desasosiego, una búsqueda inquieta que exige un encuentro”[4]. Por otro lado, Luisa Valenzuela afirma: “El Secreto enferma al hombre y nutre la Literatura”[5]. Minerva guarece un secreto, un desasosiego que la permite reconocerse en las palabras de Santa Teresa de Ávila, en Teresa de Jesús, Teresa de Cepeda y Ahumada. El encuentro con ella la traspasa, la transgrede, la hiere, no la suelta, la habita. Minerva transfigurada escribe un poemario “casi por dictado”.

            La poesía habita en muchos lados, pero “el poema es un hallazgo con la Palabra. Tiene que ver con la devolución del don, con atender un compromiso mayor.[6]” Minerva atiende este compromiso frente a la experiencia, al don, para beneplácito de la literatura y de nosotros sus lectores y construye una obra íntima, vigente, universal con la maestría y la madurez que su oficio le atañe. Si como dice la autora: “La poesía es capaz de romper los diques del orden y del deber ser y así acceder a la revelación”[7], entonces la Teresa de Minerva cobra una nueva realidad: Tersa Teresa de las metamorfosis apunta desde el primer poema, quizá para aludir a las metamorfosis que vivió la Santa en vida, o las de nuestra poeta regiomontana.

            Las maneras del agua está estructurado de la siguiente manera: el título, la dedicatoria, el índice, un epígrafe extraído del Libro de la vida del capítulo 11, cuarenta y nueve poemas entre los que se engarzan veintinueve laudes donde la voz poética transita entre la primera y la tercera persona. Los laudes se refieren a esos estados contemplativos donde “lo otro” la arrebata, se funde en él. Dios la habita, fluye por su sangre, Dios la poseé hasta llegar a un estado de iluminación.

LAUDE

Dios por mi cuerpo

dentro de mis labios

como un salmo

Dios por mis labios

dentro de mi cuerpo[8]

           Las maneras del agua es una alegoría -metáfora prolongada, sostenida- del proceso creativo; quizás porque las maneras que tiene el agua para penetrar la tierra y dar fruto de oración y lograr una comunión con Dios son semejantes a las maneras que establece el artista para relacionarse con el proceso de creación y su obra de arte. Las maneras del agua es metáfora de cómo la misma Minerva transforma la poesía cotidiana de un atardecer, de las vivencias que la hieren o la conmueven, de las preguntas que no puede responderse y los gozos que la habitan en poesía.

            Es preciso escalar los niveles de pensamiento para dar fruto. El riego con cubo de agua de pozo, de noria de río o arroyo, de lluvia del cielo… Fluir en el silencio, transitar en la acequia de la quietud y la contemplación… desprenderse de la memoria y la imaginación para dar paso al éxtasis de la oración, al éxtasis de la creación poética donde el artista o Minerva, el místico o Teresa pierden incluso la sensación de estar en el cuerpo.

            Llegamos entonces a una yuxtaposición de dos presencias, dos universos de palabras: los de Minerva y los de “Tersa Teresa de las Metamorfosis”. En la geografía de los poemas cohabitan Valladolid con Icamole, Víznar y Villa Concha, el Convento de San José con el Hilton de Reforma, el sol de Monterrey y el de Ávila, los cactus y pitahayas de nuestros desiertos con las cigüeñas y los toros, las murallas y las torres de Castilla con edificios modernos y el metro, grullas y surcos con encinos y los fresnos norestenses. En sus páginas deambulan personajes bíblicos como Lázaro, Elías, Juan el Bautista, el Arcángel, mismos que conviven con personajes del siglo XVI como el poeta y clérigo Pedro Soto de Rojas, el escultor místico Gregorio Fernández y Guiloma de Ulloa, los dominicos, las hermanas y ellos a su vez, con los sefarditas del siglo XVI que llegaron al noreste de México, los alcaldes nuestros y los usureros, los niños víctimas de abusos. La experiencia mística espiritual no solo es semejante a la experiencia de crear un poema, sino también a la de estar bajo el efecto delirante de las drogas o el alcoholismo, como en el poema “Cristal”.

          El agua es el leitmotiv en la obra de Minerva, una constante en su obra. Las palabras de las dos poetas dialogan dentro del poemario en el sentido Bajitiniano. En los poemas fluyen vivencias de la vida de ambas, la fiebre, la orfandad de una, el desasosiego de ambas, los miedos de la otra, los temas universales que a todos nos conciernen: el amor, la muerte, la duda, la enfermedad del cuerpo y el espíritu, las adicciones, la lucha entre la razón y las emociones, el cansancio y la voluntad.

           Las maneras del agua es el puente, el dique por donde las palabras fluyen para llegar al río, para desembocar en el “mar puntiagudo y alebrestado que la embiste”[9], que es el de la escritura, palabras de estanque, de corriente, de manantial que brota de mi lengua, que mana el agua viva.

EL OJO DE AGUA DE SUS MANOS

Con sólo tocarme la cabeza mientras dormía

con sólo decirme sin decirme

al fuego celeste

desperté

Adicta

arrodillada

hasta las fundaciones

En la inmensidad de Icamole

cuando más amo el desierto

el ojo de agua de sus manos

su delirio

su tibieza feroz en mis rodillas

Vi sucederse las señales

hasta que se ausentó de la carne

como una virgen que desaparece.[10]

[1] http://revistaliterariamonolito.com/entrevista-a-minerva-margarita-villarreal/

[2] http://revistaliterariamonolito.com/entrevista-a-minerva-margarita-villarreal/

[3] http://www.rae.es/sites/default/files/HOJEAR_Libro_de_la_vida_0.pdf

[4] http://revistaliterariamonolito.com/entrevista-a-minerva-margarita-villarreal/

[5] Valenzuela, Luisa. Escritura y secreto. FCE, España.

[6] http://revistaliterariamonolito.com/entrevista-a-minerva-margarita-villarreal/

[7] http://revistaliterariamonolito.com/entrevista-a-minerva-margarita-villarreal/

[8] Villarreal, Minerva Margarita. Las maneras del agua. FCE, México, 2016. p. 80.

[9] Villarreal, Minerva Margarita. Las maneras del agua. FCE, México, 2016. p. 23.

[10] Villarreal, Minerva Margarita. Las maneras del agua. FCE, México, 2016. p. 81.

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